Opinión
Los problemas reales y los inventados

Directora de la Fundación PorCausa
-Actualizado a
"La diferencia entre El Salvador y Estados Unidos, Chile o España es que en estos últimos no hay un problema de inseguridad y en el primero sí. Por eso no son comparables". Así se resume mi conversación con el periodista José Luis Sanz, que fue director de El Faro, sobre el uso de la inseguridad en el discurso ur-fascista y la propuesta autoritaria de Bukele. El presidente salvadoreño se ha convertido en una referencia en gestión de la inseguridad a través del autoritarismo, en un país que ha aceptado la pérdida de libertades y de democracia a cambio de poder volver a caminar libremente y sin miedo por las calles. Pero Estados Unidos, Chile o España no tienen ese problema de inseguridad que tenía El Salvador.
Desde que tuve esta conversación con José Luis, no hago más que darle vueltas a esa frase que resume la realidad del mundo occidental en el que vivimos: qué problemas tenemos y qué problemas nos inventan. Esta es la reflexión más importante que tenemos que hacer, venciendo la inercia de un modelo que nos proyecta a espacios irreales con dilemas ficticios.
La rapidez y fugacidad con la que interactuamos entre nosotras y con lo que nos rodea es uno de los pilares que sostiene este esquema socioeconómico fallido. Los días pasan a una velocidad tan vertiginosa que somos eternas Escarlatas O'Haras en un bucle infinito de "ya lo pensaré mañana". Existe una clamorosa conciencia global de que estamos malviviendo, pero no somos capaces de pararnos a pensar cómo cambiar ese hecho. Y por si fuera poco, el entramado autoportante en el que nos movemos nos nutre constantemente de falsos problemas que acaban ocupando el poco margen de pensamiento que el ajetreo nos concede.
Estamos en este mundo para vivir. Eso quiere decir que necesitamos las cosas esenciales que permiten a nuestro cuerpo mantenerse cuidado. Pero el cuerpo no es más que un recipiente, no es un fin en sí mismo. Lo que nos permite vivir es el alma. Nuestra vida es el intercambio que nuestro espíritu tiene con lo que nos rodea. Esa parte intangible es lo único importante para entender nuestra existencia. Sin embargo, el materialismo en el que vivimos nos confunde. Es como un cáncer que crece descontrolado en forma de bienes inertes que llenan el espacio que debería estar ocupado por pensamientos y emociones.
El equilibrio que nos permitirá transitar este mundo de forma plena se basa en tener las cosas necesarias para que el cuerpo aguante lo mejor posible y poder disfrutar de una expansión espiritual adecuada.
Llevamos un año combinando la explosión de una crisis sistémica estructural con un despertar global. Trump representa lo peor de nuestro modelo. Es una lección histórica de las tremendas consecuencias de la indiferencia social —involuntaria pero absolutamente instaurada— producida por este aparato consumista y decadente. En este sentido, Trump es un catalizador indispensable que nos está llevando hacia un punto de giro. No existen dudas de que tenemos que cambiar, porque no hacer nada es formar parte de lo que Trump hace. No indignarnos por lo que sucede en Gaza es participar en el genocidio. No hablar de política es permitir el autoritarismo. Y luego está aceptar que no existe la otredad y que somos todas parte de una misma cosa. Porque el alma no puede expandirse y disfrutar de la vida si está rodeada de sufrimiento ajeno. No se puede construir sobre matanzas. Nadie puede ser feliz en un mundo infeliz. Básicamente no tiene sentido pretender lo contrario.
Y Trump está demostrando al mundo cuán errónea es la idea de que acabando con unos la vida de otros sería mucho mejor. Esto está empujando a muchas personas a reclamar un cambio definitivo. Hacía muchos años que las voces y las comunidades no se alzaban con tanta fuerza. Todavía estamos en ese momento previo al tsunami en que el agua retrocede pero no pasa nada notable. El espacio de debate público está siendo tomado poco a poco por voces disidentes. Un ejemplo ha sido el último Foro de Davos, que nos ha regalado perlas como el discurso del presidente de Francia, Emmanuel Macron; el del primer ministro de Canadá, Mark Carney; o el de Gavin Newsom, gobernador de California. También ha tenido lugar la iniciativa de los 400 millonarios que han pedido incrementar los impuestos a las grandes fortunas. En este último año también hemos vivido el levantamiento global a favor de Gaza, manifestaciones históricas, la flotilla y los boicots.
Es cierto que frente a esto hay un grupo de señores repartiéndose nuestro mundo como si no existiéramos, pero nosotras somos más. Somos muchísimas más. Lo que no podemos es no hacer nada. Tenemos que tomar el tiempo y hacerlo nuestro. Tenemos que vivir plenamente y rechazar los falsos problemas y abrazar el cambio sistémico indispensable para que todo esto tenga sentido. Y no tenemos que tener miedo.
Son indispensables las pequeñas acciones de autocuidado, que incluyen desconectarse de la información y reconectarse con lo que nos rodea. Son sanadoras las actividades comunitarias que no sean productivas, desde colaborar con organizaciones civiles hasta ir a un concierto. Son liberadores los actos de boicot al establishment, penalizar a las grandes tecnológicas, comprar Palestina Cola, usar nuestro consumo como una herramienta para construir el mundo. Es prioritario entender que el bien individual pasa primero por el bienestar colectivo. Que cuando atacan a una persona nos atacan a todas. Que los derechos solo pueden ser universales.
Es muy importante entender, además, que hagamos lo que hagamos no vamos a poder cambiarlo todo. La realidad es que solo podemos incidir en pequeñas partes. Y el secreto del éxito es elegir las batallas y aceptar que en algunas de las partes de nuestra vida las habitaremos con incongruencias. No pasa nada. Nosotras no veremos el cambio completo, pero podremos morir con la sensación de que hemos participado en él.
Mi amiga Sandra me ha regalado el libro de Rutger Bregman Dignos de ser humanos. En él, este historiador explica cómo el ser humano vivió en comunidades de paz y armonía durante miles de años. También recupera evidencias que demuestran que el ser humano es bondadoso por naturaleza. Alerta el autor de que alimentar la narrativa de que la naturaleza humana es mezquina y perversa nos lleva a comportarnos de una forma artificial y dañina. El reto consiste, por lo tanto, en conseguir encajar todo nuestro avance tecnológico en nuestra naturaleza más absoluta, que es bondadosa. Descartar a las personas malas, aislarlas, no tolerarlas. Avanzar en la construcción colectiva recuperando la política del amor que construyó nuestras comunidades ancestrales. Recuperar la esencia pura de la humanidad. Esa es nuestra misión, ese es nuestro problema a resolver.
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