Opinión
Culpable de construir una moto de cartón
Por El Mapa Del Mundo
Nadie está a salvo de la arbitrariedad del poder. Ni siquiera en una democracia; ni siquiera en un régimen garantista de las libertades personales. No es muy difícil imaginar lo indefensos que pueden estar los ciudadanos de algunos de esos países a los que se engloba en el cajón de sastre del apelativo, a veces eufemístico, de "en vías de desarrollo". Si están de verdad en esa vía o no, poco importa. La dictadura de lo políticamente correcto hace años que aplasta bajo su bota la verdad sobre algunos regímenes que sólo suscitan sonrisas en las cancillerías occidentales.
En estos países, mal que les pese a unos responsables a menudo obtusos, sus seres humanos siguen siendo justo eso, y quieren cubrir una de sus necesidades básicas: divertirse, dar rienda suelta a la imaginación y, en especial los jóvenes, llenar un tiempo de ocio que la mayor parte de las veces se parece a un erial.
Agadir, una ciudad del sur de Marruecos llena de turistas alemanes y de saudíes que compran virginidades a precio de saldo, ha sido el escenario de la última y ridícula arbitrariedad de las autoridades y las fuerzas del orden marroquíes. Allí, los pescadores del barrio de Lajiame, uno de los más populares de la ciudad, decidieron organizar un pequeño carnaval para celebrar la Fiesta del Sacrificio o del Cordero, el Aïd El Kebir, el día más importante del calendario religioso musulmán.
No contaban con una policía, unos tribunales y unos responsables elegidos y mantenidos en sus puestos en virtud de una cualidad tan cara para cualquier régimen autocrático que se precie como es la mediocridad.
En medio del desfile, cuando la charanga había ya empezado a desfilar en medio de albórbolas y gritos de alegría que celebraban los disfraces, un policía vino a aguar la fiesta mucho más que la lluvia intermitente que había empezado ya a caer.
El agente no estaba de servicio; pasaba simplemente por allí en su coche junto a su mujer, hasta que tuvo que detener el vehículo y, probablemente molesto porque no podía continuar su marcha, se fijó en que uno de los chicos iba disfrazado de policía. Un disfraz cuyos accesorios, pistola, canana, etc, habían sido fabricados con cartón, al igual que la moto en la que el joven simulaba ir montado, que representaba con gran fidelidad una de las potentes BMW que utiliza la policia nacional de Marruecos.
Este joven pasó la noche del Aïd el Kebir, la fiesta más familiar del año, en un calabozo de una comisaría. No estaba solo, junto a él aparcada, como un monumento a la idiocia del policía que lo detuvo, su moto de cartón. Hoy mismo estaba previsto que este muchacho compareciera ante un tribunal, siempre acompañado de su moto de juguete, acusado de haber falsificado un uniforme y una moto de la policía.
La estupidez de las autoridades locales de Agadir no quedó ahí. La misma noche en que el chico de la moto de cartón dormía entre rejas, las fuerzas de seguridad marroquíes irrumpieron en su barrio y destruyeron las otras "fallas" que el grupo de chavales había tardado varios meses en construir gracias a los donativos de los vecinos del modesto barrio. Entre ellas, un tanque, también de cartón pero construido sobre un bastidor de acero, que los jóvenes habían fabricado para el desfile.
Lo más irónico es que el grupo de adolescentes pensaba regalar este tanque al rey Mohamed VI, en su calidad de Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas Reales de Marruecos, el Ejército del país, y las réplicas de las BMW al jefe de la policía marroquí. Ya no podrá ser, puesto que los subordinados de ambos han destrozado los presentes que les estaban destinados.
Una asociación que defiende la reivindicación marroquí sobre el Sahara Occidental, la Asociación Sahara Marroquí (ASM), ha anunciado que ayudará a los desolados jóvenes para que puedan construir de nuevo unas obras de arte de las que estaban orgullosos. La ASM ha pedido incluso donativos en uno de sus comunicados.
Esperemos que un policía más obtuso de lo normal no se cruce de nuevo en el camino de los regalos del rey.
Trinidad Deiros