Opinión
Paquito el chocolatero
Por David Torres
Escritor
Yo creía que los diplomáticos estaban para evitar conflictos y mantener la paz, hasta que conocí a un par de ellos personalmente; entonces comprendí de golpe la historia del mundo con su largo rosario de guerras, de odios enquistados y de matanzas étnicas. Una tarde, un amigo me presentó a un hombrecillo de gafas y bigote que había sido cónsul o algo por el estilo en alguna ciudad rusa. En cuanto le advirtió que yo era escritor y que acababa de publicar un libro de viajes sobre Polonia, el hombrecillo se frotó las manos y empezó a contar chistes de polacos. Al cabo de cinco minutos, doce chistes y varias advertencias de mi amigo sobre que mi novia de entonces también era polaca, tuve que levantarme y dar las buenas tardes antes de que empezara a romper relaciones con su cara. El segundo incidente tuvo lugar con alguien que se presentó como agregado cultural en la embajada de Senegal y que no paraba de hacer observaciones sociológicas sobre lo bien que follaban las negras en general y las negras senegalesas en particular.
Con tales antecedentes, no me esperaba menos de un profesional que ha hecho su carrera en Irán, Israel, Argentina y Líbano, y que además fue director del Departamento de Protocolo de la Presidencia del Gobierno. Juan Carlos Gafo oyó la pitada al himno nacional español durante la inauguración de los mundiales de natación e inmediatamente le saltó el resorte diplomático: "Catalanes de mierda. No se merecen nada". Fue un acto instintivo, casi reflejo, igual que cuando Groucho Marx, en su papel de presidente de Freedonia, le cruza la jeta de un guantazo al embajador de Sylvania. Gafo actuó con la misma alegría irresponsable de Rufus T. Firefly, aquel chusco presidente por encargo que da comienzo a una guerra internacional por motivos estrictamente personales.
Al igual que en Sopa de ganso, la disparatada cinta de los hermanos Marx, el incidente Gafo se basa en una serie de malentendidos protocolarios. El ex director adjunto del Alto Comisionado del Gobierno para la Marca España (un cargo como para atragantarse) debió haber comprendido que la reacción de los catalanes (de ciertos catalanes) a los acordes del himno español era la misma de siempre. El himno francés se canta, el himno inglés se tararea, el himno sudista se silba y el himno español se pita. La marca España consiste, precisamente, en pitar el himno a pleno pulmón. El poeta clásico reconocía a un español de pura cepa en cuanto hablaba mal de España: más español no se puede ser. La otra opción hubiera sido la letra alternativa con que se cantaba en mis tiempos escolares ("Franco, Franco, que tiene el culo blanco") pero con toda seguridad no habría sonado tan lucida. No es un problema político sino un desajuste musical. El himno español, reconozcámoslo de una vez, es una pachanga pueblerina y monárquica bastante fea con la que la inmensa mayoría, catalana o madrileña, no se siente identificada. Como himno sonaría mucho mejor Paquito el chocolatero.
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