Opinión
Vox se atraganta con la Constitución

Por David Bollero
Periodista
El Ayuntamiento de Sevilla ha dado luz verde para la construcción de una mezquita en el Polígono Sur, uno de los más deprimidos y abandonados por el Consistorio de la capital andaluza. El proyecto cuenta con la oposición frontal de Vox, ávido de pisotear nuestra Constitución, que hasta última hora el PP ha puesto a sus pies, abriéndosela por la página del artículo 16 que consagra la libertad ideológica, religiosa y de culto.
Desde que se conociera el proyecto, Vox ha querido inocular su veneno racista y ha hecho cuanto ha estado en su mano para ello. Insultos, amenazas, recogida de firmas, convocatoria de concentraciones en las que, cómo no, tuvo su puñadico de nazis… Lo que viene siendo tirar del manual ultra, no sólo apoyándose en fascistas importados de fuera de Sevilla y en el repugnante Núcleo Nacional -los que difunden el manual de adoctrinamiento de las Juventudes Hitlerianas-, sino también en el PP, que ha estado mareando la perdiz cuando el proyecto ya contaba con el visto bueno de los técnicos.
Finalmente, el alcalde José Luis Sanz se ha tenido que rendir a la evidencia: no permitir la construcción de este centro cultural -que, además, incluye una mezquita-, sería prevaricar. Asumido que no hay escapatoria legal, el PP se ha querido presentar como defensor multicultural que nunca ha sido, ni es, ni será. El regidor ha afirmado que "Sevilla es judía, cristiana y musulmana desde hace siglos", pero lo dice con la boca tan chica y con tan poca convicción que si uno lo reproduce al revés pensaría que dice "prioridad nacional". La misma que su presidente andaluz, Juan Manuel Moreno Bonilla, ha firmado para toda Andalucía.
Afortunadamente, prevalece el Estado de Derecho, ya no sólo sobre el racismo, sino también sobre la ignorancia que destila Vox por los cuatro costados. El portavoz local de la formación ultra en el Consistorio sevillano, Gonzalo García de Polavieja, ha llegado a afirmar que "nos quieren imponer un centro de islamización". Debe de ser que, efectivamente, los de Abascal son tan pusilánimes como aparentan, tan fácilmente influenciables que basta abrir un centro cultural para que caigan en su embrujo. Ojalá fuera tan sencillo, y no lo digo por la religión, sino por la cultura…
Por su parte, el portavoz de Vox en el Parlamento andaluz, Javier Cortés también ha querido alardear de su compromiso "contra la islamización de los barrios", como si el hecho de que la gente que ya es musulmana cuente con un espacio propio para practicar su religión fuera islamizar. El atajo de cabezas huecas que arman ruido en torno a esta cuestión llega a acusar de un intento de "robar nuestra identidad", como si se católico apostólico romano fuera parte de ella.
En primer lugar, somos millones de españoles y españolas a quienes ya no sólo la católica, cualquier religión nos trae al pairo. Respetamos a quien las profese, porque somos demócratas, pero personalmente nos resultan indiferentes. Quienes, además, se aferran al mantra de la "tradición católica", olvidan periodos como la Santa Inquisición o la dictadura franquista en los que no besar la cruz era incompatible con la vida. Tradición a hostias, nunca mejor dicho.
No hace falta hacer de menos a ninguna otra confesión para defender el derecho a ser musulmán, budista o lo que a uno se le antoje. La Constitución así lo reconoce. Sin embargo, dado que son los ultras los que nos quieren imponer el catolicismo como antaño, conviene recordar que el centro cultural islámico que se va a levantar en Sevilla está financiado íntegramente con capital privado… ya es más de lo que puede decir la Archidiócesis española, cuyas inmatriculaciones ilegítimas -y su explotación- se cuentan por decenas, sino cientos.
Este clima racista que quiere normalizar Vox, con el que el PP se muestra algo más que tibio, consintiendo actuaciones como las de Vox en Aragón eliminando las ayudas a los menores extranjeros no acompañados, ha de ser parado en seco. De otro modo nos topamos con aterradoras realidades, como las descritas por el Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia (Oberaxe), que durante la celebración del Mundial de fútbol detectó 54.771 contenidos de discurso de odio y narrativas discriminatorias en redes sociales. No son sólo cifras. Es puro odio cocinado a fuego lento en las ollas de colectivos como Vox con el gas del PP. Si abiertamente en redes sociales se llama "moro de mierda" a Lamine Yamal, imaginen qué no harán en su esfera privada con personas anónimas.
Vox afirma ahora que pretende desvincularse del Ayuntamiento de Sevilla. Perfecto. Es que jamás debió tener la más mínima influencia y, si la tiene, es porque el PP se la entregó, exactamente igual que ha hecho Moreno Bonilla en Andalucía, dando entrada en el gobierno por primera vez en nuestra democracia a una formación de extrema derecha. Ese será su legado para la historia, ¿cuál queremos para el nuestro? La gente buena debería aspirar a poder decir que ella sí cerró el paso al fascismo.

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