Opinión
Las 7 lecciones políticas que nos deja 2019

Por César Calderón
Lo miremos por donde lo miremos, este 2019 que ahora termina ha sido un año perdido para nuestro país, pero también ha sido un año en el que, al menos, hemos podido aprender unas cuantas cosas tanto sobre la solidez de nuestro sistema de partidos como sobre el comportamiento de la ciudadanía sometida a situaciones límite de stress.
La velocidad absurda a la que se han movido esta nueva política construida a base de duelos dialécticos en el OK Corral de Twitter, pactos y traiciones evanescentes ora en WhatsApp ora en Telegram y días históricos (74 creo que hemos tenido solo en este último mes) convenientemente enmarcados con su correspondiente declaración grandilocuente de 3 párrafos (y con faltas de ortografía y concordancia), ampulosos abrazos fotografiados con la intensidad de la rendición de Breda o triunfales paseos televisados como si de la liberación de París se tratase, hacen necesario un somero repaso de lo vivido en estos últimos 12 meses, un desconcertante periodo en el que hemos elevado a los altares de lo políticamente aceptable actitudes que no superarían las amplias tragaderas éticas de un corsario malayo de esos que tan estupendamente retrataba Emilio Salgari.
Comencemos haciendo un poco de memoria, hace solo un año un gobierno en minoría del PSOE salido de una moción de censura apoyada por 180 diputados se disponía a comenzar negociaciones con sus compañeros de moción para aprobar unos Presupuestos que suministrasen legitimidad y gasolina a un ejecutivo que compaginaba lo vistoso de sus apariciones televisivas y lo pinturero de unos planes de gobierno que contra toda lógica parlamentaria incluían cambios constitucionales, con las hercúleas dificultades que encontraba para aprobar cualquier cosa que no fuera el menú de la cafetería del congreso en un hemiciclo montaraz y engorilado por el incumplimiento reiterado de aquella promesa de “convocar elecciones cuanto antes” expresado por Sánchez para ganar la moción de censura.
Los Presupuestos no pudieron ser, claro, y de ahí pasamos a vivir la mayor maratón electoral de nuestra historia moderna, con dos elecciones generales, unas municipales, elecciones autonómicas en la mayoría de comunidades y unos comicios europeos que pasaban por allí y se apuntaron a la fiesta.
Y en medio de esta concupiscente orgía de urnas y votos, el gobierno jugaba a la ruleta rusa con el concepto de entropía negociando en los días pares con Torra en Pedralbes, enmarcando la cita como si de la conferencia de Yalta se tratase, mientras que en los días impares se envolvía en la bandera española vanagloriándose de no haber pactado nunca con los independentistas “falso es falso, no es no y nunca es nunca”. Y estoy seguro que hubiera cantado el himno de infantería con recio y militar gesto de haber sido necesario.
Todo muy extraño y desconcertante para Podemos, los independentistas catalanes y los nacionalistas vascos, que supongo que debían encomendarse a algún chamán especializado en la lectura de los posos del café para averiguar si esa semana les tocaba ser unos aliados leales o unos traidores felones y egoístas. Por organizarse, más que nada.
Pero vamos a lo que vamos, que no son otra cosa que esas lecciones que hemos aprendido en estos meses de caos, errores políticos, estrategias fallidas y cambios permanentes de opinión:
1.- Crónica de otro sorpasso que no fue tal.
2.- La mandíbula de cristal de la nueva política
3.- Que vivan los españoles. Y las españolas.
Si a pesar de ello las negociaciones para hacer gobierno se frustran y (no lo parece) vamos de nuevo a elecciones, descubriremos los resultados de ese cabreo. Y no va a ser bonito.
4.- La envidiable salud del nacionalpopulismo
Y no, actualmente no existe una sola razón para que ese 15% de ciudadanos que han votado a Vox vaya a dejar de hacerlo en unas próximas elecciones si no se hace nada inteligente al respecto.
5.- Nos importa un pimiento lo que digan los políticos
La realidad es mucho más sencilla, lo que sucede es que estamos en un momento en el que frustrada por tantas expectativas incumplidas, la ciudadanía no hace caso a lo que dicen sus representantes, vamos, que les importa un carajo. En el proceso de toma de decisión sobre el sentido del voto, lo que menos importa es lo que dicen los políticos.
6.- Mentir no tiene coste político
La coherencia, antaño alabada, está a punto de convertirse en un gen recesivo para el homo politicus, y habrá que esperar a una nueva generación para volver a encontrarlo entre su descendencia.
7.- El largo plazo son 72 horas
Aun así, recordemos que 72 horas son 3 veces el tiempo de validez de las declaraciones de algún insigne político especializado en llevarse la contraria a si mismo sin siquiera cambiar la cara o avergonzarse lo más mínimo.