Opinión
La precariedad va a más (y lo dice la ONU)
Por Jordi Margalef
Secretario de Comunicación del Sindicato de Trabajadores
Durante décadas, el progreso social en buena parte del mundo se ha sostenido sobre una premisa básica: cada generación viviría y trabajaría en condiciones mejores que la anterior. Hoy, esa promesa se resquebraja. No lo digo yo ni el Sindicato de Trabajadores, lo advierte la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la agencia de Naciones Unidas especializada en el mundo laboral, en su último informe sobre tendencias sociales y de empleo.
El diagnóstico es inquietante: las condiciones laborales se estancan, los salarios reales no se recuperan, el trabajo precario crece y el futuro inmediato no invita al optimismo. Que sea la propia ONU quien encienda esta alarma debería hacernos reaccionar con urgencia. Uno de los mensajes más perversos que se repiten en el debate público es que, mientras no aumente el paro, todo va razonablemente bien. El informe de la OIT desmonta esta falacia con claridad: los mercados laborales pueden ser estables en términos de empleo y, aun así, profundamente insanos.
No estamos ante una destrucción masiva de puestos de trabajo, pero sí ante un deterioro progresivo de su calidad. Aumenta el empleo informal, el trabajo sin derechos, sin protección social y sin seguridad. En 2026, más de 2.100 millones de personas podrían estar trabajando en la economía informal en el mundo. Esto no es una anomalía: es un modelo que se consolida. Para la clase trabajadora, esto se traduce en incertidumbre permanente, salarios bajos, dificultad para planificar un proyecto de vida y una mayor vulnerabilidad frente a cualquier crisis económica.
Otro dato clave del informe es el estancamiento de los salarios reales. A nivel mundial, el poder adquisitivo de quienes viven de su trabajo no se ha recuperado del golpe inflacionario posterior a la pandemia y a la guerra de Ucrania. Se trabaja más, se produce más, pero se vive peor. La participación de las rentas del trabajo en la riqueza global sigue por debajo de los niveles previos a la pandemia. Dicho de forma sencilla: una parte cada vez mayor de la riqueza se concentra en menos manos, mientras la mayoría ve cómo su esfuerzo no se traduce en una mejora real de sus condiciones de vida. Esto no es una casualidad ni una fatalidad económica. Es el resultado de decisiones políticas que debilitan la negociación colectiva, precarizan el empleo y priorizan el beneficio a corto plazo sobre el bienestar social.
Especialmente preocupante es la advertencia sobre el impacto de la inteligencia artificial en el empleo juvenil. Por primera vez, la OIT señala que los jóvenes con mayor nivel educativo podrían encontrar más dificultades para acceder al mercado laboral debido a la automatización. Se nos prometió que la formación y la cualificación eran la llave del futuro. Hoy, incluso ese camino se llena de obstáculos. Si la revolución tecnológica no se gobierna con criterios sociales, corremos el riesgo de crear una generación altamente formada pero condenada a la precariedad o al desempleo.
El informe concluye con una idea que desde el sindicalismo conocemos bien: el mundo no está logrando reducir los déficits de trabajo decente. Y lo que es aún más grave, se anticipa un aumento del empleo de mala calidad tras décadas de avances. Cuando los derechos laborales retroceden, no estamos ante un simple ajuste del mercado: estamos ante un retroceso democrático. El trabajo digno no es solo una cuestión económica, es un pilar de la cohesión social y de la igualdad.
Nada de lo que hoy disfrutamos —jornada laboral, salario mínimo, vacaciones, protección social— fue un regalo. Todo fue fruto de la lucha colectiva. Por eso, cuando incluso la ONU reconoce que el progreso laboral se ha detenido, el mensaje es claro: si no defendemos nuestros derechos, los perderemos. Desde el Sindicato de Trabajadores lo decimos sin ambigüedades: es el momento de reforzar la organización sindical, exigir políticas públicas valientes y situar el trabajo decente en el centro del modelo económico. El futuro del trabajo no puede construirse sobre la precariedad, la desigualdad y el miedo. La historia nos ha enseñado que los derechos no avanzan solos. Avanzan cuando se luchan. Y hoy, más que nunca, toca seguir luchando.
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