Opinión
El periodismo según Ana Rosa

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
Leo por ahí cada tanto que los jóvenes tiran a la derecha, o que los jóvenes son más de derechas que las jóvenes, o que los jóvenes en general desconfían de la política y de la democracia, o que en realidad son de izquierdas, sólo que todavía no se han dado cuenta. No suelo hacer ningún caso de conclusiones tan bastas y espaciosas, como si alguien hubiera entrevistado a la juventud española así, en bloque, o como si uno pudiera fiarse de las encuestas después del primer triunfo de Trump o del batacazo del brexit, cuando, un día antes de las elecciones, ni Perry Mason daba un duro por Trump o por el brexit. En medio siglo de democracia a mí nadie me ha preguntado nada jamás, ni Tezanos, ni Pedro Jota, ni nadie, pero si me lo preguntaran, seguro que diría lo contrario de lo que pienso, más que nada por tocar las narices.
Sin embargo, debemos reconocer que la derecha y la ultraderecha (si es que a estas alturas hay alguna diferencia) poseen un dominio del discurso, de los medios y las redes sociales basado, más aún que en sus casi ilimitados recursos económicos, en la desvergüenza, la desfachatez y la falta de escrúpulos. No me refiero a la tranquilidad con que mienten según abren la boca, ni a esa avalancha de bazofia que te salta a la cara apenas abres la pocilga de Elon Musk, sino a la capacidad para elegir sus referentes, voceros y faros intelectuales en los lugares más inesperados. Mientras el alistamiento de figuras progresistas prácticamente se agotó tras el Club de la Ceja (y habría mucho qué decir sobre el progresismo del PSOE en general y de Zapatero en particular), y mientras Wyoming lleva repitiendo los mismos chistes desde hace tres décadas, en la derecha no le hacen ascos a nada.
Por ejemplo, Iker Jiménez, un mercachifle de la parapsicología que, sin dejar de perseguir fantasmas, ovnis y ectoplasmas, ha reclutado un equipo de homeópatas, mecánicos y equidistantes con el fin de descubrir que el universo gira siempre a la derecha. De la metodología de sus investigaciones da fe aquel reportero, Rubén Gisbert, que se rebozó bien de fango antes de una intervención en directo tras la tragedia de la DANA en Valencia. Que trincaran a uno de sus colaboradores con las manos en la masa, fabricando un bulo en vivo y en directo, no tiene la menor importancia: el fango es, más que una metáfora, la sustancia misma de su labor periodística. Cuando algún estudiante ingenuo de mayo del 68 inventó el eslogan tan bonito de "la imaginación al poder", no podía imaginarse hasta donde iba a llegar la tontería.
Más directa y más descarada, Ana Rosa Quintana se convirtió hace tiempo en la reina de las telecloacas gracias a su inventiva inagotable y a su capacidad para renovar esa modalidad de la información que podríamos llamar "periodismo mágico". Al igual que Negre, Inda, Marhuenda, Quiles y otros insignes difusores de patrañas, Quintana hace ficción con la realidad y lo mismo se inventa que la reforma laboral iba a acabar con la Feria de Abril en Sevilla o suelta en mitad de una de sus impagables tertulias que el asesino de una mujer en Madrid parecía un extranjero. Un extranjero, según uno de sus tertulianos, de piel oscura, luego de raza negra, luego subsahariano y al final resultó ser español de pura cepa.
Desde su tribuna de Tele 5, Quintana no deja de echar leña al fuego de la xenofobia y la homofobia, añadiendo de paso cualquier bulo que se le ocurra, con mención especial al problema de los okupas -que pueden invadirte la casa si vas a comprar el pan o bajas a tirar la basura-, no vaya a ser que le fastidien el negocio de las docenas y docenas de pisos turísticos que gestiona a través de sus empresas. Para hacerse una idea de su rigor intelectual, baste recordar que su exitosa novela, Sabor a hiel, en realidad la escribió un negro que luego se dio el gustazo de descubrir el plagio de párrafos enteros saqueados a Danielle Steel. Todavía hay gente que lee ese libro y mucha más gente que escucha las ponderadas opiniones políticas de Ana Rosa Quintana. Sin embargo, aunque sólo sea por el horario de emisión, seguro que los jóvenes buscan desinformación en otra cochiquera.
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