Opinión
¿Renovables? sí, gracias

Por Mikel Otero / Héctor Tejero
Secretario de Transición Ecosocial de EH Bildu/
Responsable de Estrategia de Más Madrid
Como diría el tango, veinte años no es nada. Sin embargo, han sido suficientes para mostrar el potencial de la energía eólica y la fotovoltaica para luchar contra el cambio climático y democratizar la energía. Repasemos algunos datos: en 2005, se emitieron 426 millones de toneladas brutas directas de CO2 en todo el Estado. En 2024, con 5 millones de habitantes más, se emitieron 268, un 38% menos. Medido per cápita, se pasa de 9,9 toneladas de CO2 por persona y año a 5,5. Un 44% menos. Insuficiente aún, pero significativo.
Esta importante reducción responde a múltiples motivos, desde mejoras en eficiencia e iluminación, electrodomésticos o en motores y procesos industriales, hasta el “adelgazamiento” de sectores altamente emisores como la producción de cemento o acero. Pero, sin duda, el gran salto viene del empuje de la electricidad renovable. Si en 2005 se emitían 110 millones de toneladas de CO2 generando electricidad, veinte años después no llegan a 25. Es decir, unos 85 millones menos. Para que se entienda bien, más de la mitad de la reducción total de emisiones se debe atribuir a la electricidad renovable.
¿Qué ha pasado en estos veinte años? Teniendo en cuenta que la energía nuclear y la hidroeléctrica han mantenido un peso similar en el mix eléctrico (con ciertas variaciones según el año hidrológico), la verdadera revolución ha venido del trasvase del tándem fósil carbón-gas al tándem renovable eólica-fotovoltaica. Si las dos primeras producían casi la mitad de la electricidad en 2005, en 2024 no alcanzaron ni el 15%. Mientras, el tándem eólica-fotovoltaica ha pasado de un escaso 7% a superar el 40% de toda la electricidad generada.
Ante quienes afirman que no hay transición porque las renovables no sustituyen otras fuentes de energía sino que simplemente se añaden al mix, podemos afirmar, primero, que la eólica y la fotovoltaica han sustituido efectivamente a las fuentes fósiles y, sobre todo, podemos afirmar que el importante despliegue de estas dos tecnologías ha sido, de largo, el mayor aliado frente a la emergencia climática. Son buenas noticias, pero hay más.
La democratización de la energía
Desde la ecología política, a la energía renovable se le ha exigido una doble misión. Por un lado, debía cumplir con la función ecológica de luchar contra el cambio climático, sí, pero también se le exigía otra función social; la democratización de un sector fuertemente oligopólico. Hacernos la pregunta de si las renovables están cumpliendo está función es pertinente. Y la respuesta es compleja. Si nos ceñimos a la electricidad, es obvio que el "big three" estatal (Iberdrola, Endesa y Naturgy) sigue manteniendo una posición de dominio indiscutible. Aún mantienen porcentajes altísimos en distribución y comercialización, pero en generación la situación ha cambiado mucho. En 2005, estas tres grandes compañías (a través de su dominio nuclear, térmico e hidráulico), generaban en torno al 80% de la electricidad. Hoy, con la proliferación de actores construyendo centrales eólicas y fotovoltaicas, el "big three" pelea por no bajar del 50%. No es asunto menor. En este desplazamiento, grandes fondos y empresas transnacionales han jugado un papel protagonista mientras el sector público o las cooperativas han jugado un rol menor que convendría reforzar, pero seguir hablando de oligopolio como "el dominio de unos pocos" ya no es tan sencillo. De hecho, esta multiplicación de agentes ha debilitado manifiestamente su capacidad de fijación de precio en el mercado, como lo atestiguan las más de mil horas a precios cero o negativo cada año. ¿Permitiría esto un oligopolio estricto?
Pero, más allá de la relativa democratización en la generación a gran escala, existe otra transformación en curso gracias a la modularidad de la fotovoltaica, vía autoconsumo (individual y compartido) y comunidades energéticas. Acercándose ya a los 10.000 MW instalados, cientos de miles de instalaciones distribuidas permiten a multitud de personas tomar conciencia, organizarse, empoderarse y, por supuesto, ahorrar.
Lo expuesto nos permite afirmar que, aunque queda un largo recorrido tanto frente a la emergencia climática como en la democratización de la energía, la energía eólica y la fotovoltaica están desempeñando un papel más que digno. Por no hablar de su papel tractor de la industria y el empleo, o de la reducción de la dependencia exterior, algo que comprendemos a la perfección quienes escribimos este artículo, pues nuestras comunidades de origen (Madrid y la Comunidad Autónoma Vasca) son las dos de menor generación renovable respecto a su consumo. Hecho, por cierto, que redunda en detrimento propio (mayor dependencia) y perjuicio ajeno (obligando al resto a un mayor esfuerzo territorial).
En definitiva, lejos de la imagen caricaturizada y grotesca con la que a menudo son representadas por el negacionismo fosilista o por retardismos varios, las placas y los molinos son el verdadero icono de la esperanza climática. Algo que el IPCC ya había explicado con claridad: la eólica y la fotovoltaica son las herramientas más efectivas para enfrentar la lucha a vida o muerte contra el tic-tac climático.
La mejor noticia posible del mundo de la energía para el 2026 sería que a estas tecnologías se sumase una expansión similar de baterías y las diversas formas de almacenamiento que nos permitieran aprovechar al máximo el potencial de las renovables instaladas y por instalar.
Por todo ello, con toda la cautela porque sabemos que se puede hacer mejor y más rápido, pero también con toda la firmeza frente a fuerzas de diverso signo que pretenden frenar la transformación en curso, queremos terminar como hemos empezado: ¿RENOVABLES? SÍ, ¡GRACIAS!

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