Opinión
Trenes rigurosamente desamparados

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
En un principio iba a escribir "Trenes rigurosamente descuidados", jugando con el título de la célebre novela de Bohumil Hrabal, pero me puse a bucear en Google porque pensé que seguro que se me habría adelantado alguien. En efecto, encontré un artículo publicado por Toni Coromina diez años atrás en La Vanguardia donde criticaba el abandono general y la falta de mantenimiento en las líneas de cercanías en Barcelona. Intentando mantener la estructura rítmica original se me ocurrió "Trenes rigurosamente abandonados", que me gusta todavía más, aunque ese sí que me sonaba de algo. En efecto, lo había utilizado yo mismo más de trece años antes en este mismo espacio, aludiendo al accidente ferroviario de Angrois y, más concretamente, a la desvergüenza criminal con que el Gobierno del PP culpó de la catástrofe al conductor del AVE, sin responsabilizarse de los fallos de seguridad en el trazado de la vía y en la supresión de las balizas de seguridad en una curva fatídica.
He vuelto a releerlo con la tristeza renovada, la rabia retrospectiva de que, década y media después, con otro gobierno en el poder, otro ministro al frente y la liberalización de la alta velocidad completada, podía haber escrito prácticamente lo mismo que entonces. Sólo hubiese tenido que cambiar unos cuantos detalles, un par de nombres propios y también el precio de los billetes. Viajar en uno de esos trenes casi instantáneos en 2013 era considerablemente más caro que en 2026, una delirante paradoja resuelta mediante la competencia despiadada entre distintas compañías ferroviarias. Estos días, entre el dolor por la tragedia y la cólera ante el intento de achacarla únicamente al elemento humano, se han compartido las estadísticas de muertes en accidentes de alta velocidad, donde por desgracia, después de Adamuz y de Urda, somos campeones mundiales.
La diferencia sustancial entre España y Japón, por ejemplo, es que allí la privatización no llevó a una rivalidad entre distintos operadores sino a un modelo de reparto geográfico donde cada compañía debe hacerse cargo no sólo de los trenes que circulan por un trayecto determinado sino además de la gestión y mantenimiento de las vías por donde circulan. Por supuesto, allí esos billetes de alta velocidad son mucho más caros que en España: de hecho, vienen a costar más o menos lo mismo que un AVE de Madrid a Barcelona hace una década. Pero la gran diferencia respecto al modelo español es que, hasta ahora, en los 60 años de historia del Shinkansen, no ha habido una sola víctima mortal por colisión, descarrilamiento o fallos del sistema. En cambio, entre las contratas y subcontratas adjudicadas mediante acuerdos millonarios a distintas empresas privadas, España también tiene el récord mundial de incidentes, errores informáticos y caídas de servicio en su red ferroviaria, una situación que los maquinistas llevan denunciando demasiado tiempo. Con dos accidentes gravísimos en menos de un año saldados con más de un centenar de muertos, pocas veces habremos asistido visto una demostración más desgraciada de ese viejo tópico: lo barato sale caro.
¿De verdad tenemos tanta prisa? ¿De verdad es necesario correr tanto y encima casi gratis? La gran ventaja del tren, respecto a sus competidores inmediatos, el autobús o el avión, no es la velocidad sino la comodidad, la tranquilidad de ir leyendo en el asiento, levantarse a tomar un café, disfrutar del paisaje deslizándose a través de la ventanilla. En la inhumana competición por llegar antes que sus rivales, abaratando los precios para cargar con más viajeros, ahorrando a cualquier precio, parece que las compañías de alta velocidad españolas estén imitando a los hermanos Marx en su enloquecida carrera en tren, desguazando asientos, vagones y equipaje para traer más madera. Los trenes serán más rápidos que la hostia, sí, pero lo cierto es que van traqueteando desamparados sobre vías mal señalizadas, sujetas a estructuras de seguridad mal conservadas y atendidas por personal mal formado y peor pagado. Al final, los trenes de alta velocidad resultan una metáfora perfecta del sistema capitalista, el cual podría resumirse en aquel diálogo inmortal de los hermanos Marx cuando Groucho le dice a Chico que vayan más deprisa y éste le responde que para qué, si no van a ninguna parte: "En ese caso, corramos y acabemos de una vez con esto".
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