Opinión
Dos hombres gais mayores

Por Paco Tomás
Periodista y escritor
-Actualizado a
El estreno de la película Maspalomas ha colocado la realidad de las personas LGTB mayores en el debate social. Tampoco en el centro del debate social, ojo, no vayamos a creernos ciudadanos de primera. En un margen del debate social sería más correcto. Sin embargo, dentro de las comunidades homosexuales gais y lésbicas, cis y trans, era un tema del que ya llevábamos hablando veinte años.
La película aborda la gestión de una orientación afectivo sexual en una generación que habitó una España en la que la visibilización era duramente castigada y donde el silencio, el miedo y la ocultación eran salvavidas. Habla de salir del armario tarde, cuando la juventud, ese imán de deseos y de vivencias, ya no te acompaña; habla de homofobia interiorizada, del deseo sexual en los mayores y habla, principalmente, del paternalismo de una sociedad que infantiliza al mayor para devolverlo al armario cuando ingresa en una residencia.
Como dijo la filósofa del siglo XX, Shakira, siempre supe que es mejor, cuando hay que hablar de dos, empezar por uno mismo. Y eso voy a hacer.
Hacía muchos, muchos años que no sentía la mirada inquisidora, entrometida e incómoda. Una mirada recelosa que se mueve con la velocidad de esa pirotecnia de suelo que silba al encuentro de los huidizos pies. Ese vistazo que, en apenas unos segundos, analiza y resuelve. La sensación fue chocante. No por desconocida sino por olvidada. ¿Cómo puede ser que todavía llame la atención una pareja de hombres abrazados, en actitud cariñosa, besándose y paseando por la calle?, me pregunté. Fue cuestión de días darme de bruces con la respuesta. Lo que despertaba las miradas no era que fuésemos dos hombres abrazados y besándonos. Lo que sorprendía es que éramos dos hombres mayores. ¡Y estamos en la cincuentena!
La primera vez fue el pasado mes de diciembre, cuando el centro de la ciudad de Madrid se convierte en un intransitable parque temático de luces. Escribo "primera vez" y con seguridad sea incierto. Más preciso será decir "la primera vez que me di cuenta de la mirada", porque esa ojeada indiscreta siempre está atenta. Caminábamos, mi novio y yo, por la calle Carretas en dirección a la Puerta del Sol. Íbamos abrazados, conversando, en actitud cariñosa. Como cualquier pareja en sus ratos buenos. Y, de repente, tras un beso fugaz, sentí la mirada descarada del que deduje era un padre de familia que empujaba el carrito de su hijo pequeño. Me mantuvo la mirada unos segundos, hasta que nuestros propios pasos hicieron que nos diésemos la espalda. Se lo comenté a mi novio, que también se había dado cuenta.
-Lo mismo te ha reconocido -me dijo, bromeando.
No soy famoso. La gente no me reconoce por la calle. No era ese tipo de mirada. Aún así, no le di mayor importancia.
La segunda vez fue en el vagón del metro. Mi novio me tenía cogida la mano y apoyé mi cabeza en su hombro, acto al que él respondió con un beso en mi pelo. Un afecto tierno, romántico si se quiere, que despertó un tremendo interés en dos de las personas que teníamos sentadas enfrente. Nosotros conversábamos, intentando ignorar la presencia densa de sus miradas. Eso siempre se nota. Aunque finjas no darte cuenta. Esa mirada sostenida que cavila sobre ti y tu circunstancia y que, casi siempre, saca conclusiones erróneas. En esa ocasión noté que las miradas no estaban cargadas de impertinencia, como quizá si lo estaba la del padre de familia. Esa vez parecían más de asombro, algo que tampoco me pareció lógico en un Madrid del año 2025.
Hasta una tarde en la que la mirada volvió a hacer acto de presencia y me obligó a reflexionar. Había mucha gente a nuestro alrededor. Mujeres, hombres, personas no binarias, hombres abiertamente homosexuales con una expresión de género rompedora y parejas de todas las orientaciones sexuales. ¿Por qué nos miran a nosotros? Y entonces lo comprendí: porque éramos mayores.
Envejecer, en nuestro modelo de sociedad, es residir en el menosprecio o desaparecer. Y si eso ya sucede con una pareja cishetero, imaginad si eres gay o lesbiana. Y para entenderlo solo hay que echar la vista atrás cinco o seis décadas. A partir de la generación de gais y lesbianas que ya se encuentra en la segunda mitad de la cincuentena en adelante, nuestra presencia como sujetos emisores y receptores de amor y deseo sigue siendo tabú. Somos una generación que, para la ley de peligrosidad y rehabilitación social, ya nació siendo delincuente y enferma; que nos construimos en la clandestinidad, el miedo y las hostias, y que nos deconstruimos, como cada uno supo o pudo, con los activismos, la visibilidad y los referentes. Pero somos una generación que se acostumbró a darse afecto en la intimidad, a quererse y desearse en espacios seguros -ya fueran bares o saunas- y a percibir el espacio abierto y público como un lugar hostil y en el que era preferible pasar desapercibido. Eso ha sido determinante a la hora de mostrar el afecto en público.
Empecé a fijarme en ello. Las parejas gais y lesbianas mayores suelen caminar separadas, sin abrazarse. Pocas veces se les ve dándose cariño. Habrá quien piense que no tiene que ver con la edad sino con el tiempo de convivencia, que siempre arrasa con la pasión. Pero es que no hablo de pasión, que podría. Hablo de afectos visibles que quizá debamos recuperar para dejar de despertar miradas de sorpresa. Tal vez si nos vieran, a más parejas gais y lésbicas mayores, caminar de la mano, darnos besos, desearnos y querernos, tal vez esas miradas dejarían de sorprenderse y empezarían a celebrarnos.
La invisibilidad a la que se somete a las personas a medida que van envejeciendo se manifiesta de una manera salvaje en lo relativo a la sexualidad. Y cuando se trata de una pareja de dos hombres o dos mujeres, más. La sociedad parece haber asumido que las personas LGTBI+ ocupamos el espacio público y no nos vamos a meter en ningún armario. Pero cuando nos ven darnos cariño, afectos, amor o intercambiar deseo, les incomodamos. Si eres joven… bueno, como que va en el salvoconducto de la edad. Puedes hacer locuras, puedes llevar el pelo naranja y transgredir el género con tu ropa. Habitar la precariedad como si fuese una aventura (maldita la gracia) que te lleva a compartir piso con cuatro más. Vivir apasionadamente y sin prejuicios. Eres joven. Pero si eres mayor, la sociedad te exige haber sentado la cabeza, disponer de una estabilidad emocional y económica y que asumas la discreción de la edad. Y en esa discreción se condena tu deseo afectivo-sexual. Y, repito, en el caso de gais y lesbianas, más.
Legitimar nuestro deseo, como adultos, mayores, gais y lesbianas, es un derecho. Más allá del activismo que podamos hacer con nuestros besos y abrazos por la calle. Ocupar el espacio público incluso por encima del impulso social que prefiere que no obstaculicemos con nuestros cuerpos la mirada espléndida de torsos desnudos del Circuit.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.