Opinión
Cuarto y mitad de nada
Por Jorge Bezares
Cuando España nació a la democracia tras 40 años de dictadura franquista, las campañas electorales inundaron sus cuatro rincones de carteles pidiendo el voto a la ciudadanía. España entera olía a cola y a tinta fresca, y la pegada era un acto entre clandestino y subversivo de libertad aunque ya estaba autorizada.
Mucho ha llovido desde entonces, y las pegadas en paredes quedaron erradicadas cuando concluimos que sólo servían para ensuciar nuestras ciudades. Ahora, en la campaña de las europeas, el PSOE prescindirá incluso de las vallas publicitarias y el PP las limitará. La economía no está para muchos derroches y las redes sociales mandan.
Algo que no ha cambiado ha sido el uso y abuso de los escándalos enlatados en las campañas electorales. En esta ocasión, el PSOE ha atacado aireando que el cabeza de lista de los populares, Miguel Arias Cañete, ocultó al Congreso de los Diputados que una petrolera ceutí en la que participa con el 2,5% opera con una concesión administrativa. La noticia no servirá ni para que Arias Cañete comparezca en la Cámara baja y dé algún tipo de explicación. Ya es exministro. En cualquier caso, nada nuevo añadiría. Con la polémica sobre el bunkering de Gibraltar, ya se explicó en comisión y los grupos políticos de la oposición no pusieron el grito en el cielo.
Aparte de la ley del aborto de Gallardón, el cambio en Europa y los recortes de derechos que ha protagonizado el Gobierno de Rajoy, los socialistas seguirán golpeando sobre los intereses empresariales de Arias Cañete a ver si canta la gallina. No cantará porque el escándalo no tiene ni chicha ni limoná.
Por su parte, el PP, más profesional en este tipo de tareas, ha sacado a luz un presunto fraude masivo en los cursos de formación en Andalucía tras una investigación abierta por la Unidad Central de Delincuencia Económica y Fiscal (UCDEF) de la Policía. Filtrado a los medios por el Gobierno, con el tal Cosidó con casi todas las papeletas para convertirse en el chivatillo, el asunto tiene como objetivo aliñar el caso de los ERE, que tan profusamente sigue instruyendo la jueza Alaya hasta el infinito y mucho más (con el parón de su reboda), para convertir la consejería de Empleo andaluza en la cloaca más inmunda de todo el Reino de España. Y tapar de camino lo último de Bárcenas, que describió al PP como una gran caja ‘b’ desde el norte al sur, desde el este al oeste, incluidas islas y territorios africanos. Vamos, la mierda saliendo a chorros por Génova abajo, con las gaviotas pescando sobresueldos como si fueran un banco de boquerones al limón.
Así las cosas, aparte de sacar pecho por la recuperación económica, recordar el nefasto legado de ZP y defender la unidad de España al ritmo de Manolo Escobar, el PP basará su campaña en vestir de limpio a Andalucía. Y no es que no haya motivos, que los hay de sobra para poner en barbecho a los socialistas una temporada larga por sus tropelías. Pero también los podemos encontrar en comunidades autónomas gobernadas por el PP desde hace décadas. Madrid y Valencia, dos feudos populares emblemáticos, han generado tanta o más corrupción que Andalucía en los últimos tiempos. Y Cospedal y compañía, en vez de hacer autocrítica y pedir perdón por la mangancia vitaminada que atesoran en sus filas, presentan a sus dirigentes como si fueran franciscanos, pobres míos, con sus trajes y sus áticos de nada.
En cualquier caso, estos escándalos enlatados, sean del PP o el PSOE, sirven de bien poco cuando salen a la luz en campaña electoral. Es difícil discernir cuál es cierto y cuál no cuando la propaganda toma las trincheras mediáticas y los argumentos partidistas son munición de desinformación.
O, mejor dicho, estos actos programados sólo sirven para desacreditar aún más a la clase política ante los ciudadanos, que perciben la corrupción como uno de los problemas más graves de la democracia y quieren medidas contundentes para erradicarla y no tanto juego de florete. Si no, que le pregunten al fiscal general del Estado.
Este intento desesperado de los partidos por arrancar un puñado de votos a golpe de escándalo, esta competición para ver quién la tiene más grande, es cuarto y mitad de nada.