Opinión
Unidad de la izquierda: mito, coartada o reto

Filóloga y profesora de la Universidad de Sevilla
El mito es una construcción discursiva sobre el origen maravilloso de algún hecho, personaje o circunstancia que sirve para ilustrar algún aspecto de la condición humana. Situado en un tiempo y un espacio remotos, da cuenta de una realidad universal. Para Gustavo Bueno (2003), el concepto de la unidad de las izquierdas formaba parte de los denominados mitos “oscurantistas”, esto es, de las nociones ideológicas que, en vez de darnos una visión clarificadora y analítica, vuelven más farragoso y oscuro el asunto. Concretamente, el filósofo hacía referencia a la imposibilidad de la unidad de las izquierdas, dada la diversidad de sus tradiciones, orígenes, doctrinas o partidos a menudo incompatibles entre sí.
Entre los mitos oscurantistas, Bueno citaba también el mito de la Torre de Babel, que explica la diversidad lingüística como un castigo divino por la soberbia humana de querer alcanzar el cielo y parecerse a Dios. La pérdida de la unidad lingüística, situada en un tiempo original o paraíso perdido, habría abocado al ser humano a la dispersión y a la incomunicación, con todos los riesgos existenciales que conllevan. Sin embargo, fuera del Edén, lo real es la diversidad, la pluralidad de lenguas e identidades, y, en consecuencia, el encuentro siempre exige una suerte de “traducción”, como señala Santiago Alba Rico (Refutación de la unidad, El País, 25/04/2025). Muchos consideramos que, lejos de ser una condena, la diversidad es una bendición, porque “la utopía de la comunicación y la transparencia se tuerce fácilmente en un formato dictatorial”. Efectivamente, los mitos transmiten sistemas de creencias en clave simbólica. Así, el mito de la unidad lingüística suele pervertirse en la forma de “exaltación de la uniformidad” y elogio del inmovilismo, lo cual implica una resistencia feroz a los cambios y la represión de toda variación. Sobra decir que, a menudo, sobre esa base ideológica se justifica la imposición de una variedad, que se considera superior, sobre las otras. Del mismo modo, afirmar que la unidad de las izquierdas es imposible, dada su diversidad, presupone una idea esencialista de la unidad política entendida como una absorción o fusión sin fisuras entre partes idénticas.
Descartada la intención de utilizar el término “unidad” como coartada para negar la diversidad, partimos de la idea de que la izquierda no es unívoca. De hecho, una característica de este ámbito ideológico es el cuestionamiento identitario; con demasiada frecuencia, hay alguna fuerza que se proclama como “la izquierda verdadera” denostando a las demás como impostadas a través de cualquier calificativo degradante. En La unidad de la izquierda, Ramón Cotarelo, citando a F. Tönnies, señalaba que la principal diferencia entre izquierdas y derechas es el diferente concepto en que se tienen a sí mismas en cuanto grupo: las izquierdas se conciben a sí mismas como “comunidad”, mientras que la derecha tiende a verse más como “sociedad”: “La izquierda posee un sentido más eclesial de pertenencia… mientras que la derecha se reconoce como un agregado de conveniencia e interés”. Por eso, la derecha no tiene problemas de reconocimiento, en tanto que la izquierda está en permanente discordia consigo misma. Y no es algo nuevo descubrir que el enfoque identitario ha conducido, también con demasiada frecuencia, a la intolerancia, el sectarismo y al fanatismo más ciego en abierta contradicción con los principios de la izquierda: igualdad, cooperación y no competitividad, respeto a la diversidad, tolerancia y libertad.
Si con un enfoque funcionalista entendemos que la izquierda es plural, no unívoca, sino análoga, la unidad puede entenderse como unión en un determinado momento histórico y sobre la base de políticas concretas. Entendida como unión coyuntural que respeta la pluralidad, el mito quizás tenga menos fuerza simbólica, pero sí es mucho más operativo. Actualmente, el momento histórico, con la amenaza de una internacional reaccionaria, no puede exigirla de manera más contundente.
Este miércoles, Nicolás Sartorius publicó otro artículo sobre “la unidad de la izquierda” (Por favor, no los mismos errores en la izquierda), uno más entre los infinitos pronunciamientos acerca de la necesaria unidad de “la izquierda a la izquierda del PSOE”. “Se canta lo que se pierde”, decía Antonio Machado: la redundancia en la petición habla de una carencia nostálgica, y también del miedo y la desesperación por el indiscutible avance internacional de las derechas. Pero ni la nostalgia ni el miedo, mucho menos la desesperación, tienen el poder de convocar la esperanza.
Ha habido momentos en los que la unidad de la izquierda era inevitable, no porque hubiera más cohesión entre las fuerzas, o más generosidad, sino porque una ola social las arrastraba y las desbordaba. Es lo que ocurrió en el ciclo del 15M y las mareas, con la emergencia de candidaturas municipalistas y coaliciones que lograron sumar —no sin tensiones— sus fuerzas. En estas circunstancias, la unidad no era una consigna vacía, sino una necesidad impuesta por la correlación de fuerzas existentes. Pero cuando ese ciclo de movilizaciones se agota, la unidad no se presenta ya como una exigencia popular, sino más bien como indicio del miedo de los partidos políticos a caer en la irrelevancia. Al menos, es exactamente eso lo que comunican: la búsqueda ansiosa de una tabla de salvación, dando por descontado el triunfo absoluto de la derecha.
Por esa razón, la estrategia comunicativa de clamar ardorosamente por la unidad puede llegar a ser contraproducente. De hecho, observamos que las reacciones a la publicación de un artículo sobre el tema, o a la petición de unidad por parte de alguna fuerza política de la izquierda suelen adoptar la forma de ultimatos, chantajes, listas de agravios o descalificaciones en términos personales, un vendaval de ruido y de furia que supone, de hecho, la negación misma de la posibilidad de la unidad.
Del mismo modo que en el mito de Babel, la utopía de la transparencia se consuma a través de la imposición o la prohibición de ciertas palabras y a través de la soberanía sobre el significado del lenguaje (Alba Rico), de forma implícita, cuando una fuerza pide —o exige— la unidad, con frecuencia lo hace aspirando al lugar del control, a la hegemonía del espacio. Las metáforas abarcadoras del “paraguas”, la “nave nodriza” para “pilotar” el proceso, etc. dan cuenta de la relación desigual que se establece entre las fuerzas y del propósito de subsumir a las demás en virtud de ciertos criterios, como pueden ser la mayor antigüedad o implantación territorial, mejores resultados en las encuestas, referentes con mayor capital político, etc. Así entendida, es una estrategia que no refuerza a todos, sino a uno sobre los demás, por más que ese estrangulamiento se presente como un abrazo, una mano tendida o un horizonte común.
A veces la declaración por la unidad se convierte en un órdago, fetiche o espantajo. En estos casos, los actos de habla expresivos, que se presentan formalmente como una “invitación” u “ofrecimiento de colaboración”, un “puente” tendido al encuentro, se transforman en actos de habla directivos que exigen, chantajean o incluso amenazan al instar a que quien no quiera la unidad “que lo diga” y “que se retrate”.
Otras veces, la unidad apela al miedo directamente: “El PSOE avisa a Podemos de que no ir en coalición con Sumar hará ganar escaños a la derecha”. Y sabemos que el miedo no genera esperanza, aparte de que este argumento “patético” (en el sentido de “emocional”) presenta a la unidad como un mal menor, y eso tampoco provoca entusiasmo.
La escenificación en los medios de desplantes, amenazas y descalificaciones termina mostrando como único aval de la idea de la unidad de la izquierda la supervivencia de formaciones que no confían en sí mismas, pues estiman que no tienen perspectivas reales y cifran su fortuna a la desaparición de la fuerza hermana, lo que incluye todo tipo de herramientas, incluido el comportamiento competitivo más salvaje.
En este contexto, la resistencia a la unidad puede expresar no un deseo sincero de concurrir en solitario, sino una estrategia: dejar pasar el tiempo para reforzarse frente a los demás y así llegar a las negociaciones en mejores circunstancias. Esta táctica va acompañada naturalmente de un largo periodo de precampaña en el que cada fuerza se define por oposición a las otras, lo que, llegado el momento de formalizar la coalición, hace inverosímil la colaboración, o mejor, la existencia de un clima fraterno para la consecución de un objetivo común, que no debería ser otro que el bienestar general. La imagen que se transmite es la de organizaciones que se ponen zancadillas para ocupar los mejores puestos en las listas electorales. No puede extrañarnos entonces que la proclamada unidad evidencie una decadencia que origina desafección y apatía.
Quizás más que hablar de “la unidad”, podríamos empezar por plantear la razón y el significado de las izquierdas. Hemos asistido a transformaciones muy profundas desde los años 90, cuando cayó el muro de Berlín y se disolvió el bloque soviético. Durante todo este tiempo, hemos sentido en nuestro cuello el aliento de ese otro mito oscurantista de El fin de las ideologías o El fin de la Historia (Fukuyama). Hoy sabemos que la idea de que los acontecimientos históricos han liquidado de un solo golpe y para siempre cualquier alternativa dejando al capitalismo como única forma de organización social posible era otro mito oscurantista; Mark Fisher conceptualizó este estado de ánimo como “realismo capitalista”. Según el filósofo británico, el capitalismo contemporáneo no solo ha dominado la economía y las relaciones sociales, sino que ha colonizado nuestras mentes hasta el punto de sumirnos en un estado en el que no podemos ni siquiera imaginar alternativas.
Como todos, el mito del fin de la historia sublimaba y daba cauces a la expresión de experiencias basadas en hechos reales. Es cierto que la utopía igualitaria se había invertido (Bobbio) dando lugar a un régimen totalitario que sacrificó la libertad de todos y el horizonte común al que se aspiraba. Sin embargo, que el capitalismo no es la única alternativa posible se constata al ver su propia evolución. Autores como Y. Varoufakis hablan ya de un “sigiloso sucesor”, el “tecnofeudalismo”, que ha cuestionado los dos pilares básicos de aquel: los mercados, sustituidos por las plataformas digitales, feudos de las big tech; y el beneficio, por la extracción de rentas en la nube. Estaríamos asistiendo al desarrollo de un nuevo sistema de explotación que multiplica exponencialmente la desigualdad.
La izquierda tiene un amplio campo para reflexionar y articular teórica y prácticamente su actuación ante una realidad que cambia vertiginosamente: ¿Por qué no debatir conjuntamente sobre nuestra posición y propuestas ante la revolución tecnológica, por ejemplo? ¿Qué hacer ante el nuevo imperio de las GAFAM? En otro orden de cosas, más cercano y práctico, las derechas se han apoderado de conceptos clave de la izquierda, como el de “libertad” o ahora el de “democracia” (/Mafia). Y no es solo la facilidad que tienen para hacerse con nuestro discurso, es, sobre todo, cómo invaden el espacio público a través de una estrategia de ruido abrumador. De ese modo, establecen la agenda mediática ocupando la centralidad y llevándonos, como un ejército de replicantes, a su rebufo. Paradójicamente, lo que conseguimos cada vez que queremos contraargumentar o negar su marco es multiplicarlo y difundir sus mensajes al infinito.
Quizás la unidad no se pueda lograr de forma voluntarista, pero sí parece necesaria desde ya una lealtad a los objetivos comunes a todas las fuerzas. La competencia entre las distintas organizaciones no puede justificar que se debilite la lucha común. El camino quizás sea unirnos para luchas concretas sin forzar el final, como se ha proyectado para la manifestación de hoy 7 de junio contra los planes de rearme y la guerra. Lo que nos importa es la paz, construir vivienda pública, reducir la jornada laboral, subir el SMI, legislar para que haya comida sana en los comedores escolares…; lo importante es que el empleo bate récord con casi 21,8 millones de afiliados y el paro baja de los 2,5 millones por primera vez desde 2008. Tal vez, es fundamental celebrar estas y otras medidas de las que apenas informan los medios de comunicación, logros que las derechas tapan con su fango y que nosotros tampoco difundimos con alegría en nuestras redes, focalizadas como están en absurdas y estériles guerras intestinas.

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