Opinión
En busca de la ultraderecha
Por Juan Carlos Escudier
Si hay algo que explica el avance de la ultraderecha en toda Europa no es el empaque de sus líderes sino la mayor receptividad que se dispensa a sus soflamas patrióticas, dirigidas contra un colectivo, el de los inmigrantes, al que indefectiblemente se culpa de agravar los efectos de la crisis económica. El fenómeno se ha repetido con mayor o menor intensidad en Francia, Reino Unido, Italia, Hungría, Holanda, Bélgica. Austria y, más recientemente, en Finlandia, aunque en este caso no ha hecho falta ni que el porcentaje de foráneos fuera significativo. Nadie ha escapado a esta fiebre de xenofobia y racismo.
Como España dejó de ser diferente al mismo tiempo que Fraga cesó como ministro de Información y Turismo, causa extrañeza que con una presencia tan elevada de inmigrantes, una opinión pública convencida de que su número es excesivo, un aumento de la delincuencia relacionada con extranjeros, unos servicios públicos presionados por nuevos demandantes, cuyas dotaciones, lejos de incrementarse, se han reducido, y un desempleo galopante, la extrema derecha se circunscriba a formaciones marginales sin presencia institucional. Tan extraño es, que resulta imposible de creer.
Lo razonable es pensar que su electorado no habita en las organizaciones que le serían propias sino que ha buscado refugio en el PP, que cada cierto tiempo se ve obligado a lanzar guiños de complicidad a estos compañeros de viaje tan particulares. Ello es lo que da sentido a algunas de sus iniciativas más controvertidas en inmigración, derechos civiles o terrorismo, y a su alianza con la Iglesia católica, históricamente enraizada con la ultraderecha patria y uno de sus elementos distintivos. Y ese es el motivo por el que el viaje al centro de los populares es una larga odisea, con Rajoy en el papel de Ulises y Cospedal en el de Penélope pero sin tricotosa.
Es palmario que el colectivo progresa adecuadamente, hasta el punto de que ya no es Acebes o Mayor Oreja sino el mismísimo ex presidente Aznar quien ejerce de abanderado. No es que la extrema derecha sea aquí testimonial; es que está emboscada y no se deja ver.