Opinión
'Queer' de Guadagnino. ¿Al lado de quién envejece el indeseable?

Quise un coño de heroína/ más puro que la heroína/ Para honrarte dentro. Elise Cowen
Casi todas mis amigas punkis, aquellas con las que compartí asambleas, libros fascinantes, manifestaciones, raves, afters, cenas en casa, vinos ⸻¡tantos vinos!⸻, siestas tendidas las unas sobre las otras, discusiones acaloradas sobre política; ahora están en aras de casarse y piensan en la crianza de unos hijos que no llegan mientras buscan la manera de pagar una entrada para una hipoteca. Los sucesos de la (re)producción se encabalgan desbocados, al igual que todos los sueños urgentes que nunca se terminan por cumplir del todo. Yo mientras alcanzo el momento vital en el que la juventud no es exactamente la misma, ese instante en el que el cinismo, la perplejidad o las arrugas surgen, y lo hago mucho más solo que antes. Esta casa se abalanza en mitad de mi insomnio, con la lámpara siempre encendida y la imposibilidad de compartir una vida. No pensábamos igual hace unos años cuando en los jardines de la universidad ideábamos la posibilidad de vivir en una comuna donde compartiríamos a nuestros hijes y nuestros salarios, al igual que compartíamos nuestros amantes, las novelas o los disgustos. Teníamos una propensión por compartirnos nuestro dolor. Bajo una peligrosa ensoñación nostálgica ahora da la impresión de que madurar es aceptar pequeñas dosis de infelicidad. Compartir menos.
En Queer, la novela que Burroughs escribió junto con Yonki en la década de los 50, pero que tuvo que publicar 30 años después por miedo a represalias, William Lee ha acumulado suficientes dosis de infelicidad como para considerarse un tipo hecho a sí mismo. Estamos ante un hombre solo en el mundo. La categoría de cínico, o de borracho, o la de desplazado lo despojan de multitud de cargas culturales. No tiene porqué engendrar ni que llevar un salario a casa. No rinde explicaciones a nadie. No participa en lo que conocemos por convenciones sociales. Al menos no de las socialmente deseables: desde luego que el protagonista no acude a bautizos, ni a entierros, no hace ningún regalo. Sin embargo, su independencia no es sino el foco de sus obsesiones. Parece que Lee envejece y lo hace cada vez más ebrio y solo. Las luces de la noche ya no lo iluminan como antes y su fealdad solo se presta a una suerte de anecdotario compartido junto a Guidry, su fiel amigo y compañero de cogorzas. Tanto en sus sueños como en sus habituales momentos de soledad reaparece un único cuarto iluminado en mitad de la madrugada. Está él. Él sobre una silla. Él consumiendo heroína, terminando un brandy. Lo que la luz del cine nos muestra es precisamente la realidad ocultada frente a las innumerables viviendas que pacen y descansan en el beneplácito de la oscuridad correspondida y homogénea, en la tranquilidad de la heteronorma y su sobriedad. Guadagnino apaga prodigiosamente todas aquellas historias que ya nos han contado hasta la saciedad en la genealogía cinematográfica. Incluso, pese a la fidelidad del guion a la novela, consigue terminar con algunos momentos al autor beat con tal de proponer sus propias preguntas.
El Queer de Burroughs atiende detalladamente a los estragos de la heroína. El de Guadagnino ahonda en el mayor de sus temores, la vejez de los homosexuales. Estamos sin duda ante una evolución temática de autor: si en Call me by your name el efebo ⸻caracterizado por Timothée Chalamet⸻ queda a merced de los intereses del adulto descubriendo los placeres a través de la mirada madura del otro; en Queer, Guadagnino sitúa al twink en una posición propositiva. Así aparece Allerton, un joven reportero tímido y solitario que inicialmente rehúsa los encuentros con Lee. La actitud caprichosa del joven muestra su poder, sus ambivalencias, la gracia azarosa de sus actos. Allerton no es un mero espectro recreado por la mirada del protagonista ¿del propio director? A través del tópico de la obra de Burroughs, el cineasta reconstruye el recorrido egoísta del deseo ahondando en su origen, que los hombres mayores desean dentro del marco cultural gay, no a los jóvenes, sino su juventud. Solo cuando Lee olvida al icono y ve a un hombre a su lado que incluso le cuida comienzan una relación de amantes.
Guadagnino abandona con inteligencia la perorata alucinógena beat, transformándola en su búsqueda personal por la pregunta que esconde el deseo de Allerton con toda la vida por delante ¿merece la pena vivir una existencia queer?; fundiéndolo con la ausencia de imaginarios colectivos para el envejecimiento de las disidencias sexuales. En el Lee del director de cine, el espejo de yagé al que quiere asomarse no se consume en la telepatía y los psicotrópicos de la profundidad de la selva, sino en una búsqueda política que ahuyenta la soledad de los abyectos. ¿Quién acompañará a aquellos maricas, colgados, a aquellas bolleras y travestis, a las locas o las rematadamente heroinómanas cuando no resulten lo suficientemente atractivas para la mirada de nadie? ¿Qué les depara en el momento que se cierran los áfteres de las ciudades o los cuerpos del chemsex terminan cediendo, días después, ante el irremediable cansancio?
Existen otras importantes problemáticas de la novela que se repiten en el filme y que rechinan ante cualquier mirada crítica. El universo de los gringos expandiéndose sobre el Sur Global. La forma ya conocida en la que acceden a otras culturas sin compartirlas, situando sus propios espacios, su lengua, sus preguntas, su comida, su moneda. El Sur Global comporta un attrezzo tanto para Burroughs, como para la fidelidad de Guadagnino que rescata algunos de los pequeños guiños de la novela con el fin de retratar una generación beat algo más realista y menos divinizada. Al fin y al cabo, muchos de ellos fueron realmente un grupo privilegiado que dedicó su tiempo a la producción de la imagen contracultural que el capitalismo quería para sí. Un sueño alterno que nunca escapó de sus garras y que solo pudieron disfrutar perteneciendo a determinada élite.
No he visto a las mejores mentes, pero sí muchas, muchísimas mentes de mi generación y mi comunidad absorbidas por la luciérnaga solitaria de los salones encendidos. ¿Acaso he sido yo una de ellas? Las he visto en la indefinida pausa del chemsex prolongando la ausencia de amor con la compañía dulce de la droga. Desplomarse como gigantes por culpa del GHB convulsionando sobre alfombras baratas del Ikea, entregándose al corpus de la orgía ⸻hasta el culo de estimulantes⸻ tras tres días sin dormir buscando hormigas imaginarias en la espesura de sus pieles azuladas. Las he atendido colocando los amasijos de su cuerpo en posición lateral, administrando benzodiacepinas, tomando tensiones, calmando los miedos que surgen con los latidos del corazón. He olvidado a la persona que más amé en la vida en la obscuridad de su cuarto, famélico, enmonado de jaco exaltando a un ánima que no es otra distinta que su rostro desfigurado mientras suenan los temas de rock ochentero y grunge que nutren aquella triste declaración de intenciones y que prometí, nunca volverían a acompañarme. Sin política que construya nuestras redes de interdependencia vagamos en busca de una triste y egoísta ilusión: quedar absortos.
El Queer de Guadagnino nos atrapa en la imposibilidad de imaginar nuestra vejez. Nos desploma ante la elección del placer inmediato o las búsquedas tramposas por culpa de los vínculos que se destruyen. ¿De qué nos sirve una habitación encendida que no puede compartirse? ¿Al lado de quién y de qué cosas seremos felices cuando no parezcamos deseables? ¿Quién nos cuidará? ¿A qué persona solitaria cuidamos en este mismo momento? ¿Qué futuro, qué lazos trazamos cuando la fiesta termina y todas las luces, menos la nuestra, se apagan irremediablemente?
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