Opinión
El juego de la ciencia
Por Ciencias
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EL JUEGO DE LA CIENCIA // CARLO FRABETTI
No, la repetición del título no es una errata: lo que ocurre es, sencillamente, que algunos comentarios y preguntas de mis amables lectores y lectoras me hacen pensar que tal vez convenga explicar el nombre de esta sección.
Si no recuerdo mal, la primera vez que vi expuesta de forma explícita la noción de que la ciencia es un juego fue en un artículo de mi añorado amigo Isaac Asimov; y una de las más bellas expresiones de esta idea que conozco es la siguiente: “¿Jugamos una partida? Esta es la antigua pregunta que el Universo, o algo detrás del Universo, empezó a hacerles a los desconcertados bípedos implumes que proliferaban en el tercer planeta del Sol, tan pronto como sus simies-
cos cerebros pudieron comprender el juego de la ciencia. Es un juego curioso. No hay ningún conjunto de reglas definitivo, y parte del juego consiste en tratar de descubrir cuáles son las reglas básicas... El juego nunca ha sido tan apasionante y tan peligroso como ahora”.
Así comienza Orden y sorpresa, de Martin Gardner (Alianza Editorial, 1983), uno de los libros más sugerentes que jamás he leído, cuyo título expresa con certera elegancia el binomio —la dialéctica— realidad-reflexión, materia-mente, universo-hombre: el cosmos —el orden— se mira en el espejo de su culminación, que es la conciencia, y se sorprende sin cesar ante su propia armonía.
La ciencia es un juego del que todos, en mayor o menor medida, formamos parte. Cobrar conciencia de ese juego, de su belleza y sus riesgos, aumenta tanto su eficacia como su placer. Y para ello no hace falta ser un científico: todos podemos y debemos participar activamente, todos podemos y debemos ser jugadores, si no queremos convertirnos en meros juguetes.
No hay reglas definitivas. Pero una de las técnicas básicas del juego es hacer preguntas (la otra, como dijo Galileo, consiste en medir todo lo que es medible y hacer medible lo que no lo es). Hay que tomar todas las medidas. Hay que atreverse a hacer todas las preguntas (por tontas o impertinentes que parezcan) e intentar hallar todas las respuestas; y viceversa.
Hemos avanzado mucho en los últimos diez mil años, pero todavía no hemos llegado a la meta, suponiendo que haya una meta. Ni siquiera la vislumbramos. Algunos piensan que estamos cerca de alcanzar el pleno conocimiento de las reglas del juego; otros creen que jamás lo alcanzaremos. En cualquier caso, el juego nunca ha sido tan apasionante —y tan peligroso— como ahora. No te lo pierdas.