Opinión
La paradoja del PP y la disolución de ETA
Por Manolo Saco
Desde muy pequeño me han atraído los misterios de las paradojas como ejercicio intelectual. Son problemas de lógica (hay quien dice que de matemáticas) irresolubles o que para su explicación nos llevan a encadenar más razonamientos paradójicos que acaban complicando la trama hasta el infinito. Los ateos basan su ateismo en la propia paradoja de la existencia de un dios omnipotente que sería autodestructivo, pues tendría todas las potencias reunidas en sí mismo, capaz del bien y el mal absolutos.
Si pincháis en Google la palabra paradoja tendréis a vuestro alcance las más famosas de la Historia, pues su formulación formó parte durante siglos de una atención preferente por parte de la filosofía. Ya en nuestros días, los que conozcáis a fondo la obra de Jorge Luis Borges habréis comprobado su amor a la paradoja como recurso literario. Él mismo es autor de una de las más enigmáticas, sobre todo por su extraña formulación: “En Sumatra, alguien quiere doctorarse de adivino. El brujo examinador le pregunta si será reprobado o si pasará. El candidato responde que será reprobado... Ya se presiente la infinita continuación.”
Bueno, “la infinita continuación”viene dada porque la única contestación posible nos lleva al infinito: si el brujo le acepta, está cometiendo una injusticia, pues el examinando no había acertado en su predicción. Pero si le suspende, es injusto también, porque el aspirante había adivinado que, en efecto, iba a ser reprobado. ¿Solución? Como dice Borges, una infinita continuación.
El autor argentino se inventaba esta paradoja, según confesión propia, deslumbrado por la famosa paradoja de Epiménides, un poeta cretense que vivió en torno al siglo VI antes de Cristo, y que Borges, equivocadamente, asignaba a Demócrito: “Todos los cretenses son unos mentirosos.” Esta afirmación, viniendo de Epiménides, desembocaba en un resultado paradójico, porque si un cretense daba por hecho que todos los cretenses eran unos mentirosos (hay que convenir en que un mentiroso miente “siempre”) resultaría que no era verdad la afirmación, y que, por lo tanto, los cretenses decían la verdad. ¡Ah!, pero si decían la verdad, cuando el cretense Epiménides aseguraba que todos los cretenses eran mentirosos es porque eran unos mentirosos. ¡Ah!... Y así hasta el infinito.
Todo este juego floral, al que os animo a continuar con las paradojas más famosas de la Historia, era para llamaros la atención sobre una de las paradojas contemporáneas que más nos está afectando en nuestra convivencia, irresoluble como todas, y que nos lleva a un callejón sin salida filosófico. Podríamos enunciarla como “la paradoja del PP y la disolución de ETA”. Y dice así: “El PP pide que sólo se negocie con ETA su disolución, pero antes de negociar exige que ETA se disuelva”. ¿Con quién tenemos que negociar su disolución si ya están disueltos? ¿Y para qué queremos negociar su disolución si ya no existe el problema?
Y es que las paradojas sirven también para poner a prueba el sentido común. El hidalgo don Quijote para examinar a Sancho, el rey del sentido común, sobre su buen juicio, tras ser nombrado gobernador de la ínsula Barataria le propuso este encargo:“Si alguno pasare por esta puente de una parte a otra, ha de jurar primero adónde y a qué va; y si jurare verdad, déjenle pasar; y si dijere mentira, muera por ello ahorcado en la horca que allí se muestra, sin remisión alguna”.
Cuando Sancho tomó juramento a un hombre, éste le contestó que había venido a morir en aquella horca al otro lado del puente, para pasmo de los jueces. Fue Sancho quien dio con la solución: “El tal hombre jura que se va a morir en la horca; y si muere en ella juró la verdad, y por la ley puesta merece ser libre, y que pase la puente; y si no le ahorcan juró mentira, y por la misma ley merece que le ahorquen”. Pero como Sancho no militaba en el Partido Popular, debió de pensar que un hombre sincero y libre, pero muerto, no sirve para mucho, y decidió no dejarse atrapar por la paradoja y absolverle. Y lo justificaba así: “...Me vino a la memoria un precepto, entre otros muchos, que me dio mi amo don Quijote, antes que viniese a ser gobernador de esta ínsula, que fue cuando la justicia estuviese en duda, me decatase y acogiese a la misericordia...”
Con la paradoja del PP nunca llegaremos a la paz. Con el sentido de la justicia de Sancho, sólo hay que sentarse a negociar de una vez por todas.
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(Meditación para hoy: hablando de paradojas, Borges escribió su ingente obra prácticamente ciego; Cervantes, el manco de Lepanto, escribió el Quijote con una sola mano; y Beethoven compuso buena parte de su música completamente sordo... ¡Qué no habrían hecho si se hubiesen conservado enteros hasta la muerte!)