Opinión
Ni paz ni hostias

Por Paco Tomás
Periodista y escritor
-Actualizado a
No fue un día histórico. Fue un espectáculo dantesco. Fue la escalofriante constatación de que habitamos en el apocalipsis. Eso sentí cuando vi a Trump descender del Air Force One, en el aeropuerto de Ben Gurión, en Tel Aviv, mientras el Gobierno genocida de Netanyahu le esperaba, sonriente, con una alfombra roja a pie de escalerilla, como quien llega a una entrega de premios. La puta vergüenza del mundo representada sin escatimar en gastos. Repugnante hasta el vómito. Y eso solo era el principio.
El monstruo naranja que se postulaba para Nobel de la Paz bromeó, en el Parlamento israelí, con las armas que le daba a su amigo Bibi y lo bien que supo usarlas. 68.000 aciertos, que sepamos. Y el genocida sonríe satisfecho. Solo las voces de dos diputados de la Knéset, Ayman Odeh y Ofer Cassif, gritaron el evangelio en esa reunión infecta de mercaderes en el templo de la soberanía popular. "Terrorista" le llamaron a Trump. Si el terrorismo es el uso sistemático del terror, Donald Trump y Netanyahu lo son. Las voces de Odeh y Cassif fueron silenciadas por el servicio de seguridad de la sala, expulsándolos de la sede del poder legislativo. Trump celebró la eficacia con la que se silencian las voces discordantes, las voces que te contradicen, las voces que señalan la injusticia. Aplausos. Es el fin del mundo. Nada más.
Lo llaman "plan de paz". Ni paz ni hostias. Ese documento, en el que el genocida impone las condiciones al pueblo devastado, va a hipotecar el curso de la Humanidad si nadie lo impide. Porque la lección que se le está dando a las futuras generaciones es que si eres poderoso y cruel, serás impune. Porque nadie se va a atrever a plantarte cara. Puede que frunzan el ceño, pero acabarán comprando lo que vendes y vendiéndote lo que necesitas porque, ya sabes, el capital no se lleva bien con los Derechos Humanos. Y el orden mundial lo rige el capitalismo, no el humanismo.
Estamos asistiendo, con butaca de palco, al fin del mundo tal y como lo conocíamos. Amanece un nuevo mundo que acaba de sentar sus bases ante nuestra mirada escéptica que ya llega tarde a la reacción. Hoy, el líder admirado es el abusón del patio del colegio. El que te agredía cuando eras un crío. El que se burlaba de ti, siendo infinitamente más ignorante que tú, y te tiraba la merienda por la ventana mientras sus siervos, esa corte de pelotas aduladores con el culo arrastrado de una hiena, esos que siempre rodean al machito fanfarrón, le reían la gracia. Ese, al que durante décadas señalamos para que su conducta no fuera ejemplar y estuviera castigada, es ahora quien manda y quien castiga. Hemos fallado. La Humanidad ha fallado si quien toma el timón es el monstruo.
"Gran trabajo", dice la bestia, hablándole, de tú a tú, a la otra bestia. 20.000 felicitaciones. Una por cada niño asesinado. Los Godzillas del fin del mundo. Pero estos monstruos no son el resultado de la radiación incontrolada de unas pruebas atómicas. Son personas malvadas elegidas en las urnas. Y si eliges al monstruo, tú no andas lejos.
El mundo agoniza y ¿qué vas a hacer al respecto? No lo sabes. Es todo tan espantoso. Trump, Milei, Putin, Netanyahu… ¿quién eres tú ante semejante horror? Bastante tienes con intentar llegar a fin de mes como para plantearte subir a un barquito y sumarte a una flotilla pro Derechos Humanos. Para activismos estás tú, ¿verdad? Bueno, no te preocupes. Ya hay personas haciendo ese trabajo por ti. Volvamos a la pregunta inicial. ¿Qué vas a hacer tú para salvar al mundo de este apocalipsis?
Lo mismo basta con votar con sentido común. Putin, Milei, Trump, Bolsonaro, Netanyahu, Ayuso, fueron elegidos en las urnas. Con el voto de ciudadanos como vosotros. ¿Y aún os preguntáis qué podéis hacer por un mundo mejor? Votar bien. Porque elegir a los señores de la guerra, a sus vasallos, a quienes niegan derechos, a quienes apuestan por la desigualdad, la precariedad, la violencia y el miedo, es votar mal.
Tenéis todo el derecho a estar desencantados y enfadados. Tenéis todo el derecho del mundo a indignaros ante la corrupción, ante las políticas inútiles de la vivienda y ante la precariedad de los salarios. Pero no tenéis derecho a comprometer la historia de la Humanidad, la de vuestros nietos y nietas, la de quienes se dejaron la vida por valores como la solidaridad, la empatía, la justicia y la libertad, solo porque no habéis encontrado mejor manera de gestionar vuestra rabia, que en ocasiones es la mía. Elegid la bondad en lugar de calmar la decepción votando al futuro criminal de guerra que hará que esos nietos tuyos paguen las consecuencias. Quién sabe si con su propia vida.
Sé que piensas: "¿Acaso soy yo responsable de tamaña vileza?". Lo serás en la medida en la que introduces una papeleta en la urna dando alas a los maestros de la crueldad. A los arquitectos de la inhumanidad. En este mundo, la bondad es revolucionaria.
De momento, no lo llaméis paz si los presos palestinos no tienen casa a la que regresar porque los genocidas la destruyeron. No lo llaméis paz si te han asesinado a la familia que te esperaba con los brazos abiertos. No lo llaméis paz si no te dejan celebrar tu libertad. No lo llaméis paz si quien lleva 75 años despreciando las resoluciones de la ONU, incumpliendo el derecho internacional, es quien pone las condiciones. No lo llaméis paz si no se contempla la existencia y reconocimiento de tu pueblo. No lo llaméis paz si no hubo guerra. Porque cuando un bando no tiene siquiera la posibilidad de defenderse y solo puede luchar por sobrevivir, no es una guerra. Es un genocidio. No lo llaméis paz. Ni paz ni hostias.
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