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Perfil Cifuentes, la aspirante a regeneradora que cayó por mentir y por robar en un súper

No ha aguantado ni tres años al frente de la Comunidad de Madrid, acorralada por sus escándalos. Ella, la que hace 36 días seguía travistiéndose de mirlo blanco.

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Cristina Cifuentes durante la rueda de prensa en la que ha anunciado su dimisión. (EMILIO NARANJO | EFE)

Se vendía como la gran renovadora del PP en la Comunidad de Madrid tras más de dos décadas de escándalos y corrupción, como la impugnadora del anterior régimen; apenas ha sobrevivido tres años. Cristina Cifuentes, la otrora esperanza blanca del PP, ha dimitido este miércoles acorralada por el caso de su máster en la Universidad Rey Juan Carlos, y espoleada por el vídeo que muestra cómo intentó robar en un supermercado de Vallecas en 2011, siendo ya la número dos de la Asamblea de Madrid.

Empezó a militar en el Partido Popular a los 16 años, y hoy puede decir que ha desempeñado algunos de los cargos orgánicos de mayor peso, que ha sido diputada y vicepresidenta de la Asamblea de Madrid, ni más ni menos. Se 'coronó' como la delegada del Gobierno en Madrid de mano dura y porra fácil, la baronesa territorial estrella, clara e indiscutible candidata para revalidar Madrid; la mujer que sobrevivió a los dardos de Esperanza Aguirre y se hizo fuerte como su sucesora. También fue la mujer capaz de desmarcarse de Génova 13 con su defensa de las primarias internas; desafió al discurso homófobo del partido; defendió el aborto, se declaró agnóstica. Y quiso hacer "huelga a la japonesa" el 8-M, viéndose desautorizada por Mariano Rajoy en persona, el mismo que hoy ha exigido su cabeza.

Ha pasado de sonar en las quinielas para sustituir al presidente del partido a convertirse en "la señora Cifuentes", una variante del "ese señor del que usted me habla". Ha perdido la confianza de los suyos, a pesar de los incontables esfuerzos de su amiga y secretaria general del partido, María Dolores de Cospedal, que ha hecho lo imposible por mantener a flote un barco condenado irremediablemente al hundimiento, aunque la timonel Cifuentes se resistiese a aceptarlo

En su huida hacia adelante, amarrada al cargo, ha aguantado 35 días bajo escrutinio público y mediático, lo que ella denomina "una cacería y un linchamiento", y hoy afirma que se va para impedir que gobierne "la izquierda radical". Y dice que lo hace "con la cabeza alta", impermeable a las críticas que le llueven desde todas las fuerzas de la oposición, e incluso de su propio partido.

Autoblanqueos aparte, en apenas 35 días Cifuentes se ha visto contra las cuerdas por sus mentiras y contradicciones, por el uso de documentos falsos para defenderse, por su incapacidad para explicar la larguísima lista de irregularidades en torno a este título. Ha dinamitado su carrera política por un máster que no necesitaba, por sus trampas: se benefició de trato de favor; pudo prescindir de clases y exámenes que sí debían afrontar la mayoría de alumnos; vio mutar sus notas dos años después de haberse matriculado y sin haberse presentado, casi por arte de magia. Y dice haber elaborado un trabajo fin de máster que parece haber desaparecido de la faz de la tierra, además de asegurar que hay otros trabajos -en estado gaseoso- de los que no ha mostrado ni la portada. Pero sigue defendiendo su inocencia.

Cifuentes se va vendiéndose como víctima, siempre corriendo sin mirar atrás

Se va disparando contra los medios de comunicación, tras presentar una querella criminal, tras culpar a la Universidad de todos sus males, tras esconderse de la prensa escudándose en el portavoz del Gobierno de todos los madrileños, Ángel Garrido -ya presidente en funciones-. Y siempre vendiéndose como víctima, siempre corriendo sin mirar atrás.

De hecho, en el camino que comenzó a recorrer el 21 de marzo, tras la primera publicación de Eldiario.es, Cifuentes ha cambiado sus hábitos, ha renunciado a su esencia. Desapareció de la vida pública; pasó una semana en absoluto silencio, renunció a su hiperactividad en Twitter. Huyó de los medios de comunicación en los que se había movido como pez en el agua; emuló a Rajoy escondiéndose tras un 'plasma'; grabó vídeos prometiendo que no dimitiría -con tono exaltado y mirada nerviosa-; evitó preguntas y 'respondió' con explicaciones peregrinas. Se le ha visto nerviosa, apagada, con la cabeza gacha, parapetada tras un número inusual de escoltas.

También intentó venderse como la adalid de la regeneración, a pesar llevar más de treinta años en política. Juró y perjuró desconocer cualquier detalle sobre la corrupción que corroe a su partido, se hizo "la rubia" hasta límites insospechados -por usar su propia expresión-.

Llevó algunos de estos casos a los tribunales, a menudo tarde, después de que actuasen la oposición -Ciudad de la Justicia- y la Fiscalía -Canal Isabel II-; se llenó la boca vendiendo su afán renovador -sin olvidar el archiconocido abono joven para el Metro-.

En este periplo intentó dejar en segundo plano que retrasó la entrega de documentación oficial en sede parlamentaria; que su Gobierno mintió para tapar estos retrasos, que disparó contra el trabajo de varias comisiones, que según su relato sólo perseguían sacarle trapos sucios al PP -al que le salen a borbotones, sin rascar demasiado-. Vio como bajo su mandato desaparecían documentos sin dejar rastro, y no sólo su esquivo -y posiblemente inexistente- trabajo fin de máster.

Ha caído. No lo ha hecho por verse directamente implicada en una trama tan oscura como la Lezo de Ignacio González; tampoco por alumbrar proyectos megalómanos y ruinosos, ni por sus ranas, como ocurriera a Aguirre. Ni siquiera por las irregularidades en la adjudicación de un contrato de la Asamblea de Madrid a Arturo Fernández, donante de Fundescam, siendo ella juez y parte. En plena polémica por el informe de la UCO, pin de la Guardia Civil en la solapa, se permitió cargar contra el Instituto Armado, y hasta hoy se ha mantenido con vida. Este miércoles, su máster y dos cremas faciales han bastado para firmar su sentencia de muerte -política-.

Cifuentes ya ha pasado a engrosar las filas de los dirigentes del PP caídos en desgracia, rechazados por su partido, acorralados por sus escándalos, señalados públicamente. "Esos señores de los que usted me habla".

Cifuentes se ha hundido por sus mentiras, por las luchas de poder en su partido, por los enemigos internos que se ha granjeado en apenas tres años, en su intento por desmarcarse del viejo PP; el mismo Partido Popular al que ha dedicado su vida laboral casi por completo. "La tolerancia cero con la corrupción tiene un precio. Probablemente esto es parte de ese precio que hay que pagar", afirmaba este miércoles, en su último intento por blanquear su gestión, así como por señalar a quienes culpa de su caída.

"La corrupción es incompatible con la democracia, y el tiempo de los corruptos ha llegado a su fin en la Comunidad de Madrid", aseveró en 2017, en su segundo discurso institucional por los actos del Dos de Mayo. Nunca habrá un tercero. Y nunca pudo imaginarse un final semejante.

Cifuentes se va, pero el daño ya está hecho. Renuncia tarde, en contra del criterio de algunos de sus colaboradores, y lo hace sin poder mantener siquiera un poco de dignidad. El vídeo del hurto en el supermercado ha sido la gota que ha colmado el vaso, la nueva sacudida para su familia, la guinda del ridículo y el escarnio que ha decantado la balanza. "Verdaderamente creo que he aguantado mucho", decía hoy, en su última comparecencia como presidenta, en la Puerta del Sol.

Ya ha pasado a engrosar las filas de los dirigentes del PP caídos en desgracia, rechazados por su partido, acorralados por sus escándalos, señalados públicamente. "Esos señores de los que usted me habla". Ella, la que hace 36 días seguía travistiéndose de mirlo blanco.

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