Opinión
Sampedro en corto
Por David Torres
Escritor
Decía Junior Soprano, actualizando una vieja superstición siciliana, que la muerte va por trilogías. Si esa superstición es verdad, que lo dudo mucho, este preludio de semana ha puesto sobre el tapete un trío de ases de lo más variopinto. Sara Montiel, Margaret Thatcher, José Luis Sampedro. Uno de cada palo y una de ellas un palo en sí misma.
Lo único que tenían en común los tres finados es la edad avanzada en la que han hecho mutis. Pero cuando se escribe sobre la muerte hay que andar con mucho ojo porque en seguida se deslizan los tópicos entre la prosa y en vez de un responso te sale un fax. Por ejemplo, está esa ridiculez de que la muerte siempre se lleva a los mejores, lo cual, en el caso de la Thatcher, da un poco de risa. El mejor retrato de la Thatcher lo hicieron hace años en los Spitting Image, cuando un teleñeco clavadito a la Dama de Hierro entraba a mear a un lavabo de caballeros. Luego se la veía acostándose al lado de su marido, en una cama de matrimonio con una manta tapizada con la Union Jack. Apagaban la luz y entonces, en medio de la oscuridad, se oía un molesto tic tac. La Thatcher preguntaba con esa voz de hooligan que acojonaba a los sindicatos: “¿Qué es ese ruido?” Y el marido, muy british y muy cagapoquito, respondía asustado: “Mi marcapasos, darling. Ya lo apago”.
Que la muerte se llevara a Sampedro apenas unas horas después de la Thatcher certifica sus buenos reflejos y también su democrático mal gusto. Ha sido un rapto a traición, quizá para compensar aquella maldad que señaló un gran amigo mío, cuando Antonioni murió al día siguiente de Bergman sólo para equilibrar pérdidas. A la guadaña le gustan las simetrías.
Coincidí con Sampedro un par de veces cuando yo trabajaba en la librería Altair de Madrid, un refugio ideal para viajeros impenitentes y almas perdidas. Sampedro vino a pedirme unos libros al mostrador y me encantó comprobar que era exactamente lo que parecía: un viejecito encantador, humilde, amable, un sabio presocrático de barba blanca y ojos infantiles. No es muy habitual que la figura pública y la privada encajen, y no hay mejor lugar para comprobarlo que delante de un proletario en funciones. Anda que no habré conocido yo revolucionarios de salón de ésos que, en cuanto ven a un camarero o a un librero, no pueden contenerse y les sale el marqués que llevan dentro.
Dicen que la Thatcher había perdido la cabeza en sus últimos años, aunque para mí que la había perdido desde los doce y que llevaba muerta desde que alcanzó el poder. Desde entonces, al contrario que los santos incorruptos, la buena mujer no hizo sino pudrirse en vida e ir extendiendo su podre por el mundo, de los mineros ingleses a Pinochet. Sampedro, en cambio, cada día estaba más lúcido, cada día parecía más joven y cada día se ganaba un poco más la santidad implícita en su apellido. Por eso es una putada que se haya ido precisamente ahora, cuando tanta falta hacía. Esto es un tópico, ya lo sé, pero a veces los tópicos son verdad, y en el caso de Sampedro, la pura y sencilla verdad, en minúsculas de andar por casa.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.