Opinión
La mano que mece la cuna valorará los tóxicos
Por Amparo Estrada
Hay buenas noticias: tras el anuncio del nuevo plan financiero de Obama para el rescate de bancos, las bolsas se pusieron a subir como locas varios días y empezó a restablecerse cierta confianza. Aunque tampoco hay que echar las campanas al vuelo, que queda mucho trecho para ver el resultado del plan.
También las hay malas: volverán a hundirse cuando se pinche el próximo globo. ¿Cuál será? ¿Otra vez el sector inmobiliario? ¿Una burbuja de energías renovables? ¿Un nuevo índice de redes sociales cotizadas? Cualquiera sabe, lo que parece seguro es que saldremos de esta crisis y en algún momento entraremos en otra.
Pero igual el globo es el propio plan de Obama. Unos cuantos indicadores económicos de todo el mundo se han puesto a mejorar, como los índices bursátiles, los valores bancarios, las ventas de viviendas en Estados Unidos o las previsiones de negocio de grandes entidades como Citibank. Pero el gran rescate de los activos tóxicos que ha anunciado el secretario del Tesoro de EEUU, Timothy Geithner, ha provocado que gentes no sospechosas de insensatez se lleven las manos a la cabeza. Hay premios Nobel como Joseph Stiglitz, el economista más citado del mundo, reconocible por su visión crítica de la globalización, contrario a “los fundamentalistas del libre mercado”, que ha afirmado que ese plan es “un robo” a los contribuyentes norteamericanos. Otro como Paul Krugman, el que estuvo hace unos días aquí impartiendo cátedra y entrevistándose con Zapatero, azote de Bush y de sus amiguetes del entorno empresarial desde su columna de The New York Times, se corta un poco más y dice que es “erróneo”.
Los tres planes de rescate, según lo poco explicado por Geithner, es como sigue: con dinero público por hasta dos billones de dólares (1,5 billones de euros), el Gobierno norteamericano pondrá la pasta necesaria para comprarle a los bancos en problemas su basura incobrable. Y lo hará de dos maneras: poniendo el dinero directamente a pachas con el inversor privado y avalando o financiando el resto. De esta forma, el Estado asume la mayor parte del riesgo y palmaría hasta 93 euros de cada 100 si saliera mal; si sale bien, las ganancias se las lleva en su gran parte el inversor privado. En este reparto, el Estado asume un riesgo 13 veces mayor que el inversor privado.
Los precios serán fijados mediante subastas: cada banco hará su paquetito de hipotecas-basura o sus valores tóxicos vinculados a un inmueble, lo subastará y ganará la puja más alta. Los que podrán comprar serán los de siempre: managers de fondos tradicionales, fondos de capital riesgo, fondos de pensiones… posiblemente incluso los mismos bancos. Y los activos que se consideren “no reembolsables”, o sea, aquellos en que los hipotecados no van a amortizar el préstamo de ninguna de las maneras, estarán garantizados con el propio inmueble.
El tema no suena muy justo para el contribuyente, pero, si sale bien, el resultado puede ser que, por fin, conoceremos cuál es el valor de esos activos tras haberse intoxicado y, por lo tanto, sabremos hasta cuánto dinero se puede perder en la burbuja americana. En teoría, eso debería servir para fijar el suelo de la crisis y, desde ahí, empezar una recuperación global en cascada. Pero el problema es que la fijación de esos precios a subastar se hará por las mismas entidades que inflaron el globo: intermediarios financieros como gestores de fondos de inversión, prívate equity, fondos de pensiones, incluso los propios bancos... Es como dejar al crío a merced de la mano que mece la cuna, la niñera psicópata.
El plan Geithner tiene varios agujeros: el Estado pone mucho dinero del contribuyente pero no tiene capacidad de decidir en las entidades, tampoco hay garantías –por lo sabido hasta ahora–de que la valoración de los tóxicos sea correcta, aunque se recurra al mercado para ello. Claro que Geitnher también habrá pensado que la crisis financiera es un pozo sin fondo y que más vale agujero en mano que cientos de tapones volando.