Opinión
La responsabilidad de tomar partido

Por Paco Tomás
Periodista y escritor
No deja de sorprenderme que aún existan personas que sigan poniendo en una balanza la posibilidad de condenar o no condenar un genocidio, de reaccionar o no reaccionar ante una guerra ilegal o de justificar o no justificar un desorden mundial provocado por un fanático y que solo beneficia, oh sorpresa, a los de siempre. ¿Llamamos a eso libertad? En una lectura poco empática y liberal de la palabra "libertad", es posible. Pero seamos conscientes de que estamos pervirtiendo la palabra al hacer un uso torticero de ella, como el que hizo Ayuso cuando hablaba de la libertad de abrir bares mientras la gente estaba muriendo.
Estamos viviendo en el fin del mundo. Del mundo tal y como lo habíamos conocido hasta ahora. No es un fin del mundo blockbuster. No romantizamos con la idea de un planeta en llamas para crear un catálogo de héroes salvadores, formato merchandising, que coleccionar luego comprando un McMenú. Estamos ante una atrocidad real. Un mundo que, tras siglos sometido a los desmanes del capitalismo más cruel, ha criado a una enfurecida población mundial que, en lugar de alzarse contra su histórico opresor, lo elige democráticamente porque lo ve disfrazado de William Foster, el protagonista de Un día de furia, y se lo cree. Seres humanos descuidados con su propia supervivencia que ponen su vida en manos de perturbados narcisistas, de tecnócratas indecentes, de pedófilos codiciosos, de señoritos de cortijo y de falsos salvapatrias. ¿De verdad pensáis que es un buen momento para no tomar partido?
Entiendo a los artistas que sienten una presión ideológica, por parte de la sociedad y los medios de comunicación, que les empuja a tomar partido sobre acontecimientos en los que, tal vez, no tengan formada una opinión sólida. O crean que están siendo arbitrarios mostrando su solidaridad con una causa y no con otra. Lo entiendo pero no comparto su argumentación. Los entiendo porque al mundo de la cultura se le exige una responsabilidad y un posicionamiento que no se le reclama al mundo del deporte, por ejemplo, ni a cualquier otro oficio o profesión. Pero no comparto el argumento de excluir a la cultura, como si fuera una porcelana china, de lo que sucede en el mundo real. La cultura ha salvado vidas porque nos ha mostrado ventanas y puertas donde solo había muros. Y eso, es política. La cultura nos ha inculcado valores para luchar contra las injusticias. Y eso, es política. Ha forjado nuestra identidad como país y como ciudadanía. Desde la reflexión, la documentación de nuestra historia y también desde la risa. Porque el entretenimiento también es política.
Cuando el jurado del Festival de Berlín, presidido por Win Wenders, tuvo la osadía de justificar su silencio ante lo que sucede en Gaza diciendo que había que alejar el cine de la política, que la cultura era la empatía frente a la polarización, estaba prostituyendo el propio significado de la palabra cultura.
No debemos confundir la libertad de tomar o no tomar partido, ante una realidad como la que estamos viviendo, con la sensación acomodada de creer que no tomar partido es una opción igual de válida que hacerlo. Primero porque no tomar partido también es posicionarse, curiosamente del lado del opresor. Y porque mientras piensas que estás a salvo, por no asumir esa responsabilidad que nadie debería imponerte porque debería nacer de tu propia condición humana, hay otros seres despiadados tomando la decisión por ti y en tu nombre.
La dimensión política de la cultura es enorme. Y en lugar de silenciarla, hay que potenciarla. Gracias a ella estoy yo aquí y no me suicidé cuando tenía doce años y recibía el acoso diario y las agresiones de un aula entera. Por eso se les pregunta a los actores, a las cantantes, a los escritores, en las alfombras rojas. Porque son referentes. Otra cosa es que los medios siempre tengan la tentación de ponerle la alcachofa delante a las personas que van a dar más juego. Dar juego no significa nada más que eso: hacer espectáculo mediático rentable. Y como ahora las audiencias las mide el algoritmo de redes, ya sabemos que cuanto más nos cabree e indigne un titular, mejor para la viralización. Desconfío de aquellos que dicen que una gala de premios de cine no es espacio para la reivindicación. Todo espacio público es lugar para la reivindicación. Y si no es así, deberíamos ocuparlo y resignificarlo.
Pedro Almodóvar decía esta semana, en la promoción de su nueva película Amarga Navidad, que el artista tiene la obligación de posicionarse. Voy más allá. Todo el mundo tenemos la obligación de posicionarnos. Y más en este momento histórico que estamos viviendo. Cinco monstruos han cogido el tablero del orden mundial y lo han lanzado por los aires. Han roto las reglas del juego imponiendo la ley del matón de la puerta de la discoteca. Se burlan del diálogo y apuestan por la violencia como herramienta para imponer su criterio. Se ríen de la justicia, chantajean y amedrentan, mientras las instituciones supranacionales, acobardadas, agachan la cabeza por miedo, permitiendo que el abusador abuse. Recuperan las conductas criminales de la SS nazi pero argumentan que señalarlo es polarizar. Si este contexto no os parece lo suficientemente grave como para tomar partido, ya no sé a qué estáis esperando.
En este cambio de orden mundial, los pueblos solo tenemos dos opciones: asumir una condición de esclavitud posmoderna, de víctimas amables del capitalismo, entendiendo que nuestro papel, en este contexto, solo puede empeorar, o posicionarnos en contra, tomar partido, alzarnos contra este desorden mundial y reivindicar aquello que, durante años, los guardianes del ultracapitalismo y los mercados, nos dijeron que era imposible. No lo veáis como una oda a la guillotina. Basta con no votar al enemigo de nuestros intereses como ciudadanos, al que aboga por el libre mercado para que no puedas pagarte un alquiler, al que reniega de tus derechos como trabajador, al que te anime a enfrentarte a quien está peor que tú para que no le plantes cara a él. Nos toca tomar partido para que, en el nuevo orden mundial que salga de aquí, nuestra voz sea más fuerte que la de cinco oligarcas.
Volviendo a la cultura, como inspiración de modelo de conducta, creo que hay dos maneras de afrontar la vida y tu paso por ella. Dos maneras, incluso, de aprovechar nuestro privilegio. La de Javier Bardem y la de Macarena Gómez y el marido bolso que lleva de complemento. Yo soy team Bardem. Por la cuenta que nos trae.
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