Opinión
Lo de la confluencia

Por Joan Losa
Periodista
-Actualizado a
Tengo un amigo que es redactor de política pero buena persona. Me cuenta que el otro día, de regreso en bus a Madrid tras el cierre de campaña de las aragonesas, se quedó un poco traspuesto y se le apareció Rufián en sueños, que le vino a explicar lo de la confluencia mientras daba buena cuenta de un sándwich de pastrami con sus pepinillos, su mostaza y su pan de centeno. El porqué del pastrami no me lo supo aclarar; sí me detalló, en cambio, que el diputado de Esquerra le hizo entrega, en pleno sueño, de una turra de cierta consideración, que le dejó plenamente convencido acerca de la conveniencia de una alianza plurinacional de las izquierdas.
Fue entonces cuando escuchó al fondo del Alsa a un reconocido cronista parlamentario gritarle ¡estás de puta coña!. A lo que mi amigo, que siempre fue ponderado en sus juicios, respondió que esas no eran maneras de tejer acuerdos, que para activar una movilización social progresista que haga frente a la oleada reaccionaria se requería amplitud de miras y mano tendida. Pero para mano la que le fue tendida en plena cara a la altura de Soria por un veterano periodista que le doblaba en edad, última vez que sueñas confluencias, le dijo.
La hostilidad en sueños era tal que decidió desvelarse un rato. Y como estaban a medio camino entre Torremocha de los Infantes y Villaseca de los Junquillos se dedicó a contemplar los campos de trigo, las suaves lomas de un tiempo perdido y las colinas que asomaban a lo lejos, cuya mera existencia, pensó, parecía justificar que el mundo no se hiciera añicos. Mi amigo quedó ampliamente satisfecho de este hallazgo suyo tan poético, que le hizo pensar si no habría errado en su vocación, pudiendo haber sido poeta o topógrafo en lugar de periodista político.
Y en esas que se acerca L. a su asiento, cuyo rostro, de belleza prerrafaelita, mi amigo ya venía contemplando con suma discreción e íntima admiración. Cuenta que le sonrió como los príncipes sonríen al pueblo y que L., que trabaja para un diario de línea progresista, le dijo: Pero no te das cuenta de la dificultad que entraña todo este asunto de la confluencia, ¿te has parado a pensar en el encaje territorial de la izquierda estatal clásica con las plurinacionales, o de estas con los regionalismos progresistas y los espacios municipalistas? ¿Tú de verdad te crees eso?
La repentina proximidad de L. en el espacio y en el tiempo sumió a mi amigo en el desconcierto y le hizo dudar si aún soñaba o estaba despierto. Fue la voz del conductor, que sonó bronca y súbita a la vez, la que le sacó del entresueño pidiéndole que se acercara un momento. Vamos a ver, alma de cántaro, le dijo con un ojo puesto en la carretera y otro en mi amigo, lo que se necesita ahora son parámetros de horizontalidad y cooperación fraterna entre las distintas formaciones, partiendo del reconocimiento de las diferencias pero blindando a su vez la autonomía de cada organización.
Es el momento de marcar las pautas programáticas, apuntó un señor que se subió en Calatayud.
Así las cosas, mi amigo volvió a cabecear en su asiento hasta que un señor de mostacho severo le interpeló en el sueño. Era su redactor jefe. Despiértese, haga el favor, le dijo. Despiértese usted, que me tiene frito, respondió mi amigo en un arrebato de orgullo, impropio en él, motivado quizá por las reiteradas demandas salariales que su superior venía desoyendo con radical indiferencia. Si bien el tozudo de su jefe siguió soñando a mi amigo y este a su vez soñándole a él, en una suerte de galimatías del que mi amigo trató de zafarse buscando a tientas una palmada o un pellizco –a poder ser de L.– que le devolviera a la realidad física de la cosas.
Pero tuvo que ser un grito, proferido nuevamente desde las entrañas del autobús, el que le arrancara de sus ensoñaciones. ¡Faltan liderazgos fuertes, que no te enteras!, vino a decir el ya mencionado cronista parlamentario.
—Liderazgo el que tengo aquí colgado, dijo por fin una señora evidenciando su hartazgo para con lo de la confluencia.
Y todo esto me contó mi amigo.
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