Opinión
Toda Ayuso es un lapsus

Por David Torres
Escritor
Dicen que el otro día Ayuso sufrió un lapsus freudiano en una entrevista y dijo sin querer lo que realmente estaba pensando. Se trata de una hipótesis difícil de comprobar porque Ayuso consiste básicamente en una locutora de onda corta, una pandereta de repetición que se limita a tocar la partitura que Miguel Ángel Rodríguez le va dictando al oído. Sólo así, con un verdadero genio literario a los mandos, se entiende que la presidenta pueda improvisar a bote pronto pareados tan espléndidos como "chao, pescao" o "el bulo del culo". Nacho Cano ya debe de estar tomando nota para componer una ópera, porque esas rimas suenan casi tan redondas como las letras de Mecano: "No hay marcha en Nueva York y los jamones son de York". Mejor no te digo de qué está hecha la mortadela.
Freud explicaba que un lapsus no es un simple traspiés lingüístico sino una expresión directa del inconsciente por la que asoma un pensamiento reprimido. Mucho antes de Freud, Shakespeare ya había revelado ese mecanismo psicológico en el impulso que sentía Lady Macbeth por lavarse frenéticamente las manos, como si quisiera limpiarlas de sangre. Dicho sea de pasada, en mi barrio había un tendero tan obsesionado con la limpieza compulsiva que tenía las manos siempre rojas y brillantes, casi despellejadas por el jabón que se frotaba cada cinco minutos; las llevaba colgando a un palmo de la cintura para evitar contactos y gérmenes, con lo que parecía un pistolero siempre a punto de desenfundar. Los chavales lo llamábamos el sheriff y, ahora que lo pienso, tal vez andaba atormentado por los remordimientos de un crimen o una culpa secreta.
Al sheriff de mi barrio únicamente le faltaban un par de revólveres, un sombrero tejano y un chaleco negro para afincarse en un western, pero a comienzos de milenio, con la sorpresa del tamayazo en la Asamblea de Madrid, la capital entera sufrió otro traspiés del que todavía no nos hemos recuperado. Quién iba a decirle a Freud que un lapsus iba a prolongarse durante un cuarto de siglo y a Tierno Galván que a los madrileños les fliparía vivir en un western: en La leyenda de la ciudad sin nombre para ser exactos, cercados de socavones y agujeros y obras perpetuas. Fue una premonición castiza y a pequeña escala de los grandiosos lapsus históricos que estaban por llegar, con Estados Unidos rendida por dos veces a un Mussolini pelirrojo y Elon Musk haciendo el "Heil Hitler" en Washington, también dos veces, por si el primer lapsus no lo había dejado claro.
Lo que no está muy claro es si el lapsus en vivo y en directo fue responsabilidad de Ayuso o más bien de Miguel Ángel Rodríguez, al que tal vez la pregunta le había pillado sobrio. "Siete años, siete años, todos los días con mi vida, dónde me alojo, me pago un hotel con mi dinero público, con mi dinero personal para gestionar la pandemia", dijo Ayuso en un auténtico despliegue autobiográfico. Sucede, sin embargo, que los lapsus son el pan nuestro de cada día en un ecosistema político superpoblado hasta la náusea de chistes y trabalenguas: ETA es una gran nación, anotop at, Badajoz en Andalucía, el vecino que elige al alcalde. Pero con Ayuso el inconsciente colectivo ha subido directamente desde las meninges al puente de mando: esas chiribitas que hace con los ojos no son más que los efectos secundarios.
Quienes dicen que Ayuso está acabada, que esos tropezones verbales son señales claras de nerviosismo, no tienen la menor idea de qué va la movida. Más bien Ayuso está empezando, calentando motores entre cañas y terrazas libertarias. El perro Pecas fue un lapsus, las comisiones por las mascarillas de su hermano Tomás fueron un lapsus, Pablo Casado era todo él un lapsus, el fraude fiscal de su novio era un lapsus, su novio también era un lapsus, las listas de espera trucadas en los hospitales públicos eran un lapsus, el ático era un lapsus, lo de mi dinero público era un lapsus, los ancianos muertos en las residencias fueron 7.291 lapsus. Menudo libreto para el talento sin par de Nacho Cano. Como se ve, toda Ayuso es un lapsus.
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