Opinión
El precio de la desinformación
Por Toni Ramoneda
-Actualizado a
TONI RAMONEDA
La teoría democrática se encuentra cuestionada hoy en día. Sólo tenemos elecciones de tipo nacional cada dos años. En un mundo donde todo cambia con tanta rapidez como el de hoy es a menudo preferible conocer la voluntad del pueblo sobre las grandes cuestiones políticas públicas a intervalos más cortos”. Así se expresaba George Gallup
en 1939 en el libro Public Opinion in a Democracy para justificar lo que iba a ser uno de los inventos más influyentes del siglo XX en el ámbito político: los sondeos de opinión.
El 7 de marzo de 2011, el periódico francés Le Parisien publicaba un sondeo según el cual Marine Le Pen, candidata del Frente Nacional (el partido de extrema derecha francés) para las elecciones presidenciales de 2012, obtendría más votos en la primera vuelta de dichas elecciones que cualquier otro candidato, incluido el presidente Nicolas Sarkozy. Más allá de la calidad del sondeo (la encuesta fue realizada por internet y en ella se daban incentivos económicos a los encuestados, lo que pone en duda su representatividad) y de la deontología de la empresa que lo realiza (¿qué sentido tiene preguntar sobre una situación que se producirá dentro de un año y sobre la que sólo se sabe con certeza que Marine Le Pen será una de las candidatas?), vale la pena fijarse en una cuestión relacionada tanto con los medios de comunicación como con la teoría democrática que ya en los años treinta parecía cuestionada: el precio de la información.
Desde su invención, los sondeos vienen cumpliendo dos funciones sociales: la primera consiste en recabar la opinión de los ciudadanos sobre un tema concreto en un momento preciso. Esto es válido a condición de no olvidar que en toda pregunta hay siempre el germen de su respuesta: si preguntan a alguien a quién va a votar se presupone que la persona va a votar, que conoce a los candidatos por los que va a votar, que es capaz de dar una respuesta inmediata a la cuestión, etc. La segunda función de las encuestas consiste en crear lo que llamamos opinión pública: al presentar las intenciones o las preferencias de varios millones de personas en forma de porcentajes se consigue que cada una de estas personas se reconozca como integrante de uno de esos porcentajes a la vez que tiene la impresión de reconocer a sus vecinos, a sus familiares, a su jefe o a su peluquero en las otras cifras. Por eso, lo que comúnmente llamamos una fotografía de la sociedad es, de hecho, la construcción estadística de una cierta realidad social y, de este modo, lo más interesante de los sondeos de opinión no es tanto su capacidad predictiva como el tipo de realidad social que contribuyen a moldear. A partir de ahí ya se puede decir que un sondeo es un objeto informativo: da forma a la realidad.
Sabemos que una información es más valiosa cuánto más es capaz de reducir el grado de incertidumbre de la situación sobre la que nos informa. Así, decir que mañana saldrá el sol es muy poco valioso puesto que nadie, en su sano juicio, duda de que mañana será un día como los demás. Por el contrario, afirmar que maña-
na habrá un terremoto de 8,9 grados en Madrid es una información de gran valor por la que toda la sociedad estaría dispuesta a pagar un precio muy elevado. Ahora bien, predecir un terremoto no tiene incidencia alguna sobre la eventualidad del terremoto, mientras que predecir la victoria de tal o cual candidato puede incidir en el comportamiento final de los electores: puede modificar el acontecimiento mismo sobre el que se está informando. Esto lo saben tanto los profesionales de los sondeos, como los políticos, como los periodistas, y por eso con un sondeo se compra, también, un tipo de poder muy particular: la posibilidad de modificar la realidad social. O, dicho de otra manera, lo que se compra no es sólo información (moldear una realidad), sino también desinformación (participar en la modificación de esta misma realidad).
Así pues, cuando Le Parisien publica que el 25% de los ciudadanos estaría dispuesto a votar a Marine Le Pen está creando una realidad hipotética (nos sitúa en la situación futura, dentro de un año, de la contienda electoral) al mismo tiempo que nos invita a modificarla (se espera que este ejercicio ficticio incite a los votantes franceses a actuar de un modo distinto al de las elecciones de 2002, cuando Jean-Marie Le Pen consiguió acceder a la segunda vuelta gracias a la dispersión de votos entre los candidatos de izquierdas).
Mientras que George Gallup veía en crisis la teoría democrática por culpa del ascenso del fascismo, el uso de los sondeos para advertir del peligro de la extrema derecha en Francia es un síntoma de la crisis actual del sistema democrático: la contienda política se sitúa en el ámbito de la ficción, en un ámbito donde no se discute sobre las diferencias entre lo que acontece y lo que debería acontecer sino sobre las diferencias entre lo que puede acontecer y lo que debe acontecer. Las informaciones sobre la extrema derecha de Marine Le Pen tienden a olvidarse de la realidad de su programa político y se centran en sus hipotéticos éxitos electorales, y lo mismo ocurre con los demás partidos y candidatos potenciales a la elección y, de esta forma, el sistema democrático ofrece al populismo la brecha preciosa de la incertidumbre. El ámbito de la ficción es, por definición, incierto y, por lo tanto, fuente de angustia: el
terreno de predilección de la extrema derecha populista. Abonar este terreno es el precio que pagamos por la desinformación.
Toni Ramoneda es doctor en Ciencias de la Comunicación
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