Opinión
Trump, un poder casi autocrático

Por Miguel Urbán
-Actualizado a
Desde que Donald Trump tomó nuevamente posesión de la Casa Blanca, convirtiéndose en el segundo presidente de la historia de Estados Unidos desde 1892 que conseguía la reelección tras haber perdido previamente, parece que el mundo se hubiera acelerado. Una victoria presidencial que se complementó con la mayoría de los republicanos en el Senado y en el Congreso que, sumado al control conservador del Tribunal Supremo, le ha otorgado a Trump un poder cuasi autocrático, al menos durante los dos primeros años de la legislatura, hasta que se produzcan las elecciones del midterm. Poder que está utilizando para intentar moldear el mundo a su imagen y semejanza.
De hecho, cuando Donald Trump tomó posesión por segunda vez, como el 47º presidente de los EEUU, mucho se especuló sobre cómo sería su segundo mandato al frente de la Casa Blanca. En 2016 no tenía del todo claro qué hacer como presidente; hoy tiene ideas muy definidas sobre cómo actuar. Ya no es el outsider que asumió el cargo sin tan siquiera controlar el Partido Republicano; ahora no solo conoce las instituciones, sino que cuenta con un aparato consolidado detrás que lo respalda. Y está empeñado en demostrarlo cada día.
Especialista en las puestas en escena, el mismo día que asumió el cargo, tal y como marca la Constitución, Trump se dirigió a un estadio cubierto cercano. Allí hizo colocar un escritorio para firmar sus primeras órdenes mientras la multitud le aclamaba. Desde entonces, Trump ha firmado más normas que ningún otro presidente en los primeros 100 días en el cargo, especialmente del tipo conocido como órdenes ejecutivas, el decreto presidencial por excelencia. Una muestra más de su impronta autoritaria.
Desde ese momento, en un año, ha declarado toda una guerra comercial; ha desatado una fiebre persecutoria contra los migrantes en los EEUU; ha atacado las instalaciones nucleares iraníes; ha impuesto su plan de "paz en Gaza"; ha conseguido doblegar a los republicanos aprobando la ley fiscal que él mismo bautizó como One Big Beautiful Bill; está forzando una paz vergonzante en Ucrania; ha ocupado militarmente varias ciudades demócratas en los EEUU; ha atacado Venezuela secuestrando a su presidente; ha bombardeado Siria, Nigeria y Yemen; está amenazando con ocupar Groenlandia, un territorio de la OTAN, mientras ha obligado a los miembros de la Alianza Atlántica a asumir el 5% del gasto (en armas estadounidenses) en defensa, mientras su presidente, Mark Rutte, justificaba: "Sometimes, daddy has to use strong language" ("A veces, papi tiene que usar un lenguaje fuerte").
El hasta ahora indiscutido imperio estadounidense, ante su paulatina pérdida de hegemonía comercial (que no militar), intenta impulsar, bajo la batuta de Trump, una recomposición del mundo bajo la lógica de las áreas de influencia, para poder disputar la hegemonía mundial con China. Para ello ha favorecido una guerra de posiciones que se ha cobrado, como primeras víctimas, a los mecanismos multilaterales de gobernanza de la globalización. Una suerte de desglobalización, donde quizás lo más paradigmático sea que el mismo imperio norteamericano que construyó la actual arquitectura multilateral de gobernanza sea el que la esté desmontando con su guerra arancelaria.
En este sentido, la capitulación de Europa, aceptando el chantaje arancelario trumpista, no solo ha supuesto un acuerdo entre los dos bloques que más bienes y servicios intercambian en el mundo —con la importancia económica que esto supone—, sino que políticamente ha sido un balón de oxígeno fundamental para la estrategia trumpista de guerra arancelaria. Asestando, a su vez, un duro golpe a los delirios retóricos de la "autonomía estratégica" europea que tanto se esgrimió para justificar el plan de Rearm-Europe, que finalmente ha terminado siendo una coartada para comprar más armas a los EEUU.
El sometimiento de la UE por parte de Trump cumple un papel fundamental en su proyecto geopolítico, permitiéndonos entrever el nuevo escenario que se preconfigura, en el que la ambición imperial trumpista es, como explicaba Enzo Traverso, el producto de un debilitamiento: "Estados Unidos ha renunciado a la pretensión de dominar el mundo, como lo imaginó tras el final de la Guerra Fría", para conformarse con dominar su espacio geopolítico de influencia y estar en una mejor relación de fuerzas para disputar el resto del mundo con China.
De esta forma, en su obsesión por recuperar la grandeza perdida del imperio norteamericano, Trump, con su lema Make America Great Again, se ha marcado como objetivo primordial reactualizar la doctrina Monroe —famosa por su "América para los americanos"—, que, bajo la supuesta defensa de la independencia de las naciones, se transformó en una política deliberada para convertir a Latinoamérica en el patio trasero de Washington. A lo largo de la historia, numerosos presidentes norteamericanos han actualizado la doctrina Monroe con diferentes adiciones conocidas como "corolarios". Quizás el más importante de estos corolarios sería el "Gran Garrote" de Theodore Roosevelt (1901-1909), que lo convertiría en el auténtico padre del imperialismo norteamericano, inaugurando una política exterior de "policía global" al servicio de sus intereses imperiales.
Con motivo de un evento para recordar el 200º aniversario de la doctrina Monroe, la Casa Blanca publicó un comunicado oficial en el que Donald Trump reafirma su compromiso con este pilar estructural de la política exterior estadounidense —pero también su intención de actualizarla, completándola con un "corolario Trump"—. Al estilo de su tan idolatrado Roosevelt, Trump pretende reactualizar y ampliar la sombra de ese gran garrote sobre América Latina, como han plasmado en su estrategia de Seguridad Nacional. Pero sin hablar suavemente: prefiere su tradicional actitud de matón inmobiliario neoyorquino.
Aunque donde el garrote injerencista de Trump parece haberse posado con más fuerza es en Venezuela, sobre la que ya ha realizado diversas intervenciones militares contra su soberanía, la más grave la de este pasado 3 de enero. Y sobre la que todavía sobrevuela la sombra de nuevas intervenciones militares si no se doblega a sus intereses imperiales. Un hecho histórico: mientras en Centroamérica el ejército norteamericano sí había actuado, el ataque a Venezuela es el primero que realizan directamente soldados de los EEUU en Sudamérica. Lo que supone un salto cualitativo con profundas implicaciones para el continente.
La intervención militar de Estados Unidos contra Venezuela, el secuestro del presidente Maduro junto a su esposa y los anuncios de instalar un gobierno dirigido desde Estados Unidos que pueda explotar los ricos recursos petroleros suponen la definitiva crónica de una muerte anunciada de unas Naciones Unidas con cara de Sociedad de Naciones. Nos retrotraen a una lógica de rearme acelerado y de reparto neocolonial del mundo por parte de las potencias imperiales; un camino que nos puede llevar a una inevitable nueva guerra mundial.
Pero la administración Trump no solo ha desplegado una frenética política intervencionista a escala global, sino que también está desarrollando una auténtica doctrina del shock interna. Una política que está socavando aún más los frágiles cimientos de la democracia norteamericana bajo una lógica de autoritarismo iliberal, de recorte de libertades, ataque a minorías y reforzamiento del poder ejecutivo.
En donde la política antimigración está jugando un papel fundamental, no solo como un elemento eficaz de propaganda para su base social, permitiendo construir identidades predatorias basadas en una lógica nativista arraigada en la historia contemporánea de Norteamérica, sino también —al igual que los aranceles— como una forma retórica de recuperación de la idea de soberanía (recuérdese el famoso lema del Brexit de "tomar el control"). En este sentido, la politóloga californiana Wendy Brown señala que las referencias de Trump al muro con México intentan "restañar las heridas de una soberanía lesionada por el asalto neoliberal".
Así, desde su regreso a la Casa Blanca, Trump ha desplegado una política de mano dura sin precedentes. Solo en su primer mes firmó 42 órdenes ejecutivas —la misma cifra que Biden en sus primeros cien días—, con la migración como protagonista en buena parte de ellas. Desde el envío de miles de tropas a la frontera bajo un declarado "estado de emergencia" hasta la aplicación de una ley forjada en tiempos de guerra, su Gobierno ha promovido un paquete de medidas que no solo busca frenar los flujos migratorios en la frontera sur, sino también expulsar a millones de personas, aunque sus países de origen ya no sean lugares seguros para el retorno.
Esta política ha generado un clima de miedo y hostigamiento entre la población migrante en EEUU, con consecuencias tan trágicas como el suicidio de Jocelynn Rojo Carranza, una niña de once años, tras sufrir acoso escolar por parte de compañeros que amenazaban con denunciar a su familia para provocar su deportación. O el asesinato a tiros de Renee Nicole Good en Minneapolis durante una redada por parte de agentes antimigración del ICE. Por no hablar de las numerosas muertes de personas en los centros de internamiento para migrantes.
Como argumenta Cas Mudde, el ICE se ha convertido en una auténtica milicia personal del presidente, por encima tanto de la ley como de otros cuerpos de seguridad civiles y militares. Una buena parte de los líderes demócratas están denunciando cómo Trump, con sus agresivas redadas de inmigración, está convirtiendo las ciudades en una "zona de guerra". En este sentido, el propio gobernador de Illinois, JB Pritzker, denunciaba en una entrevista en televisión que la violencia de las redadas antimigración tenía como objetivo "crear un pretexto para traer tropas. Son ellos quienes crean esa zona de guerra".
De esta forma, desde que el pasado junio Trump militarizó Los Ángeles alegando que vivía una "invasión y ocupación por inmigrantes indocumentados y criminales", el presidente norteamericano ha desplegado toda una retórica militarista, como si hubiera declarado una especie de guerra interna contra todos aquellos que no votaron por él en las últimas elecciones presidenciales. Así, ha desplegado a la Guardia Nacional en cinco bastiones demócratas: Los Ángeles, Memphis, Portland, Chicago y Washington. Llegando a animar, durante una arenga belicista ante cientos de generales convocados en Virginia, a "utilizar algunas de estas ciudades peligrosas como campos de entrenamiento para nuestros militares". Una auténtica declaración de guerra interna.
Ante este acoso sistemático a la población migrante y la deriva autoritaria de la Casa Blanca, con la militarización de ciudades, han surgido respuestas desde sectores diversos: desde comunidades religiosas, sindicatos a organizaciones de derechos civiles. Así, nació el movimiento No Kings, que tomó las calles coincidiendo con el cumpleaños del propio Trump, con más de 2.000 protestas simultáneas en los 50 estados, denunciando los ataques a los derechos civiles, el encarecimiento de la vida, las desapariciones, los secuestros y el desmantelamiento de servicios públicos esenciales.
La presión fue tal que la Casa Blanca se vio obligada a responder públicamente, negando que Trump actuara como un monarca, en una suerte de excusatio non petita, accusatio manifesta. El eslabón más débil de la política autoritaria trumpista está en su propia casa: las movilizaciones populares contra sus políticas y la emergencia de fenómenos políticos como el de Zohran Mamdani en Nueva York o Katie Wilson en Seattle demuestran también la pujanza de un nuevo socialismo democrático como la auténtica oposición a la deriva autoritaria del trumpismo.
Al final, como escribía Marx en el Manifiesto Comunista para describir la naturaleza efímera y cambiante del capitalismo, "todo lo sólido se desvanece en el aire". Y aunque el trumpismo aparezca en su primer año de vuelta al poder como una maquinaria imparable, no solo está emergiendo un fuerte movimiento de rechazo, sino que internamente también enfrenta más debilidades de lo que, a simple vista, su soberbia política imperialista nos permite ver.
En este sentido, una de las debilidades más importantes del trumpismo es su incapacidad para configurar, por el momento, un bloque histórico en el sentido más gramsciano del término. Sostiene su hegemonía sobre una coalición de intereses entre los diferentes sectores de la oligarquía norteamericana, sobre la base de la competencia interimperialista con China. Una alianza no exenta de tensiones y contradicciones —el divorcio con Elon Musk ante la política fiscal o las fuertes críticas del sector empresarial primario ante las redadas antimigrantes en Los Ángeles— son buena prueba de ello.
De hecho, lejos de ser una simple pugna de egos, la ruptura de Trump y Musk muestra los intereses divergentes entre diferentes fracciones de mando del capital sobre cómo encarar la crisis del imperio norteamericano y sobre cómo utilizar los resortes del Estado en pro de sus intereses. Mostrando la pluralidad de un movimiento reaccionario que, a pesar de su apariencia externa, dista mucho de estar unificado.
El propio divorcio señaló las contradicciones del MAGA, el núcleo duro del trumpismo, al escribir el dueño de la red social X en su cuenta: "Momento de soltar la gran bomba: Donald Trump está en los documentos del caso Epstein. Esa es la razón real por la que no se han hecho públicos. ¡Que tengas buen día, DJT!". Y tanto que era una bomba. Desde entonces, las palabras "archivos Epstein" han estado atormentando a la Administración Trump. Más aún desde que The Wall Street Journal asegurara que el propio Trump fue informado en mayo por su fiscal general de que su nombre aparecía en archivos relacionados con las investigaciones.
Desde entonces, una turba de conspiracionistas que durante años ha sido impulsada directamente por Trump ha estallado en abierta revuelta contra él. La polémica de los archivos Epstein está poniendo a prueba el poder que el presidente tiene sobre sus seguidores más leales, aquellos que han confiado en él todo el tiempo y que creían que descubrirían mucho más sobre la saga Epstein si devolvían a Trump a la presidencia. Una base social que no ve con buenos ojos los delirios imperiales intervencionistas trumpistas y que puede desmovilizarse, al menos en parte, de cara a las elecciones cruciales del midterm, donde Trump puede perder el control del Congreso o incluso del Senado, enfrentándose a un más que posible impeachment. Esta espada de Damocles sobre la cabeza de Trump seguramente hará que acelere su ofensiva política hasta la campaña de noviembre de este año.
Este primer año del nuevo Gobierno de Trump nos ofrece visos de contemplar de manera más clara el nuevo ciclo en el que hemos entrado, con esta carrera hacia el abismo en la que se ha convertido la crisis sistémica del capitalismo. En este sentido, no deberíamos ver a Trump como el Frankenstein de la democracia norteamericana, sino como la expresión de un fenómeno político producto del intento de estabilización de la crisis estructural del capitalismo: el autoritarismo reaccionario. El síntoma de que estamos entrando en una nueva era… y, por ahora, aunque pueda parecer una eternidad, solo llevamos un año de la era Trump y su autoritarismo reaccionario.
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