Opinión
La crisis según Alfonso Guerra
Por Juan Carlos Escudier
A Alfonso Guerra es difícil situarle, porque hubo un tiempo en el que se le arrojó a los infiernos y hasta allí fueron a rescatarle sus propios adversarios políticos, que le declararon padre de la patria y le pusieron en un pedestal junto a Felipe González, aunque a cierta distancia, no fuera a ser que se les tuvieran tiesas en el museo y rompieran la cerámica etrusca. Sea por la frialdad del mármol, que es muy mala para los riñones, o porque hacer la estatua en el panteón de hombres ilustres es aburridísimo, Guerra baja a la arena de vez en cuando para gran sorpresa de los suyos o de los otros.
Sus mejores actuaciones las guarda para esos mítines en los que explota su faceta de comediante, e igual se transforma en mimo y se coloca un dedo sobre el labio para referirse a Aznar, que hace de imitador impostando la voz de Rajoy. Cuando se pone serio, como este pasado miércoles, adopta un tono profesoral y le basta con destacar que la socialdemocracia en Europa se ha olvidado de defender el Estado del Bienestar para que todo el mundo entienda que está vareando el olivo de Zapatero y de su partido.
Habla Guerra en un idioma distinto al que estamos acostumbrados a oír en labios de la vicepresidenta económica o del gobernador del Banco de España. Defiende vehementemente lo público frente a lo privado, elogia los impuestos y el gasto, distingue entre ricos y pobres, pone nombre a los mercados –“los poderosos”- y denuncia su codicia desenfrenada, pide que la izquierda tenga una voz propia en un auditorio conquistado por los conservadores y, por supuesto, no se le escucha hablar de esas reformas estructurales que, según hemos comprobado, consisten en exprimir la vaca de la mayoría para que unos pocos se beban la leche en taza con Cola Cao y galletas rellenas.
No está Guerra en la deriva de Leguina, que dice ahora que la diferencia entre Aznar y Zapatero es que el primero se volvió loco en la Moncloa y el segundo se trajo la locura de casa, pero sería de agradecer que hiciera bandera de estas opiniones en su partido, donde siempre antepuso el poder interno a la ideología hasta que perdió ambas batallas. No le busquen durante un tiempo en las noticias porque ha vuelto a subirse al zócalo que le reserva la historia. Allí estará hasta que le toque darse otro baño de realidad.