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ICONOS DE LA IZQUIERDA

Paquita Gorroño, la 'Pasionaria de Rabat'

Este jueves, en su casa marroquí, vuelve a ondear la tricolor. A punto de cumplir 103 años, repasa una vida de cuento y lucha, convencida de que la República de su niñez "volverá".

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Paquita Gorroño, conocida como la 'Pasionaria de Rabat'.

“Aunque me esté muriendo, este jueves volveré a sacar la bandera republicana y la pondré en mi salón”. Y la de Paquita Gorroño (Madrid, 1913) no es una tricolor cualquiera. “Es una de las banderas que ondearon en el Stanbrook; está firmada por los supervivientes del barco”, cuenta del carbonero británico que, el 28 de marzo de 1939, zarpó desde el puerto de Alicante rumbo a Orán con la última evacuación de refugiados republicanos.

Se estima que, del más de medio millón de españoles que escaparon de Franco, unos 150.000 huyeron a través de Argelia, la mayoría con destino a países latinoamericanos como Méjico. Pero hubo quienes decidieron quedarse en el Magreb. Algunos, como Francisca, para no regresar jamás.

El próximo 5 de noviembre hará 103 años que nació en el dormitorio de un piso de “gente pudiente” –como ella dice- de la madrileña calle de San Bernabé. “Cuentan que en nuestro piso Tomás Bretón compuso La Verbena de la Paloma”, explica en las memorias que escribió hace unos años, cuando recibió el homenaje del Instituto Cervantes en Rabat

De aquella casa recuerda una mesa camilla, un brasero de orujo en invierno y la voz de su abuela leyendo a Dumas, a Víctor Hugo o los Episodios Nacionales de Galdós; el patio en el que jugaba a las tabas, el güito o la rana con su hermano mayor; y a los republicanos, como Blasco Ibáñez, que desfilaban por el piso de La Latina para llevar libros prohibidos, como Viva la República, a su abuelo.

También está fresco en su memoria -que parece no entender del paso del tiempo- Pablo Iglesias, “el apóstol”, dice. “Mi abuelo iba a todos sus mítines. Había mucha miseria y las huelgas se sucedían, sobre todo en Asturias. Los sindicatos no tenían medios y animaban a los obreros a que acogieran a los niños de los mineros”. Por la casa de la familia López –el apellido de soltera de Paquita- pasaron tres. “Esa fue mi primera lección de solidaridad”.

Educada en el anticlericalismo, tras la llegada de la República sus padres le enviaron a estudiar a París sin saber que el capricho prescribiría el resto de su vida. Cuando regresó a Madrid, el idioma le permitió trabajar como mecanógrafa, secretaria y –casi- como azafata en la primera línea de Iberia Madrid-París. “Casi, porque cuando me llamaron para empezar el aprendizaje estalló la Guerra Civil”.

Una refugiada bien

“Poco después vino la evacuación y nos fuimos a Valencia, a un piso de la plaza Castelar con vistas al mar, blanco magnífico para los obuses como el que estalló en el piso de al lado y nos dejó con lo puesto”. De nuevo el francés determinó que fuese la comunista que aún es, al procurarle un empleo junto al subsecretario del Ministerio de Instrucción Pública, Wenceslao Roces.

Con él conoció a la Pasionaria, “Dolores” a secas le llama ella. Y supo de Marx, gracias a las traducciones que hacia con Roces para las ediciones del Partido Comunista. “¡Y nunca cobré un duro. Era mi forma de ayudar!”, exclama.

Paquita ya estaba en Barcelona cuando el 27 de enero del 39 Roces le advirtió de la caída y la evacuación. “Salimos de noche en camión; íbamos recogiendo a los heridos que huían de los hospitales por miedo a los fascistas. Jamás olvidaré a uno que iba escayolado hasta la cintura e iba él solo andando. Al pasar la frontera, vimos un puesto de la Cruz Roja donde íbamos a bajar a los heridos, pero un oficial francés gritó: ‘Allez, allez’. Esa es la primera palabra que conocieron los refugiados españoles en Francia”.

Ella también era -“aunque pocos se daban cuenta porque yo iba bien vestida”- una refugiada más del campo de El Bolou, del que sólo se podía escapar en una dirección: el Magreb. Con 27 años y el apellido de su marido Manuel, en 1940 Paquita embarcó desde Port Vendres rumbo a Orán y desde allí hasta Rabat, donde la pareja sobrevivió a base de pan y leche condensada. Él conducía camiones. Ella empezó planchando manteles en un restaurante, fue niñera y, cuando el mariscal Petain decretó que la mujer debía estar en el hogar, se dedicó a dar clases particulares a familias marroquíes adineradas.

Como la del prestigioso sociólogo y economista Mehdi El Mendjra, con la que viajó a Marraquech, Ifrain y Fez, y conoció joyas, bordados y caftanes del Marruecos más lujoso. También al rey Mohamed V, cuando ya era secretaria del director del Colegio Imperial en el que estudiaba su hijo Mulay Hassan. “Un día vi salir a un señor con chilaba que llevaba a una niña preciosa de la mano; me agaché, le di un beso y le dije: ‘Qué niña tan preciosa’. De vuelta al despacho, entró aquel señor y el director se levantó y dijo: ‘Majestad”, evoca, simpática, la anécdota.

Tras el regreso del exilio de la familia real marroquí en 1955, expulsada dos años antes por la metrópoli francesa, el todavía príncipe Hasán la convirtió en su secretaria particular. “Se portó bien conmigo. Y tiene mérito porque el futuro rey sabía que yo era una rojilla”, dice. “Mi primer viaje con él fue a París. El príncipe entró en la cabina y en un momento dado le dijo al fotógrafo de Palacio: ‘Deja a madame Gorroño tu sitio para que vea Madrid’. Había ordenado que el avión bajase y diese varias vueltas. La verdad es que sólo vi el estanque del Retiro y la Casa de Campo. El resto estaba velado por las lágrimas de emoción”.

La Pasionaria de Rabat

Pero no todo fueron mil y una noches para Paquita, que por encima de cualquier circunstancia era una refugiada política. Exhibía con orgullo su pasaporte de asilada, aunque tuviera enfrente a la más alta alcurnia del país. Mientras se codeaba con la monarquía, acudía al barrio del Océan de Rabat, donde fundó, junto a las mujeres de los exiliados, la Alianza de Mujeres Antifascistas. “Un día, en un mitin en el Cinema Royal, pedí unión para ayudar los presos españoles; no sé cómo hablé que desde entonces me llamaron la Pasionaria de Rabat”. ¡Pero Pasionaria no hay más que una!”, exclama orgullosa de la presidenta del PCE.

Manifestación en Rabat contra el fascismo. / ARCHIVO PERSONAL DE PAQUITA GORROÑO

Sólo una Dolores Ibárruri, pero tantas mujeres con su determinación y su fuerza... Paquita instituyó festivales culturales para los niños de la colonia; estuvo en la creación de la Federación Sindical General de Trabajadores; peleó por la unidad de anarquistas y socialistas españoles, franceses y marroquíes; trabajó en la recogida de firmas para el indulto de presos como Julián Grimau; organizó manifestaciones antifascistas en Rabat, como la del 3 de mayo de 1945, tras la caída de Berlín.

Entonces Gorroño pensó que Franco iría detrás. Su desilusión se prolongó más allá de la muerte del dictador: “Cuando vino la transición pensé -y no me equivoqué- que se haría al estilo español: por la ley del embudo. Los franquistas han conservado sus privilegios e incluso algunos los han aumentado”, explicaba en sus memorias. Así que en Rabat se quedó, en su piso sin ascensor en el que tuvo un hijo que hoy vive en Praga; un piso que sólo dejó tras jubilarse, con 64 años, para dedicarse a viajar por los países del este en la década de los 70.

“Y hoy solo viajo del sofá a la cama”, se lamenta. A pesar de los años, de la cadera que se rompió el pasado mes de noviembre cuando iba a soplar 102 velas, Paquita insiste: “Oigo mal, veo mal, apenas puedo caminar… pero este jueves sacaré la bandera republicana y brindaré con una copa de champagne”, pronuncia en un perfecto francés. “¡Por que vuelva la República! ¡Que volverá!”, termina convencida Paquita de que habrá una tercera.

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