Opinión
Pura vida en juego

Por Marta Nebot
Periodista
-Actualizado a
Esta semana, siguiendo mi deriva hacia el ateísmo religioso, me ha dado por pensar que los que no creemos en dioses deberíamos interesarnos más que el resto por las mujeres y los hombres. Sin delegar en seres superiores, la tarea es sólo nuestra y la historia, la investigación y la ciencia, el único manual de instrucciones. Los ateos no creemos en paraísos ni en infiernos, pero conviene reconocer y observar atentamente a los que más se parecen...
Costa Rica ha sido definida muchas veces como paraíso y como la Suiza de Centroamérica. Este pequeño país de algo más de cinco millones de habitantes, en un territorio del tamaño del 10% de España, lleno de selva y volcanes y playas y más mariposas que en ninguna otra parte, no tiene ejército desde 1948 y su democracia se ha mantenido estable, entre constantes golpes de estado y convulsiones sociales, políticas y militares cercando su territorio.
Su modelo bipartidista desarrolló durante décadas un estado del bienestar inédito en esos lares, un sistema de contrapesos entre los poderes del Estado basado en el respeto a sus instituciones, una economía que pivotaba en el turismo y la ecología mucho antes de que preocupara el cambio climático y un optimismo y buen humor propios convertidos en seña de identidad nacional resumida en dos palabras: "pura vida". Podríamos decir que lo suyo era buenismo fructífero, era un país humilde haciéndolo mejor que el resto.
Sin embargo, en esto, como en todo, la distancia entre el bien y el mal es cortísima y, contestando a la pregunta que Vargas Llosa se hacía sobre el Perú en su Conversación en la Catedral, en los años noventa Costa Rica se empezó a joder y confieso que hasta esta semana no sabía cuánto.
El jueves pasado la Casa de América me invitó a moderar una mesa con dos expertos (Marisa Ramos Rollón y Fran Sevilla) porque este 1 de febrero, este ex paraíso celebra elecciones generales y hay mucho en juego. Marisa es una experimentada profesora de ciencia política en la Universidad Complutense, con muchos trabajos de investigación en instituciones públicas vinculadas al desarrollo y directora de la Escuela Complutense Latinoamericana. Y Fran, una leyenda del periodismo que vivió y trabajó entre 2007 y 2014 en Tiquicia (como llaman a su país los locales).
Desde los años noventa su estado de bienestar pierde y pierde, mientras el multipartidismo y el populismo crecen y crecen como ¿si lo uno devorara a lo otro? Los políticos influyeron e influyen en esta degradación, pero también el déficit social entre el recibí y el debo. Los ticos no asumieron que un sistema del bienestar no se sostiene sin pagar impuestos.
Hoy van a elegir entre veinte candidatos. La oficialista Laura Fernández, ministra hasta hace poco, tiene todas las de ganar, según todas las encuestas. Es posible que consiga más del 40% de los votos en primera vuelta, evitando así una segunda. Es una mujer de paja, una candidata que ha hecho campaña dando muy pocas entrevistas, aferrada al argumentario, sin salirse de los guiones previstos, prometiendo hacer ministro -y así conceder inmunidad- al presidente saliente, Rodrigo Chaves, que tiene cuentas pendientes con la justicia.
Juntos prometen modificar el poder judicial y el legislativo -incluida la Constitución- e implantar el bukelismo. La candidata ha anunciado estados de excepción en los barrios conflictivos. En la campaña electoral pusieron, con el presidente salvadoreño como estrella invitada, la primera piedra de la macro cárcel que ya están construyendo a veinte kilómetros de la capital para anunciar el fin de la inseguridad imperante.
Los homicidios en Costa Rica se han disparado en la última década por la penetración del narcotráfico y la delincuencia, en un contexto de pérdida de los servicios sociales básicos y la destrucción masiva de su 'pura vida'.
En estos comicios los costarricenses deciden sobre cómo pelear contra la inseguridad protagonista. Esta vez la lucha contra la violencia no es de derechas ni de izquierdas. Está en todos los programas electorales. Los de izquierda han despertado ante una realidad que pone todo en jaque.
En El Salvador -el presunto modelo exitoso que Latinoamérica entera mira- la violencia ha sido extirpada, como la disidencia, como tantos desaparecidos sin rastro, sin juicio, sin pruebas, sin contestación social que valga.
¿Contra la violencia vale todo mientras al que se lleven no sea a mi hijo o a mi hermana?
¿Cuándo el Perú y todos los demás nos fuimos o nos iremos al carajo junto al Estado de Derecho mínimo?
La reincidencia sin castigo, el exceso de garantismo hasta el sinsentido, la impunidad y la impotencia que implica; en resumen, la justicia fallida falla la democracia. Es el talón de Aquiles sobre el que ahora se dispara a matar.
Ojo a las grietas de los sistemas, ojo con hacer el avestruz ante la realidad, ojo con no saber contar el precio de la violencia de Estado, ojo con cómo se puede cambiar el clima y la identidad social de un país controlando sus medios de comunicación y sus redes sociales en tiempo récord. Siempre fuimos muy manipulables. Ahora, después de un cuarto de siglo tecnológicamente desbocado, más.
En Costa Rica los medios y las redes están hoy muy controlados por el Gobierno. La oposición ha denunciado intimidaciones y coacciones y oculta direcciones y a sus familias. La amenaza autoritaria está servida y la oposición, atomizada en muchos partidos, ninguno con una intención de voto de más del 8%. Sin embargo, si hubiera segunda vuelta, podrían unirse, la esperanza y la ilusión podrían cambiar de bando, según los expertos.
Siempre me digo, por experiencia patria, que hasta el rabo, en elecciones también, todo es toro. Están votando en este momento.
Y mientras, aprendamos y aprendamos, hermanas y hermanos de la congregación de los humanos: el Estado hay que financiarlo y hay que cuidarlo; el clima social, lo mismo. No se puede dar nada por garantizado, las soberanías nacionales y los estados de derecho son de barro en este neo mundo digital transfronterizo. La velocidad de lo viral en sociedades sin pensamiento crítico, sin mínimos de conocimiento histórico, es la del rayo. Puede destruir hasta identidades nacionales en tiempo récord. Son rayos superlativos que no derriban algunos árboles, fulminan el campo entero.
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