Opinión
Saber ganar

Por Marta Nebot
Periodista
-Actualizado a
"Nosotros somos perdedores hasta que vencemos", resume Rebecca Solnit, oráculo mundial de la izquierda, en El camino inesperado, su último libro.
Conviene recordarlo. Conviene asumirlo. Conviene no creerse otra cosa. Es imprescindible tenerlo presente para que no nos desarmen el derrotismo y la melancolía antes incluso de que empiecen las batallas.
Ella lo dice en términos internacionales y no se equivoca. Traído a la patria, sin olvidar que ellos llevan en la contienda desde que perdieron el Gobierno tras una moción de censura, las guerras electorales se ganan o se pierden en la ofensiva final, que cada vez es más corta y explosiva.
Ahora, mientras el 70% de los medios de comunicación -y probablemente un porcentaje superior de las redes sociales- difunden, como hicieron desde que perdieron, el relato de un país fallido que se va por el sumidero, España es el faro de Europa y -podría decirse para corregir a otra- de Occidente entero. Somos el último bastión progresista contra los supervillanos que están desmantelando el mundo, que se están cargando las pocas reglas compartidas. No solo amenazan la democracia, la convivencia y los derechos en sus territorios, y apoyan y financian el primer genocidio retransmitido en directo. Además, interfieren sin disimulo -con la inestimable ayuda de sus tecnobros- en los procesos electorales de otros, vuelan por los aires el multilateralismo que cimentó la paz después de dos guerras mundiales y menosprecian y abandonan la lucha contra el cambio climático, la cooperación y los incipientes avances en la justicia fiscal que podía empezar a cambiarlo todo -aunque fuera tímidamente-.
En este contexto de perspectivas globales de destrucción masiva, la izquierda española a la izquierda del PSOE ha empezado a organizarse para la batalla crucial de la primavera-verano de 2027 -y no antes, por más que el contrincante se impaciente-. El contexto internacional y los datos macroeconómicos nacionales son pilares firmes que sostienen a este Gobierno de coalición, a pesar de sus errores. El Plan de Recuperación, con sus fondos Next Generation, será -al menos- el legado de Pedro Sánchez y tiene fecha de ejecución hasta agosto de 2026. Ningún presidente con estos activos convocaría elecciones salvo fuerza mayor que lo hiciera insostenible y que, aunque pareciera que podía aparecer, no ha aparecido. Nadie en su sano juicio reconocería su sucesión, aunque la tuviera prevista. Ese factor será hasta el final un as en la manga que se podría o no utilizar, dependiendo de cómo venga la partida.
Al margen izquierdo del partido socialista la sucesión también debería esperar al momento oportuno aunque sea ya imprescindible reordenar ese espacio tan desordenado.
“Sumar son los padres”, es un mantra demasiado instalado. Yolanda Díaz sigue haciendo de interlocutora de ese espacio en el Gobierno sin título que la acredite para eso. Abandonó todos los cargos de su partido, Movimiento Sumar, tras el batacazo en las europeas de junio de 2024, con una candidata sin consensuar con el resto de partidos. Sumar, como tal, hace rato que dejó de ser y sobrevive con respiración asistida.
El resto de partidos de esa coalición que hizo posible este Gobierno progresista (Más Madrid, Izquierda Unida y los Comunes) hace tiempo que reclaman una interacción más colegiada con el partido socialista.
Los movimientos en ese sentido han sido constantes con la prudencia que da todo el respeto y el cariño del mundo hacia la reconocida ministra de Trabajo que Díaz ha sido y quieren que siga siendo.
En el acto del 21 de febrero, con el que Más Madrid, IU, los Comunes y Movimiento Sumar presentarán su proyecto de unión, imprescindible para que la contienda del 27 no empiece ya perdida, Yolanda Díaz no subirá al estrado.
Compromís y el CHA probablemente se sumen a esta iniciativa en un futuro no muy lejano. Podemos ni está, ni se le espera.
Las fuentes consultadas dicen que la novedad es que están construyendo sin cuchillos, al ritmo que pueden teniendo en cuenta las internas en las que anda cada partido y el Gobierno. Señalan que primero hay que llegar a un acuerdo de país, a una propuesta ilusionante compartida. Después vendrán los nombres que ven más fuera que dentro de las filas. Se trata de construir una buena casa entre todos para luego poder invitar a alguien que haga de presidente de la comunidad. De momento no quieren portavoces que se adueñen de la criatura todavía no nacida. Recuerdan al 15M, que no tenía ni quería portavoces que personalizaran una iniciativa inédita y completamente colectiva. El que lidere no debería ser de nadie y tiene que saber mucho de negociación colectiva.
El reto es enorme. La nueva política nunca conseguida. La horizontalidad hasta ahora imposible.
Y, de repente, en este momento, con la sala para el 21 de febrero en el Círculo de Bellas Artes, reservada desde Navidad -sin esos plazos no hay hueco-, se ha anunciado otro acto antes, el 18 de febrero, con Gabriel Rufián (ERC) y Emilio Delgado (Más Madrid) como protagonistas.
El timing no es el mejor, obviamente. Ambos tienen tendencia al protagonismo. Hacen este movimiento por libre. Tienen predicamento sobre todo entre los más jóvenes y testosterónicos. En cualquier caso, declaran haberlo organizado solo para arrimar el hombro, para mover el avispero, para reivindicar la imprescindible unión de la izquierda y el peligro descomunal de no unirse.
En eso es evidente que tienen razón. Nos jugamos el futuro, no solo una legislatura. Con una mayoría arrolladora de PPox en el Senado y en el Congreso, como la que vaticinan las encuestas, podrían hasta cambiar la Constitución y, como dijo en su día Alfonso Guerra, dejar a este país que no lo reconozca ni la madre que lo parió, esta vez por feo y retrógrado.
Ante una situación desesperada, teniendo en cuenta los millones de personas que perderíamos derechos si la coalición ultra llega a la Moncloa, todas las uniones posibles deben ser exploradas, todos los activos sumados, aunque ahora sumar suene a chiste.
Hay precedentes como el de Ibiza y Formentera. En 2023 unieron a todas sus fuerzas de izquierdas –incluido el PSOE– para la papeleta del Senado y así consiguieron el senador que correspondía a esos territorios, por una diferencia con el PP de 3.000 votos.
Tal vez para el Senado la unión pueda ser más amplia, como proponen Joan Tardà y Gabriel Rufián desde Esquerra Republicana, sin contar con su partido. Pero ni ERC ni Bildu parecen dispuestas a entregar su representación parlamentaria por una papeleta para ellos completamente radioactiva.
Porque más allá de los partidos, la pregunta es: ¿votarían lo mismo independentistas y no independentistas en los territorios en los que hay esas dos opciones aunque sean las dos de izquierdas?
Falta una eternidad, insisto. La política va a la velocidad de la luz que impone la sociedad digital. La ilusión es cada vez más una flor de pocos días. Necesitamos que la gente sonría a mitad del 2027. No todo el rato hasta entonces porque nadie sostiene tanto una sonrisa.
Entonces sí, será crucial. Porque en esa ilusión no nos jugamos solo unas elecciones. Va del futuro. Decía Sancho a Don Quijote que “hasta la muerte todo es vida”. Vivamos entonces y confiemos en la buena medicina. Ya conocemos al paciente; necesitamos paciencia, trabajo, generosidad y cabezas frías.

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