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Unas elecciones decisivas Las claves de lo que está en juego el 26-M

Las elecciones municipales, autonómicas y europeas darán y quitarán razones y reforzarán o debilitarán los liderazgos en la derecha y la izquierda

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Los operarios trasladan las urnas que se van a emplear en la jornada electoral del 26-M. REUTERS/Albert Gea

En cada ocasión, cuando llegan, las elecciones municipales y autonómicas ponen el país patas arriba. Son unos comicios complejos y sencillos al mismo tiempo para los partidos. Por un lado, la fragmentación -se eligen 8.093 corporaciones y 12 parlamentos autonómicos- permite múltiples lecturas y, por otro, el componente personal, con el añadido de implicación, que tiene cada elección lleva a que las estructuras orgánicas no tengan que esforzarse en sacar a las bases a la calle. En cada ciudad, en cada pueblo, se vive este momento con efervescencia, y todos los candidatos ponen de su parte.

En este caso, además de servir para lo que están diseñados -elegir corporaciones y parlamentos- los comicios del 26-M vienen acompañados de unas elecciones europeas, marcadas por el Brexit, el papel de la ultraderecha y por las políticas de austeridad cuestionadas, sobre todo, en los países del sur. Y vienen a renglón seguido de unas elecciones generales. En ellas, la ciudadanía ha dibujado un panorama favorable a la izquierda y a las fuerzas regionalistas y nacionalistas, y han frenado el empuje del partido de ultraderecha Vox, que, tras las andaluzas, donde obtuvo un resultado clave -es la llave de la gobernabilidad- había irrumpido con fuerza.

Ahora, un mes después de las generales, las municipales y europeas de este domingo dejarán un poso que se podrá leer, además de con la clave local y continental, en clave nacional también. La participación será, una vez más, fundamental, para consolidar o no los resultados del 28 de abril. El cansancio electoral, según la mayoría de expertos, favorece a la derecha.

Los ayuntamientos del cambio

La primera de las cosas que se deciden el 26 de mayo son los alcaldes y alcaldesas. Hace cuatro años, se produjo un cambio histórico en España. Salvo la alcaldía de Sevilla, que conservó el PSOE, los ayuntamientos más poblados de España (Madrid, Barcelona, Valencia y Zaragoza) quedaron en manos de lo que dio en llamarse los alcaldes y alcaldesas del cambio. La fuerza con la que irrumpió Podemos puso a Manuela Carmena en Madrid, a Ada Colau en Barcelona, a Joan Ribó (Compromís) en Valencia y a Pedro Santisteve en Zaragoza.

La profundidad de estos cambios llegó también a municipios de tamaño medio, como A Coruña y Cádiz. ¿Renovarán estos alcaldes? ¿Seguirá conservando el poder municipal el movimiento que surgió del recuerdo del 15-M? O de otra manera, ¿Seguirá representando ese espíritu tras cuatro años de contacto con la institucionalidad y sus lógicas? Esta es una de las cuestiones que están en juego. Las municipales van a poner a prueba la perdurabilidad y la capacidad de transformación de los alcaldes y alcaldesas del cambio.

Aunque exista en esta interpretación a vista de pájaro y se analice el resultado global, en cada ciudad imperan lógicas propias. Así, por ejemplo, en A Coruña, en Galicia, el papel de las mareas puede haberse diluido ante la recuperación del voto al PSOE en las generales, en las que superó por primera vez en sufragios incluso al todopoderoso PP gallego; en Madrid, la personalidad de Carmena influirá en el resultado, y en Barcelona, el eje de transformación que abandera Colau, aun jugando un fuerte papel, se va a ver influido sin duda por la discusión soberanista.

Ada Colau y ERC

La pregunta hoy, después de que la política de pactos de Albert Rivera en las andaluzas y las generales y la foto de Colón con Vox hayan reventado las expectativas del exprimer ministro de Francia con el Partido Socialista, Manuel Valls, hoy candidato de Ciudadanos a la alcaldía de Barcelona, es: ¿Conquistará el soberanismo Barcelona? Las encuestas lo dejan abierto. ERC no tiene un alcalde en Barcelona desde la II República. Hoy, el hermano de Pasqual Maragall, exalcalde y expresidente de la Generalitat, Ernest Maragall, que dejó el PSC en 2012 y es el candidato de Esquerra, tiene posibilidades reales de disputarle el bastón de mando a Colau.

El resultado en Barcelona y la gestión que haga ERC del mismo, en el caso de imponerse, tendrá consecuencias de relevancia en la escena nacional. No será lo mismo ni en Catalunya ni fuera ni, sobre todo, para el presidente Pedro Sánchez, que en la alcaldía esté Colau, quien aboga, a su manera, por el entendimiento, a que la vara de mando la tenga el soberanismo. Esta legislatura, conquiste o no la alcaldía de Barcelona, será clave para saber hacia dónde quiere caminar ERC, un partido que tiene un papel que jugar en esta legislatura en el Congreso de los Diputados -el presidente les puede necesitar en numerosas votaciones-. El PSC, a quien Colau expulsó del Gobierno municipal, según los números que salgan el domingo, podría jugar un papel decisivo a la hora de decantar el Ayuntamiento en una u otra dirección.

La batalla de Madrid

Además de saber si Manuela Carmena repite como alcaldesa, para lo que puede necesitar los votos del PSOE, la otra batalla de Madrid se juega en la Comunidad. La izquierda tiene una oportunidad de oro de recuperar un Gobierno que le ganó Alberto Ruiz Gallardón en 1995 y que, en 2003, después de que la suma de PSOE e IU hubiera obtenido un escaño más que el PP, el conocido como Tamayazo, nunca del todo esclarecido, acabó por darle la presidencia a Esperanza Aguirre tras la repetición de las elecciones.

Si la división en la izquierda -Íñigo Errejón, uno de los fundadores de Podemos, comparece por Más Madrid, en una suerte de tándem con Carmena, fuera del partido que contribuyó a crear- no penaliza sus expectativas electorales y logran, con el PSOE de Ángel Gabilondo, sumar más que las tres derechas, una de las consecuencias más importantes sería una dura estocada a Pablo Casado, presidente del PP, que perdería, tras Valencia el 28 de abril, otro de los bastiones tradicionales de poder conservador.

Si la izquierda logra la victoria en el Ayuntamiento y en la Comunidad de Madrid, será interpretado con seguridad como un refrendo de las generales y fortalecerá, aún más, las posiciones, bien consolidadas ya, del presidente Pedro Sánchez y dejará el liderazgo de Pablo Casado, debilitado tras el 28 de abril, en el alambre, esta vez de verdad. La conquista de Andalucía y el tirón de Alberto Núñez Feijóo, quien no parece tener ganas de líos en el partido después del 26-M, en Galicia puede que le salven los muebles y puede que eviten que al presidente del PP se le ponga toda la cara de Hernández Mancha, quien solo duró dos años como líder de la derecha española, al frente de AP (1987-1989), pero la pérdida de Madrid sería un torpedo en la línea de flotación.

Una lectura de las europeas

 El 26-M dará más pistas sobre la correlación de fuerzas en la derecha y sobre quién se llevará el gato al agua. Se verá si los votantes refuerzan a Casado frente a Rivera, o viceversa. Para saberlo, además de ver los resultados comunidad a comunidad, hay que mirar a las europeas, que tendrán una lectura -además de la natural de qué mensaje lanza a Europa la sociedad española- en clave nacional. Ciudadanos y Vox no llegan a todos los municipios, mientras que la estructura del PP es mucho mayor a nivel local, por lo que los resultados globales de las municipales le irán mejor con seguridad al partido de Casado.

Sin embargo, las europeas son una circunscripción nacional y, de producirse en ellas un sorpasso de Ciudadanos al PP o de estrecharse más todavía la distancia entre ambos partidos, eso podría tener serias consecuencias -las europeas de hace cinco años ya provocaron la dimisión del recientemente fallecido y llorado Alfredo Pérez Rubalcaba, con la que arrancó la etapa más turbulenta en el PSOE, que parece que el victorioso Pedro Sánchez está ahora en condiciones de poder cerrar-. A Rivera podría ponérsele de manera definitiva la cara de líder de la derecha en España, su gran objetivo político, el que cree que le puede llevar en algún momento a La Moncloa. Rivera quiere ser el jefe, no un subalterno.

Castilla y León y las decisiones de Rivera

Existe también la posibilidad de que el PP pierda por primera vez desde hace tres décadas el Gobierno de Castilla y León, desde donde José María Aznar inició en los 90 su asalto a la Moncloa. En esa comunidad, las encuestas predicen que Ciudadanos, un partido de autor, tendrá la llave del Gobierno y, por tanto, tendrá que tomar una decisión. ¿Sacar del Gobierno al PP y devolver al PSOE a la presidencia más de 30 años después? He aquí la cuestión.

El partido de Albert Rivera, dependiendo de los números, tendrá que tomar decisiones importantes después del 26-M y responder algunas preguntas. Allí dónde sea decisivo, ¿Rivera se alineará, como en Andalucía y en el Estado, con la derecha, aunque ello implique contribuir a la normalización de los postulados del partido ultra Vox, o hará como hizo también en Andalucía en 2015, cuando facilitó un Gobierno socialista monocolor, liderado por Susana Díaz? ¿Rivera apoyará gobiernos del PP, aun con el apoyo de Vox? ¿Aislará a los ultras allí donde pueda hacerlo? ¿Se apoyará en ellos allí dónde los necesite para liderar mayorías de derechas? ¿Abandonará de manera definitiva el centro en busca de la desintegración del PP o será capaz de pactar con el PSOE en algunos lugares? Todas estas preguntas las responderá Rivera con sus decisiones postelectorales.

Una paradoja: los barones socialistas y Pedro Sánchez

 Comparecen en estos comicios, como presidentes autonómicos, una vez que Javier Fernández dio un paso atrás, los barones otrora críticos con Pedro Sánchez, que apoyaron la candidatura de Susana Díaz en las primarias, al menos sobre el papel. Emiliano García Page, Guillermo Fernández Vara y Javier Lambán se la juegan. Y su victoria, una posibilidad real, paradojas de la política, reforzaría, además de a ellos mismos, a Pedro Sánchez y aislaría, tal vez de manera definitiva, a Susana Díaz, que sería, de este modo, la única presidenta desalojada del Gobierno tras la fracasada aventura de las primarias a la secretaría general.

Así, cuando hace apenas unos meses, los barones del PSOE no querían ni siquiera escuchar la mera posibilidad de un súperdomingo electoral el 26 de mayo que uniera sus destinos a los de Sánchez en unos comicios, ahora todos, y más tras la decisión de Ximo Puig, el otro barón en discordia -Sánchez solo contó con el apoyo de la presidenta balear, Francina Armengol, en las primarias- de ir a elecciones con el presidente, surfean la ola de Sánchez con la esperanza de que les lleve sanos y salvos a la orilla electoral. El viento ha cambiado de dirección en el PSOE.

El papel de Podemos

El PSOE, probablemente, no será capaz de retener las baronías por sí mismo, sino que necesitará pactos para hacerlo. Por tanto, el resultado de Podemos será decisivo. Las encuestas -y los resultados de las generales- predicen que la suma de votos de PSOE y Podemos será suficiente para retener los Gobiernos autonómicos e, incluso, ganar alguno más, pero nada está escrito.

Si se produce una mejora en los resultados de Podemos, ello podría interpretarse como un reforzamiento de las tesis de Pablo Iglesias, quien ha defendido a lo largo de todo este mes que al partido le ha llegado la hora de afrontar las contradicciones y de meterse de lleno en las tareas de Gobierno. Mientras Sánchez aparcaba el asunto, la apuesta de Iglesias ha sido inequívoca, lo que podría tener un efecto electoral y, de ese modo, tal vez, influir, en uno u otro sentido, en las negociaciones para la investidura.

Vox y sus límites

La ultraderecha entró con cierta fuerza en el Parlamento. Aunque sus expectativas eran mayores, porque esperaban poder influir en el Gobierno, obtuvieron 24 diputados -uno más que el PCE en 1979- que hoy, para alivio de tanta gente, son irrelevantes. La victoria de la izquierda, cimentada en el eje social y en un apuesta por la convivencia en Catalunya, después de la experiencia andaluza, dejó la sensación de que el efecto Santiago Abascal se diluía.

El posterior alejamiento de las posiciones extremas del PP que ejecutó Casado en los días posteriores al 28 de abril -a pesar de que siguen siendo socios en Andalucía-, llevó también a pensar que Vox ha tocado techo y que el fenómeno ha comenzado su declive. Para saberlo, más que mirar a las municipales -Vox no se presenta en todos los ayuntamientos-, que también, habrá que observar si son decisivos para volcar mayorías hacia la derecha en alguna Comunidad de las doce en las que se vota en estas elecciones (Aragón (PSOE), Asturias (PSOE), Baleares (PSOE), Canarias (Coalición Canaria), Cantabria (PRC), Castilla y León (PP), Castilla-La Mancha (PSOE), Madrid (PP), Extremadura (PSOE), La Rioja (PP), Navarra (Gbai) y Murcia (PP)), y sobre todo, habrá que analizar el resultado en las europeas, que revelará si la ultraderecha ha llegado al límite o sigue incorporando gente a su proyecto xenófobo, ultranacionalista, antieuropeísta y antifeminista.

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