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España eleva su inseguridad a niveles nunca vistos en el último decenio

La paz está más amenazada que nunca desde la crisis de 2008. Hasta 92 países elevaron su rango de inseguridad en 2017. España cae diez puestos, al trigésimo, por la tensión con Catalunya y un repunte del riesgo terrorista.

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Cargas policiales en Catalunya en el día del referéndum.- REUTERS

Los datos son del prestigioso Global Peace Index (GPI), del Institute for Economics and Peace (IEP), de 2018. El estudio maneja tres parámetros a la hora de emitir su radiografía anual, que ha tomado el pulso a la paz en los últimos 12 años, en 163 estados y territorios independientes, a los que cataloga en función de su grado de conflictividad. Primero, por el nivel de seguridad de sus sociedades; segundo, por la capacidad de extensión, doméstica o internacional, de los conflictos que les amenazan y, finalmente, por la cuota de militarización de sus ejércitos.

Según este informe, el mundo nunca había sido menos pacífico en los últimos diez años. Ni había alcanzado un número mayor de refugiados -desplazados por confrontación armada, represión o pobreza, mayoritariamente-, que ya representa el 1% de la población mundial. Una cota todavía lejos de los baremos que darían credibilidad al mantra de los movimientos nacional-populistas europeos y norteamericanos, esencialmente, de que las grandes oleadas de inmigrantes son el factor que amenaza la estabilidad de las sociedades más prósperas del planeta, debido a factores de delincuencia y conflictividad que se les asocia de manera genérica e injusta.

España se sitúa como el cuarto país en el que más se ha deteriorado el clima de seguridad

En cambio, lo que resulta relevante es el coste económico de este descenso del clima pacificador en el mundo. Nada menos que 14,8 billones de dólares, lo que supone un 12,4% de la economía global, similar al tamaño del PIB chino, el segundo del mundo. O, en gasto per cápita, casi 2.000 dólares por cada habitante del planeta. Más en concreto, su ranking desvela que 92 de los países analizados empeoraron sus cotas de seguridad, mientras que 71 de ellos las mejoraron. El índice pacificador se deterioró un 0,27% en el transcurso de 2017.

"Islandia, Nueva Zelanda, Austria, Portugal y Dinamarca son los más estables en términos de paz y Siria, Afganistán, Sudán, Irak y Somalia, los más peligrosos"

Steve Killelea, fundador del IEP, considera que el aumento de los refugiados, el terrorismo y el recrudecimiento de las tensiones políticas están detrás de este retroceso. La agencia de Naciones Unidas para los refugiados calcula que hay en la actualidad 65,6 millones de personas desplazadas forzosamente de sus lugares de origen, de los que 22,5 han adquirido el estatus de refugiados.

El GPI abarca en su diagnóstico al 99,7% de la población global y usa 23 indicadores cuantitativos y cualitativos dentro de los tres dominios temáticos descritos. De acuerdo con su clasificación, Islandia, Nueva Zelanda, Austria, Portugal y Dinamarca son los más estables en términos de paz. Mientras que los más peligrosos son Siria, Afganistán, Sudán, Irak y Somalia.

EEUU navega desde hace años por la parte baja de la escala. Y bajando. En esta edición, se sitúa en el puesto 121 del listado. Frente al 114 del informe de 2017 o el 106 del de 2016. La Administración Trump no ha contribuido a la pax social americana.

Pero si hay un caso paradigmático, inusual, nunca visto en los doce años del índice en un territorio de Europa Occidental es España. La crisis catalana, en gran medida, y un repunte del riesgo de atentado terrorista de corte islámico, de forma más tenue, ha deteriorado el indicador español. Hasta el punto de ser el cuarto del planeta con un retroceso más acentuado. Sólo por detrás de Qatar, República Democrática del Congo (RDC) y Togo.

Sobre España, menciona la "elevada polarización registrada en 2017" por un "sentimiento colectivo" de enfrentamiento entre nacionalismo regionales

Justo por delante de Myanmar. Dice el GPI que el referéndum de independencia convocado por la Generalitat de Catalunya “ha sido el foco de las crecientes tensiones políticas en el país” y que su afrenta al Gobierno español, con su declaración unilateral de segregación del Estado, “ha contribuido al resurgimiento de un sentimiento nacionalista en varias regiones europeas”. El estudio menciona 14 países con unos índices de intensidad por conflictos territoriales más elevados en relación al año precedente. En Europa.

Europa, un lugar menos seguro

El efecto arrastre del nacionalismo en Europa no sólo se ha irrumpido por el procés catalán. Hay un combustible en el Viejo Continente que ha engendrado divisiones políticas en una serie de socios europeos. No sólo en España. Los expertos del IEP reducen la valoración de cohabitación pacífica en las sociedades civiles de Reino Unido, a cuenta del Brexit, Portugal, Italia, Dinamarca, país que ha abandonado su tradicional receptividad a la entrada de inmigrantes y refugiados y a la gran potencia europea, por el respaldo social al movimiento de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD).

El líder del partido de ultraderecha Alternativa para Alemania (AfD). REUTERS/Wolfgang Rattay

“Todos ellos han bajado la nota de sus exámenes por el crecimiento de los nacionalismos”. Sobre España, de forma más exhaustiva, menciona la “elevada polarización que se ha registrado en 2017”, debido a un “sentimiento colectivo” de enfrentamiento entre varias expresiones de nacionalismo regional, mayoritariamente en Catalunya, aunque también en otras zonas territoriales, y “un patriotismo español que está profundamente arraigado” que amenaza con “acentuarse” y que genera un “futuro imprevisible”. De igual manera, cita los atentados en las Ramblas de Barcelona, en el que fallecieron, el pasado verano, 14 personas, y las operaciones policiales que se saldaron con la detención de varias células yihadistas con planes avanzados de atentados.

El estudio también deja constancia del enquistamiento de conflictos que mantienen el cartel de irresolubles desde hace varias décadas. Especialmente, el de Oriente Medio del que, dice, carece de visos razonables de que pueda recuperar sus, por otro lado, modestos niveles de estabilidad de años precedentes. Sin duda, a raíz del viraje dado por la Casa Blanca a su estrategia en la zona con el reconocimiento de Jerusalén como capital israelí y el traslado de su legación diplomática a la ciudad santa de judíos, cristianos y musulmanes. Pero, en general, la pérdida pacificadora se ha propagado sin remedio. Por seis de las nueve grandes regiones del planeta. Incluso en las cuatro con más garantías de seguridad: Europa, América del Norte, Asia-Pacífico y Sudamérica. Esta última latitud registra el deterioro más pronunciado por el brusco repunte de los índices de reclusión (encarcelamientos) y por el impacto del terrorismo.

"En los últimos 70 años, el crecimiento de la renta per cápita ha sido tres veces más alto en los países con un clima de alta estabilidad social en relación a los que se sitúan en la parte baja de esta escala"

El impacto económico de este incremento de la inseguridad mundial, medido en capacidad de poder de compra (PPP, según sus siglas en inglés), aumentó un 2% en 2017 y un 16% desde 2012, coincidiendo con el comienzo de la guerra en Siria y el aumento de la violencia en las llamadas Primaveras Árabes. En sentido contrario -matiza el estudio- la pacificación de un territorio crea riqueza: “En los últimos 70 años, el crecimiento de la renta per cápita ha sido tres veces más alto en los países con un clima de alta estabilidad social en relación a los que se sitúan en la parte baja de esta escala”.

Una tendencia que se aprecia, de manera más visible, en tiempos recientes. “Esta brecha es todavía mayor, de siete veces, si valoramos los ingresos personales de los países que han avanzado en pacificación respecto a los que han deteriorado el clima de seguridad en el último decenio”. Es decir, desde los preámbulos de la crisis de 2008, cuando la amenaza de quiebra de las hipotecas subprime estadounidenses aventuraban una debacle de los mercados.

El nuevo orden global pasa factura

Sin embargo, la mayor parte de las críticas del informe de este think tank señalan a EEUU. Y, en concreto, a la dispersa, peligrosa y arriesgada política exterior de Trump. Tensiones estratégicas que se vislumbran especialmente en Oriente Próximo, con la ruptura del pacto nuclear firmado por Barack Obama con Irán, su acercamiento acérrimo a las decisiones, cada vez más arbitrarias, de Benjamin Netanyahu, y táctico y militar hacia Arabia Saudí e intervencionista en Siria, que está convulsionando uno de los polvorines más sensibles del planeta. Y que ha propiciado que el termómetro de la paz en la primera potencia del planeta haya bajado un 13% en 2017. Pero no sólo. La manifiesta arbitrariedad del inquilino de la Casa Blanca en reformas como la sanitaria, y la financiera, la guerra comercial emprendida contra sus aliados económicos y China, además del repunte presupuestario destinado a la modernización del Ejército y el inicio de una escalada nuclear en ciernes, con varios detonantes -entre ellos, Washington- “ha elevado la conflictividad externa e interna” por el “deterioro” de las relaciones sociales en el país y de los lazos políticos “con otros países.

El "America, first" de Trump es, en realidad, una transformación en toda regla del orden mundial. Geoestratégico, pero también económico. Que ha hecho del planeta un lugar menos seguro. En apenas dos años de Administración republicana. Y Oriente Próximo ejemplifica, más que ningún otro lugar, este viraje. Netanyahu manifestó en alguna ocasión que “no tenía un feeling especial con Obama”.

Pero lo ha recuperado con Trump. Pese a que el antecesor de Trump dotó a Israel de un inusitado apoyo militar y de inteligencia, usó el veto americano en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para evitar una condena por los nuevos asentamientos judíos en Cisjordania y Gaza y se opuso a los esfuerzos palestinos de unirse a la Corte Penal Internacional para frenar la política expansiva de Netanyahu, que ha elevado el número de defunciones en la zona.

Donald Trump. REUTERS/Kevin Lamarque

Pero la visión de Obama sobre Tel Aviv cambió en 2012. Puede que por el apoyo del poderoso lobby israelí al entonces aspirante republicano a la presidencia, Mitt Romney. Pero también por la persistente amenaza de Netanyahu a utilizar armas nucleares contra Teherán. Episodio que dio a Obama argumentos para impulsar el tratado con Irán y, desde su rúbrica, la autoafirmación de Netanyahu de declarar personalmente “no grato” al ex presidente demócrata. Un reciente reportaje en The New Yorker revela que los israelíes vieron en el círculo de asesores de Trump, una vez se asentó en la Casa Blanca, “el escenario idóneo de persuasión”.

El tridente formado por su yerno, Jared Kushner, empresario judío casado con su hija Ivanka, con poderosos negocios, además, en la Arabia Saudí del príncipe heredero, Muhamad bin Salman, inspirador de la entente cordiale, contra natura, entre Riad y Tel Aviv contra Irán, que esconde una lucha por la hegemonía de la región, Michael Fynn, polémico primer asesor de seguridad nacional de Trump, y Steve Bannon, editor de la Breitbart, volcán incontrolado de fake news y, durante un largo año, el principal de los estrategas del Despacho Oval, hicieron el resto.

Aunque Flynn y Bannon están oficialmente fuera del núcleo duro actual de Trump, su trabajo ha fructificado. Washington se ha echado en los brazos de los canales de inteligencia israelíes, que ha suplido con el “escaso interés” que esta parte del mundo suscita al presidente americano, quien piensa que “suníes, chiíes, palestinos y judíos llevan miles de años haciendo lo mismo” y que EEUU no debe “seguir gastando billones de dólares en inversiones en la región”.

Todo ello concuerda con su lema de "America, first". Una calculada medida de no intervencionismo que, en realidad, no es cierta. Porque la Casa Blanca está teniendo una iniciativa activa en la comunión de intereses de los estados del Golfo -con Arabia Saudí a la cabeza y, en paralelo el aislamiento de Qatar, emirato acusado de mecenas del terrorismo islamista- e Israel para reducir la capacidad de influencia y la actividad militar y financiera de Irán en los conflictos del área.

El espionaje y la contra-inteligencia ha sustituido en el nuevo orden a la negociación diplomática en Oriente Próximo, por impulso de Trump, el mayor riesgo contra la paz global

Esencialmente, Siria y Somalia. Aunque también en Líbano. Washington ejerce su poder en la aparente neutralidad de Egipto y Turquía en este espinoso asunto geoestratégico, pero también con numerosos intereses en esta zona. El espionaje y la contra-inteligencia, pues, ha sustituido en el nuevo orden a la negociación diplomática.

Incertidumbre sobre el futuro

Trump, en consecuencia, ha cambiado interna y externamente la Pax Americana. Observadores políticos y analistas económicos califican, cuanto menos, de errática su diplomacia y su gestión doméstica. Mientras engorda el déficit fiscal y el por cuenta corriente (pagos internacionales) y la deuda, que supera ya el 100% del PIB.

Sin reparar en gastos. Ni calibrar las consecuencias de, entre otras medidas, disparar la factura militar. Y, con ella, la de sus aliados europeos, a los que ha exigido sufragar, con el 2% de sus PIB, el presupuesto de la OTAN. Los comandantes en jefe de los principales ejércitos del mundo manejarán en los próximos años una cifra sin precedentes, de 600.000 millones de dólares, cantidad equivalente a la partida total en Defensa que la Administración Trump podrá emplear este año, la mitad del PIB español. Casi en su totalidad, para modernizar tecnológicamente el armamento convencional, pero también el nuclear, del mayor Ejército.

Además de alcanzar una armada con 350 buques de guerra, incrementar el número de soldados en activo hasta los 540.000 y renovar cientos de cazas de combate. El International Institute for Strategic Studies (IISS) ofrece un dato palpable de que la fiesta de la militarización ya ha empezado. Los diez mayores presupuestos de Defensa ya manejaron, en 2016, algo más de 1,1 billones de dólares; el PIB español. Aspecto al que no han sido insensibles las bolsas.

El Índice de Inteligencia de Mercados de Bloomberg, precisa que los índices de las firmas de Defensa que cotizan en las distintas plazas bursátiles han aumentado un 27%, el doble del alza de estos activos en el S&P 500 americano desde la elección de Donald Trump. Al calor de operaciones como el acuerdo con Riad para la venta de material bélico americano por valor de 110.000 millones de dólares, que el mandatario de EEUU suscribió con las autoridades saudíes en su primer viaje oficial al exterior, los buenos augurios que se vislumbran sobre el comercio de armas, que en 2015 movilizó más de 370.700 millones de dólares o el incremento del gasto que los europeos harán en la OTAN y que, en términos cuantitativos, supondrán otros 100.000 millones de dólares. La bonanza del sector es ya visible.

La Administración Trump no ha contribuido a la pax social americana

“Sólo falta el estallido de un conflicto global”, que podría detonar por Corea del Norte o por el ataque, todavía diplomático y comercial, de sus vecinos del Golfo a Qatar a cuenta de la supuesta financiación al terrorismo islamista de este emirato, pero sobre el que pende la duda de la alianza subrepticia de Doha a Irán, motivo del respaldo de EEUU al bloque anti-qatarí. “Para que la bacanal se propague”, alertan no pocos analistas. Algo que ya se fraguó hace años. John Dowdy y Elizabeth Oakes, de la consultora McKinsey, admiten que el viraje en la industria militar se perfiló entre 2012 y 2014, “cuando los presupuestos de las grandes potencias dejaron atrás las reducciones financieras” de los años de crisis en el apartado de Defensa y “apostaron por mantener sus partidas”, pese a la instauración de la austeridad. También las de China y Rusia.

Con los primeros incrementos de cabezas nucleares en décadas. En 2017, según el Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI) destinará 400.000 millones de dólares entre este año y 2026 a su actualizar o construir nuevos sistemas de ataque o defensa de su arsenal nuclear. Desde escudos antimisiles a lanzamisiles de tierra, mar o aire. El Kremlin, por su parte, lleva un lustro modernizando sus programas nucleares. En especial, de su vetusta flota de submarinos nucleares, heredados de la URSS. Sus sucesores ya transportan torpedos con hasta 6 cabezas nucleares.

La OTAN considera a Rusia un elemento desestabilizador de primer orden por la injerencia constante en la soberanía nacional de sus aliados

El SIPRI calcula que el 60% de sus armas son misiles balísticos intercontinentales. Ambos tienen algo más de 4.000 ojivas declaradas. China dispone de 270. Aunque su número se incrementa año a año. Sus partidas presupuestarias, dice este think-tank, se enfocan sobre todo a la renovación de su armamento atómico submarino, con objeto de adecuar su táctica atómica a la preservación de sus intereses geoestratégicos en las islas del Mar de China, que disputa con Taiwán. El resultado del nacionalismo en las tres potencias nucleares tiene un denominador común. De momento, sus sociedades lo asumen. Sin ninguna protesta visible en el caso de China, donde se ha elevado la censura, sobre todo en redes sociales, ya de por sí en niveles inadmisibles; con escasas protestas y una represión policial más que notable en Rusia y manifestaciones puntuales y de poca intensidad en EEUU. Y un riesgo latente. Al menos, desde la óptica occidental.

La OTAN considera a Rusia un elemento desestabilizador de primer orden por la injerencia constante en la soberanía nacional de sus aliados, y a China y su rearme, al mismo nivel de tensión estratégica que factores como el cambio climático, los ataques cibernéticos o el repunte de la desigualdad social que incluye en su informe de amenazas globales hasta 2035.

La poderosa Cámara de Comercio estadounidense le ha instado a que deje sin efecto la medida, advirtiéndole que su idea del "America, first" ocasionará un perjuicio de alto calado a la industria del país, debido a las consecuencias imprevisibles de la guerra comercial abierta con sus aliados. Pero, quizás, la dialéctica más feroz ha llegado de un antiguo director de la CIA, John Brennan, para quien Trump “es inestable, inepto, carente de experiencia y una persona con ausencia de valores morales y éticos”. Como en su momento criticó Henry Ford a Roosevelt (“su medida, señor presidente, es una solemne estupidez económica”), Brennan cree que el liderazgo del republicano deja una “profunda preocupación” porque sus diatribas -dijo- “irán a peor”.

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