Opinión
Cascos entona el canto del cisne
Por Juan Carlos Escudier
-Actualizado a
El caso del PP asturiano parece confirmar que los dinosaurios sólo resucitan en las películas de Spielberg. Álvarez Cascos se había propuesto volver a la vida política en su tierra, pero a sus teóricos correligionarios les ha entrado miedo y se han plantado, porque nadie sabe muy bien cómo reacciona un tyranosaurio antes del desayuno. Del ‘general secretario’ decían sus afines que no había nada que temer, porque su idea no era ajustar cuantas con el pasado sino completar los proyectos que había dejado a medias en aquellas tierras, cual moderno Jovellanos. Vista la reacción, ha quedado acreditado que la persuasión no es el fuerte de Don Francisco.
Las razones por las que se planteó el retorno no están del todo claras. Como la política engancha mucho es posible que le afectara el síndrome de abstinencia, aunque tampoco es descartable que en su pretensión haya influido la errática marcha de sus negocios en el sector inmobiliario y de la construcción, después de una primera etapa como marchante de las megaesculturas que su mujer endilgaba a algunos ayuntamientos para adornar las rotondas de los pueblos. Sea como fuere, los deseos de Cascos están a punto de malograrse por esa terquedad suya en no pasar del prólogo del manual de cómo hacer amigos.
En la cúpula del PP de Asturias tiene más bien pocos. Con la presidenta de Gijón se las tuvo tiesas, y todo porque Pilar Fernández hizo limpieza y tiró a la basura su archivo, un error que nunca cometería Rajoy, que le tiene puesto un despacho en Génova para que guarde sus cosas. Se lleva mal con Ovidio Sánchez, el presidente regional, al que considera un inútil por su incapacidad para ganar cualquier elección, incluidas las de su comunidad de vecinos. Y algo ha debido de tener con el alcalde de Oviedo, Gabino de Lorenzo, que no hace mucho le consideraba un galáctico y ahora se ha unido a quienes rechazan su hipotética candidatura a la presidencia del Principado.
La dirección nacional, que no perdonaba su alineamiento con los críticos en el último congreso y guardaba sobre sus intenciones un incómodo silencio, no ha debido ser ajena a la maniobra. Cree que a Cascos se le ha pasado el tiempo y hasta el arroz. Sólo Esperanza Aguirre, que le tiene aprecio, podría darle asilo en ese parque jurásico que regenta en Madrid.