Opinión
Una fiscalidad marxista
Por Juan Carlos Escudier
Ahora que, a instancias de Rubalcaba, el Gobierno tiene decidido recuperar el Impuesto sobre el Patrimonio conviene recordar la causa de su hibernación. Corrían los tiempos en los que Tomás Gómez era el ojito derecho de Zapatero. Esperanza Aguirre se disponía a eliminar el tributo en Madrid y el presidente quiso anticiparse para dar una baza electoral a su pupilo, también partidario de su desaparición. ¿El resultado? El Estado compensó a las autonomías, que tenían cedido el impuesto y se ahorraron así el coste de ser ellas quienes lo suprimieran. Todavía hoy Tomás Gómez defiende la medida con el argumento de que era muy injusto que personas con pocos recursos como su madre tuvieran que pagarlo. ¿No habría bastado –tal es el plan actual- con elevar el mínimo exento para que sólo los más ricos y no la madre de Gómez pasaran por ventanilla?
Como la fiscalidad nunca fue para Zapatero un instrumento para corregir desigualdades sino una cajón de reclamos electorales, sus disparates han sido de órdago a la grande. Allá por 2006, en pleno boom, bajó el IRPF cuando, posiblemente, debió haberlo subido para evitar el recalentamiento de la economía y controlar la inflación. Por si no había quedado claro cuán de izquierdas era eso de reducir impuestos, se presentó a las elecciones de 2008 con la promesa de regalar 400 euros a cada contribuyente, sin importar que el beneficiario fuera Agamenón o su porquero.
Los desatinos se sucedieron. Ya metidos en la crisis liquidó el impuesto del Patrimonio; después lo que tuvo que eliminar fue la devolución de los 400 euros y tratar de hacer caja como un poseso por la caída de la recaudación. Así, para que el agonizante consumo no sufriera aún más lo remató con una subida del IVA y de los impuestos especiales, lo que hermanaba a ricos y pobres a la hora de soportar las cargas de la recesión.
A falta de una reforma integral, la izquierda se hubiera conformado con un simple gesto para obligar a las grandes fortunas a retratarse, algo socialdemócrata con lo que olvidar el marxismo fiscal a lo Groucho del presidente. El guiño llega demasiado tarde.