Opinión
Ryanair, un viaje hegeliano

Profesor de Filosofia de la UCM
-Actualizado a
La ridícula performance que ha protagonizado el Jefe Ejecutivo de Ryanair, Michael O’Leary, vistiendo de payaso al ministro Bustinduy, no ha sido sólo una broma estúpida o de mal gusto. En realidad, ahí late toda una filosofía de fondo que conmueve y desafía los cimientos mismos del proyecto político del Estado Moderno, desde los tiempos de la Revolución francesa hasta el tecnofeudalismo actual en el que nos estamos precipitando. Lo interesante es la comparación que ha hecho entre los clientes de Ryanair y los votos de Sumar, lo que ha llamado el “partido comunista” del ministro. Ryanair tiene 20 veces más clientes que los tres millones de ciudadanos que votaron a Sumar. ¿Por qué es inquietante esta comparación? Desde luego, Ryanair no es un partido político que pueda tener representación parlamentaria, ni en Irlanda ni en España, y los clientes no votan, los que votan son los ciudadanos, y ningún ciudadano ha votado ni puede votar a Ryanair. La comparación está tan fuera de lugar como algunas otras que también podría haber esgrimido O’Leary, como por ejemplo, que el volumen de negocios de Ryanair es a lo mejor diez mil veces mayor que el presupuesto económico que maneja Sumar. ¿Sería esto una razón de peso que tuviera que tener en cuenta la discusión parlamentaria?
En principio, por supuesto que no. Pero, en el fondo de estas medio bromas late una filosofía profunda, algo así como otra concepción muy distinta de la democracia que, si se desarrolla, puede resultar convincente, incluso he mantenido a veces que “hegelianamente convincente” (si bien seguro que el mismísimo Hegel, se horrorizaría con el resultado). El Estado Moderno presuponía la soberanía del poder legislativo y, por lo tanto, de los parlamentos, que elaborarían las leyes de tal modo que la sociedad quedara bajo “el imperio de la Ley”, o como solemos decir, del “Estado de derecho”. Ahora bien, en el Parlamento tenemos a 350 diputados y diputadas “razonando”, argumentando y contrargumentando (y eso con suerte). Son, sin duda, los representantes del pueblo, porque el pueblo les ha votado para ello, más o menos cada cuatro años. Pero las imperfecciones de este modelo saltan muy pronto a la vista, sobre todo si lo que se plantean son cuestiones económicas que, al fin y al cabo, son las que más influyen en el destino de los votantes. Para este tipo de cuestiones, podría argumentarse, hay siempre una democracia mucho más profunda, capaz de ver mucho más lejos, de calcular con mucha más precisión, en definitiva, capaz de pensar mejor que ese puñado de cabezas del parlamento. Es, por supuesto, la democracia del mercado, en la que no se vota cada cuatro años, sino todos los días, todos los minutos y segundos.
Cada vez que en un supermercado decides comprar una marca de leche en lugar de otra, estás votando, cada vez que decides que mejor que comprar leche vas a comprar vino tinto, estás votando. Y si de pronto decides que no vas a comprar ni leche ni vino, sino comida para el perro, o que quizás mejor vas a invertir esos euros en criptomonedas, no hay problema, el cerebro del mercado está preparado para estos imprevistos y los registra con total normalidad. Y es un cerebro global. Mis decisiones aquí se transmiten en tiempo real al otro extremo del mundo, afectando con mi voto a lo que se va a producir, en qué cantidad, con qué procedimientos, etc. Es inútil que los diputados y los ministros intenten competir con esto, siempre acabarán yendo a rastras con la lengua fuera, no haciendo otra cosa, en todo caso, que estorbar, levantando esos castillos de naipes como el derecho laboral o, por ejemplo ahora, legislaciones sobre el salario mínimo. O lo que ha intentado hacer el ministro Bustinduy: intervenir en el cobro de las tarifas por maleta de una compañía aérea. “Ustedes pueden ganar esta guerra”, ha contestado O’Leary, “pero van a perder otra, la de los precios de los billetes de avión”. Así pues, el mercado es un cerebro que piensa con rapidez y con eficacia, mientras que las medidas políticas y parlamentarias resultan, a la postre, contraproducentes o, como mínimo, impotentes.
Hay una frase de Hegel, criticando, sin duda, al pensamiento de la Ilustración, que nos viene aquí de perlas: “La razón no es tan impotente que sólo alcance a determinar el ideal, a lo que debe ser, existiendo quién sabe dónde, quizás en la cabeza particular de algunos hombres”. Es una frase muy irónica y despectiva que podríamos traducir actualmente así: la razón (la capacidad de argumentar y contrargumentar) no está en la cabeza de esos pocos centenares de representantes del pueblo votados cada cuatro años, la razón, además, no sólo alcanza a determinar el deber ser, no sólo alcanza a dictar leyes de las cuales la realidad hace luego caso omiso, leyes impotentes a las que siempre les sale el tiro por la culata (como por ejemplo cuando los alquileres suben precisamente porque se interviene legislativamente el precio del alquiler). No, la razón y la realidad, en algún sentido, en el fondo, en algún recóndito fondo hegeliano, son la misma cosa: la realidad razona, y razona con un cerebro mucho más potente y mucho más rápido que el de esas pobres 350 cabecitas que se renuevan cada cuatro años. Y aunque esto no lo tenía previsto Hegel (Marx sí, desde luego), ese gran cerebro, ese cerebro de la totalidad de lo real, es, hoy en día, el mercado. Así es que dejemos a la totalidad pensar en paz y a su manera y dejémonos de ocurrentes payasadas parlamentarias. “Todo es como debe ser”, escribe también Hegel un poco más allá, en sus Lecciones sobre la Historia. Por eso y para eso está ahí Elon Musk, en el despacho oval, con el niño en hombros. Para que el mercado que le ha convertido en el hombre más rico del mundo, siga pensando y pensando sin ocurrencias ni distracciones democráticas. Ya tenemos suficiente con la profunda democracia en la que consiste el mercado.
Algunos a los que se nos suele llamar “materialistas” pensamos, en cambio, que la razón sí que es tan impotente que sólo alcanza a determinar “el ideal”, “lo que debe ser”, desde la cabeza de “algunos hombres” que razonan con cierta legitimidad democrática porque han sido votados. De vez en cuando, algunas cosas salen bien, “como deben ser”, y entonces hablamos de una obra de la libertad. Eso ocurre cuando se cumple una ley de la que hemos sido colegisladores. Pero, en general, ni la razón ni la libertad tienen vela en este entierro. A veces, todo lo más se cuelan en la fiesta de lo real a hurtadillas. Y a veces lo hacen porque la Ilustración inventó maquinarias estatales para facilitar o posibilitar esos extraños milagros que son las obras de la libertad. Algunos de esos artilugios institucionales fueron la libertad de expresión, la escuela pública, la división de poderes, la inmunidad parlamentaria, la negociación colectiva, en fin, un sin fin de engranajes que posibilitan que la libertad se cuele en la fiesta de lo real, en esa fiesta que es, sobre todo, el mercado. Y al mismo tiempo, pensamos que el mercado jamás ha organizado una verdadera fiesta de la libertad que se traduzca en una democracia “más profunda y global”, sino todo lo contrario: por regla general, para dar libertad al dinero, ha encarcelado a las personas, como decía Eduardo Galeano. Las ha aprisionado no sólo en cárceles, sino también en una vida sin sentido que se agota en trabajar y trabajar para que la rueda siga girando y el cerebro de la totalidad pensando. Pero el caso es que piensa muy mal. Hemos desembocado en un nuevo feudalismo digitalizado, dominados por algoritmos que son poderes privados, en un régimen imperial que ha convertido en irrelevante a la democracia y al derecho internacional, en una carrera vertiginosa hacia ningún sitio, en un planeta que se agota, mientras Elon Musk piensa en colonizar Marte. Habría que pedir a la cruda realidad que no pensara tanto y que nos dejara a nosotros pensar un poco, aunque sea con la lentitud de la democracia parlamentaria y con la relativa impotencia de nuestras modestas legislaciones.
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