Opinión
Rubias y espías
Por Anibal Malvar
Periodista
Como escritor de novela negra, no puedo menos que ponerme cachondo con esa historia de rubias (Corinna) y espías (Sanz Roldán) que se relató ayer en la Comisión de Secretos Oficiales del Congreso. Por si algún lector acaba de ser resucitado milagreramente por el Papa Francisco y ha pasado bajo tierra los últimos diez años, explicar que Corinna es Corinna zu Sayn-Wittgenstein, amiga personal del rey (todos sabemos que la mayoría de las amigas son impersonales), y que Sanz Roldán es el jefe de los espías españoles, el kíe, director o baranda del Centro Nacional de Inteligencia.
En plan como muy secreto, con gabardina, sonrisa cínica y tal, el espía Félix Sanz Roldán acudía ayer a la comisión parlamentaria para aclarar secretos y cosas de rubias, que es la principal tarea para la que los particulares contratan a los detectives y los contribuyentes damos de comer caviar a los espías.
Según he sabido por fuentes muy escasamente fidedignas, nada más llegar Sanz Roldán a sede secreta parlamentaria le apuntaron un flexo a los ojos y un pacifista de Izquierda Unida le preguntó, echándole a la cara el humo progre y sano de su cigarro mentolado de plástico ecológico:
-Bueno, amigo. Háblanos de la rubia -la voz ronca del comunista quebraba las consonantes como ventanas a codazos-. ¿Vigilabas a la rubia en el momento de autos?
-¿Qué rubia? -el espía dilató unas pupilas mefistofélicas-. ¿Y qué auto? Ya no se lleva lo de hacérselo en el asiento de atrás de un auto. Ni siquiera con una rubia.
El interrogador de Izquierda Unida exhaló un humo totalmente exento de CO2. Y sonrió con agnóstica beatitud.
-Si no te calzo una hostia es porque va contra la declaración universal de los derechos humanos -escupió las sílabas de una en una el interrogador de IU-. Que si no... ¡te la daba! -la amenaza era un cuchillo rojo cortando el aire de mantequilla parlamentaria.
Desde la espalda meliflua del interrogador de IU, emergió un joven y apuesto abogado del PSOE con una corbata estampada con delicados bonsáis de Felipe González.
-Bueno, tranquilos... ¿Le suena el nombre de Ingrid? -sonrió el parlamentario neosocialista con dientes que nunca habían recibido un golpe de puño ni mordido un tallo de rosa.
-¿Así que tú eres el poli bueno? -se cachondeó el espía-. ¿Ingrid? Solo me suena de los tebeos del Capitán Trueno... Soy muy mayor. ¿Se refiere usted a esa Ingrid? -el espía se descojonaba por lo bajo mientras hablaba.
-Por supuesto que me refería a esa Ingrid. Muchas gracias, mi general. No tengo más preguntas -se retiró satisfecho el joven y apuesto abogado del PSOE.
Emergió el interrogador del PP, aspecto implacable y frío gesto de todo aquel cuyo nombre ha aparecido en una libretita al lado de una cantidad de dinero B.
-No hay más preguntas. Bastante ya ha tenido que sufrir este pobre hombre con tanta iniquidad. ¡Seamos transparentes! -y se volvió transparente y, consecuentemente, desapareció.
Y la comisión se disolvió.
Con esto fue por fin aclarado todo el asunto de Corinna zu Sayn-Wittgenstein, que tan desvelados nos tenía a todos y cada uno de los españoles y a bastantes miríadas de extranjeros. Cuando una comisión de secretos oficiales se convoca en España, se lleva a rajatabla. Y de ahí no sale ni un solo secreto ni una sola cosa oficial, como nos demostró ayer el inefable (sin palabras) Sanz Roldán al decirnos que no sabía quién había protegido a Corinna, ni si Corinna era rubia, ni si él era espía, ni si blanco y en botella, ni si la rubia rodeada de espías había residido de gratis en un edificio de Patrimonio Nacional a la verita del Palacio de la Zarzuela. Se conoce que esta chica y Sofía de Borbón son muy amigas, y necesitaban tan íntima vecindad como agüita de mayo.
También nos dijo el espía, a todos los españoles y en secreto, que Corinna no había hecho ningún “trabajo clasificado” para España, que él sepa, a pesar de que la rubia así se lo contó al periódico de Pedro José y a no sé qué revista del corazón. Los espías leen poco, porque siempre están obligados a llevar gafas oscuras.
El caso es que nosotros, los españoles de banderita en la muñequera del reloj, los nacionales normales, nos hemos quedado muy satisfechos con la comisión de secretos y sin saber nada de esta Corinna, que es lo que nos corresponde. Algún imbécil descerebrado y nacionalista, o de la ETA, se habrá preguntado si esta Sayn Wittgenstein no tendrá nada que ver con el desconocido Wittgenstein, aquel que dijo que “revolucionario es solo aquel que se revoluciona a sí mismo”. Pero mejor no pensar en el filósofo ni en sus revoluciones, que los desahuciados y los parados y los elefantes enseguida se ponen tontos o antimonárquicos, que viene a ser lo mismo. O no sea que su recuerdo, el de Wittgenstein, nos guíe hacia su Tractatus y su lógica, y acabemos coligiendo que esta historia de espías y de rubias tiene el mismo final que todas las historias de rubias y de espías. O sea, la perversión de un cabrón muy poderoso que mueve los hilos con la aquiescencia de los políticos, la laxante lasitud de los periódicos y el palpitar rosado de ciertas rubias. El tópico de siempre en este género tan literario y tan manido llamado novela negra. Ya dije al principio que soy un fantaseador, un burdo escritor de novela negra. Barata. Rápida. Popular. Esa novela en la que no hay tiempo para la mentira. Ni un solo respiro para la falsa verdad. En plan comisión parlamentaria de secretos oficiales. Lo mismito.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.