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Blue Labour ¿Conservador en lo moral y progresista en lo económico? Cuando la fractura de la izquierda deriva en extraña transversalidad

La reaparición en Reino Unido de un grupo de presión en el Partido Laborista ha provocado un acalorado debate en las redes sociales. La fórmula, que se abre paso también entre algunos sectores progresistas europeos, es vista como un intento de abrir una fractura en la izquierda por la que puedan penetrar ideas de la derecha o de la extrema derecha.

Manifestantes en la marcha convocada por el Partido Laborista el pasado julio para reclamar un adelanto de las elecciones. REUTERS/Simon Dawson

ángel Ferrero

Dos días después de la derrota de los laboristas en las elecciones en Reino Unido, un grupo llamado Blue Labour se congratulaba en su cuenta de Twitter del aumento de seguidores. “Bienvenidos los cientos de nuevos seguidores que nos han seguido en las últimas 48 horas”, escribían al augurar que “el futuro del Partido Laborista es un socialismo que es económicamente radical y culturalmente conservador”.

El mensaje prendió como la pólvora, y en cuestión de días conseguía más de dos mil 'me gusta' y más de tres mil respuestas, la mayoría de ellas acusando a Blue Labour de racismo y connivencia con el fascismo. Pero, ¿qué es este grupo y quién está detrás?

En su espartana página web, bajo el lema "trabajo, familia, comunidad", Blue Labour se define como un grupo de presión dentro del Partido Laborista que busca restablecer la importancia de la “responsabilidad” y del “respeto al trabajo, la familia y la comunidad” en el partido. “Se puede recuperar a los votantes tradicionales del laborismo con esta idea básica”, defienden en un apartado de su web al añadir que sus posiciones hacen “que algunos nos vean como socialmente conservadores”.

Entre las propuestas de Blue Labour se encuentran “un nuevo acuerdo de bienestar que priorice la responsabilidad personal”, “niveles de inmigración que tengan en cuenta el impacto en las comunidades” y el “apoyo para conservar las instituciones locales que aportan significado a la vida de las personas, desde nuestras oficinas de correos hasta los pubs y los hospitales locales.” Estas y otras medidas, aseguran, son la “única resistencia verdadera al capital financiero”.

Socialismo corporativo

La génesis de la Fundación Blue Labour se remonta al mes de abril de 2009, cuando Maurice Glasman, profesor de Teoría Política de la Universidad Metropolitana de Londres, reclamó en unas jornadas académicas “una nueva política de reciprocidad, mutualidad y solidaridad” frente al declive electoral del laborismo.

Al año siguiente Glasman expandió la idea en seminarios en Oxford y su propia universidad hasta constituirse en el grupo de presión actual dentro del partido. El nombre lo propuso el propio Glasman: el azul (blue) es el color de los conservadores, pero en inglés también sugiere tristeza y nostalgia, en particular hacia una época en la que el Partido Laborista y las organizaciones obreras estaban presentes en la vida cotidiana de muchos británicos.

Una mirada más atenta a la trayectoria y el pensamiento de Glasman devuelve sin embargo un reflejo menos claro. El fundador de Blue Labour afirma haberse inspirado en el Bund, la organización socialista de los judíos en el imperio ruso, pero también en el llamado socialismo corporativo (guild socialism) de William Morris y otros socialistas románticos del siglo XIX que abogaban por el control obrero a través del restablecimiento de gremios profesionales como los que existían durante la Edad Media.

Según Glasman, el laborismo debe abandonar su estatismo –herencia, en su opinión, de la movilización bélica en la Segunda Guerra Mundial– y retornar a sus raíces anteriores a 1945, animando a sus miembros a participar en los sindicatos, parroquias, organizaciones deportivas y otras asociaciones vinculadas a sus comunidades locales, sin renunciar al patriotismo y los valores tradicionales de esas mismas comunidades.

La idea del “socialismo corporativo” (en ocasiones también llamado gremial) entró en declive después de la Segunda Guerra Mundial, pero vivió un auge en la década de los veinte y treinta entre reformistas sociales –desde el británico Bertrand Russell hasta el estadounidense John Dewey– e incluso socialistas libertarios, pero también entre algunos sectores de la derecha e incluso de la extrema derecha.

Una variante de esta teoría la defendió, por ejemplo, el alemán Otto Strasser, vinculado en sus orígenes al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP). Aquí es donde más se enturbia la trayectoria y las ideas políticas de Glasman. En abril de 2011 la cara visible de Blue Labour pidió públicamente establecer un diálogo con los simpatizantes de la English Defence League (EDL), un conocido movimiento xenófobo.

Glasman argumentó a favor de esta controvertida idea porque consideraba necesario “construir un partido que facilite el bien común, que implique a aquellas personas que apoyan a la EDL en nuestro partido”. Luego matizó para afirmar que se trataba de “volver a conectar con aquellas personas para las que podemos representar una mejor vida para ellos, porque eso es lo que realmente desean.”

Capítulos como éste hacen que muchos se pregunten si las intenciones de Blue Labour son sinceras o se trata de un intento de abrir una fractura en la izquierda por la que puedan penetrar ideas tradicionalmente de la derecha, o, incluso, que la extrema derecha pueda aprovechar a estos grupos para cooptar a antiguos izquierdistas desencantados.

El timing de Blue Labour para relanzar su plataforma no puede parecer más oportuno: justo después de una derrota en unas elecciones en las que el Brexit ha polarizado a la base laborista, especialmente en el desindustrializado norte, donde el partido tenía sus antiguos bastiones. Pero Reino Unido no es el único país donde se ha dado este fenómeno .

Confusión, perplejidad y preocupación en la izquierda

También en Alemania algunos han considerado que Aufstehen (En Pie), el movimiento ciudadano impulsado en 2018 por la exportavoz parlamentaria de La Izquierda Sahra Wagenknecht, entroncaba con esta corriente, al presentarse como un intento por detener la fuga de votantes hacia Alternativa para Alemania (AfD).

En Italia se ha identificado sobre todo, y de manera más clara, con la figura del filósofo Diego Fusaro, que fundó el pasado mes de septiembre el partido Vox Italiae, que se define como socialista nacional y soberanista. Fusaro es autor de varios libros sobre Karl Marx, Antonio Gramsci y el idealismo alemán –algunos de ellos traducidos al español por El Viejo Topo o la editorial Trotta– y colabora regularmente al mismo tiempo con Il Primato Nazonale, la revista oficial del movimiento neofascista Casa Pound. No por casualidad a Fusaro se lo ha comparado con el filósofo ruso Aleksandr Dugin, fundador del Partido Nacional-Bolchevique ruso y el Movimiento Eurasianista y uno de los intelectuales de referencia de la nueva derecha europea.

Fue justamente este autor el que motivó una reciente polémica en España a raíz de una entrevista concedida a El Confidencial, aunque un año antes un artículo de Julio Anguita, Manolo Monereo y Héctor Ilueca publicado en Cuarto Poder sobre algunas de las medidas aprobadas por la coalición entre el Movimiento 5 Estrellas (M5S) y la Liga en Italia encendió un debate similar en las redes sociales, con acusaciones frecuentes de “rojipardismo”.

En estos intercambios se dieron a conocer algunas personas vinculadas a las ideas del filósofo español Gustavo Bueno, fundador de la Fundación para la Defensa de la Nación Española (DENAES), en la que también participó en su día el presidente de Vox, Santiago Abascal.

Y antes que todos ellos estuvo Jorge Verstrynge, quien comenzó su carrera política en la extrema derecha para después convertirse en diputado de Alianza Popular (AP), formación que abandonó para militar en el PSOE, primero, el Partido Comunista de España (PCE) e Izquierda Unida (IU), después, y, a partir de 2014, en Podemos. Sus críticas a las políticas de inmigración y su defensa del gaullismo francés le han valido numerosas denuncias desde algunos sectores la formación morada, que lo acusan de racista y de simpatizar con Agrupación Nacional (RN), el antiguo Frente Nacional de Le Pen.

Éstos son solo algunos ejemplos de vasos comunicantes entre ideas tradicionalmente conservadoras y propuestas tradicionalmente progresistas que generan confusión, perplejidad y preocupación en la izquierda. El periodista Esteban Hernández, uno de los autores que se vio inmerso en la polémica de Fusaro, considera pese a todo que el fenómeno no pasa de “algunas experiencias”. Hemos preguntado también a Verstrynge, quien difiere en este punto y sostiene que “si por Blue Labour se entiende una forma de socialismo no comunitarista, ni librecambista, esa tendencia existe, incluso en España”.

¿Sirven estos grupos para atraer, como dicen ellos mismos, a antiguos votantes de la izquierda desencantados, o más bien contribuyen a aumentar, como argumentan sus críticos, las tensiones en la izquierda y facilitar el crecimiento de la ultraderecha? “Sirven para ambas cosas”, responde Hernández, “cuando tienen éxito, ganan nuevos votantes, obreros o no, y cuando no lo tienen, dividen”. Que consigan lo uno u lo otro “depende del tipo de sistema electoral, pero creo que el problema no está ahí”. Más polémico, Verstrynge contesta que “estos grupos son la única posibilidad de recuperar para izquierda a las clases trabajadoras y al ciudadano en general.”

Para este periodista, la cuestión no es cómo debe la izquierda “gestionar a estos grupos, sino tomar conciencia de que la izquierda en Europa está fracasando: sólo subsisten partidos socialdemócratas que una vez fueron dominantes y ahora son muy liberales en lo económico y progresistas en lo social, y que fuera de ese espacio, ya muy disminuido, el resto de las fuerzas son muy poco relevantes”.

Si lo que hace la izquierda, continúa, “es atacar a otras opciones, como la del Blue Labour, en lugar de replantearse por qué está convirtiéndose en irrelevante, será un problema”. Hernández cree que “la experiencia estadounidense” es un buen ejemplo que “demuestra que candidatos como Elizabeth Warren y Bernie Sanders son ilusionantes y que pueden manejar algunas ideas muy útiles para el futuro”. Y advierte que “si esta posición de partida se convirtiera en una guerra entre una y
otro por el mismo espacio, sería catastrófico”. “¿Que izquierda?”, se pregunta por su parte Verstrynge. “Fuera de estos grupos”, continúa, “no existe la izquierda; sólo la gauche divine... y eso no es izquierda.”

De momento la polémica ocasionada por grupos como Blue Labour y otros parecidos ha venido para quedarse.

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