Opinión
El veterinario como ejemplo perfecto de la sanidad privada
Por Guillermo Zapata
Escritor y guionista
Tuvimos que llevar a nuestro perro a urgencias el fin de semana anterior a fin de año. Tuvo que estar ingresado de domingo a martes. Ya está en casa y está recuperándose bien. En ese periodo de tiempo le hicieron varias analíticas, una ecografía, le pusieron diferentes modelos de analgésico y algunas cosas más. El resultado de esos tres días fueron en torno a 1.200 euros de gasto.
Cualquiera que tenga un animal de los que llamamos mascotas (un término que soy incapaz de saber por qué me suena tan mal) se enfrenta cotidianamente a la sanidad privada en su versión más acabada. No voy a hablar de la necesidad de incorporar la salud de los animales al sistema público de salud, algo que permitiría que los gigantescos beneficios de tener un animal cerca y convivir con uno que tuviera el soporte que merece, por no entrar en la dignidad de las criaturas, que se merecen algo mucho mejor que la violencia del mercado. De eso vengo a hablar. Vengo a hablar de la violencia de la economía privada en materia de salud.
Soy asmático, me he pasado la vida en hospitales con crisis de todo tipo. Me he acostumbrado a la sanidad pública que me ha salvado la vida en muchas ocasiones. Acostumbrarse a la sanidad pública implica que no vas al hospital mirando la cartera, ni pensando en si tienes dinero ahorrado, sino a que te curen (o a que te intenten curar con todos los medios posibles). Quiere decir que esas analíticas para las que nos pedían permiso en caso de mi perro se dan por hechas. ¿Por qué te piden permiso? ¿Por educación? No, porque cada una supone un incremento en la factura.
Quiere decir que si te tienes que quedar ingresado un mes, será un mes y será por decisión médica, no por si puedes pagarlo o no. Y si el médico o la médico que te está tratando te dice que igual es mejor que se quede un día más tú no piensas ni por un segundo que en realidad sólo quiere sacarte otro día de estancia. Esto no es una crítica a las y los profesionales veterinarios, que están tan insertos en esa relación económica cómo tú. En muchas ocasiones con condiciones materiales precarias. Es una crítica a la racionalidad detrás de todo el asunto, que no es la de la salud, es la económica. La extracción de beneficio.
Debido a la estructura del Estado y la capacidad de escalar servicios jamás te encontrarías sin ecografista, porque los ecógrafos forman parte del mínimo del sistema de salud. Los ecografistas veterinarios viajan como vendedores de servicios ambulantes. Es habitual que los centros veterinarios, que serían el equivalente a la atención primaria, carezcan de las dotaciones mínimas para trabajar precisamente porque la estructura de privatización hace que todo esté externalizado en distintas figuras especializadas como piezas de un coche que viene de siete partes del mundo.
Algo similar sucede con las medicinas. Cuando las medicinas son compatibles con humanos y están cubiertas por el sistema nacional de salud el precio en farmacia es barato y razonable, cuando no es así se dispara. Es algo parecido a la situación de los dentistas u otras áreas de la salud que quedaron fuera de la protección del sistema público de salud.
Si hay algunos de los ejemplos que he mencionado aquí que te suenan (retrasos, especialidades que tardan demasiado, pruebas diagnósticas que empiezan a fallar) es porque nuestro sistema de salud pública, aún robusto, está siendo progresivamente sometido a las lógicas de lo privado con una alegría desatada.
Estos días pensaba en que la sanidad privada lo que tenía para no llegar a las lógicas de servicios cómo el veterinario, donde lo último que haces cada vez que vas antes de irte es pagar, era una gigantesca transferencia de recursos desde lo público. Los presupuestos de la Comunidad de Madrid son, seguramente, el ejemplo más acabado, pero lo cierto es que esa transferencia no es simplemente un paso del dinero de todos al dinero de algunos, es algo mucho peor. Es el paso de los recursos de todos de una lógica, la de las instituciones públicas, dedicadas al sostén de la vida, a otra lógica, la de las instituciones privadas, dedicadas al uso de la vida misma para extraer beneficio.
Lo público es, además, mucho más eficiente. La sanidad, cómo la investigación o el desarrollo tecnológico y la innovación, son caros. La financiación de esos servicios vía impuestos dice también algo sobre la sociedad. Los impuestos no son extracción social, sino cooperación social. Más, por cierto, cuanto más progresivos son. Es juntar recursos del conjunto de la sociedad para que pueda reproducirse y mejorar.
El debate público debería ser cuantas más cosas queremos incorporar a lo público para protegerlas y permitir que se desarrollen más y mejor, pero lo mínimo es que recordemos que lo que está en peligro en 2026, según inicia el año, no es una guerra cultural abstracta, ni un relato, sino precisamente que la vida misma se someta al beneficio de unos pocos o sirva para el bienestar del conjunto de la sociedad.
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