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Yolanda Díaz, arquitecta a fuego lento de una nueva izquierda con "mistura galega"

La vicepresidenta segunda registra la marca 'Sumar' con la que comenzará un proceso de escucha activa de la sociedad civil tras las elecciones andaluzas. Este proceso será determinante para marcar el futuro de Díaz y también el de la izquierda.

La vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, en el Congreso de los Diputados
La vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, en una imagen de archivo. EFE

A Yolanda Díaz le gusta hablar de la "mistura galega". El concepto se sostiene en la definición de "mezcla", pero cuando lo utiliza la vicepresidenta segunda del Gobierno tiene más que ver con procesos que recuerdan a la alquimia, a fórmulas a veces inescrutables que logran unir a polos opuestos, reparar puentes dinamitados y reagrupar a personas que en el fondo nunca entendieron cómo, cuándo y por qué se convirtieron en adversarios.

Yolanda Díaz es hija de Suso Díaz, sindicalista histórico de Comisiones Obreras en Galicia, y sobrina de Xosé Díaz, exdirigente del BNG y hermano gemelo de Suso. Es paradójico, o no, que fuera ella, heredera de dos tradiciones políticas cuyos caminos transcurrieron en paralelo tras la dictadura franquista, sin llegar a tocarse, la que actuara como una de las arquitectas principales de Alternativa Galega de Esquerda, la plataforma que aglutinó al independentismo gallego con Esquerda Unida.

Cuando era pequeña, su casa, la de su padre y la de su madre, Carmela Pérez, era el lugar de reunión de dirigentes políticos, sindicalistas y numerosos artistas y músicos que dejaron una huella profunda en ella en dos sentidos: la política y la cultura.

De forma inconsciente, Díaz se formó y aprehendió los códigos del diálogo social a través de un padre que se sentaba a negociar (y alcanzaba acuerdos) con Manuel Fraga. De Suso Díaz aprendió el "culo de hierro" que forma parte del ADN de Comisiones Obreras, la máxima que enuncia que nunca te puedes levantar de una mesa de negociación hasta alcanzar un pacto, cueste lo que cueste.

El sindicalista gallego también le enseñó que "a una negociación se va en serio o mejor no se va", un principio que huye de escenificaciones y de reuniones de paja cuyo final infeliz es conocido por todos sus actores antes de comenzar, pero que provocan que la ilusión y esperanza de la gente se conviertan en frustración. A Suso Díaz no le gusta perder el tiempo.

De Carmela Pérez, dicen los que la conocen, heredó el carácter y las piernas; la empatía con el aliado pero, sobre todo, con el adversario; conocer sus líneas rojas y su capacidad de ceder. También una amabilidad que algunos ven 'impostada', producto de la construcción de una figura política consciente de su proyección. 

De abogada laboralista a candidata

Díaz entró muy pronto en la rueda política. Primero fue abogada laboralista en un despacho que montó tras solicitar un crédito bancario; Ferrol, donde pasó buena parte de su niñez, sufría en los 90 la terrible enfermedad económica de la decadencia industrial, el bajón de una subida mal administrada por sus gestores que vació cuentas económicas, bolsillos, casas y negocios. Su despacho, como todos en aquella época, no estuvo exento de trabajo, pero las circunstancias hicieron que en Esquerda Unida, su partido, la eligieran como candidata a las elecciones municipales de Ferrol con menos de 30 años.

Allí, tras varios fracasos electorales (que luego sufriría también a nivel autonómico) logró entrar al Ayuntamiento e hizo un gobierno de coalición con el PSdeG del municipio, por lo que pasó a convertirse en teniente de alcalde de Vicente Irisarri, el primer edil. Esta tendencia a la unidad la llevó a su máximo apogeo en las elecciones gallegas de 2012, cuando conformó una alianza política con la Anova de Xosé Manuel Beiras (una escisión del BNG) en Alternativa Galega de Esquerda (AGE).

Los resultados electorales de este "experimento alquímico" fueron más que exitosos y AGE superó todas las expectativas. La unidad funcionó en Galicia y Díaz fue una de sus principales arquitectas. Con ese bagaje, se trasladó en 2016 a Madrid para formar parte de En Marea, una de las familias (la gallega) de Unidos Podemos en el Congreso de los Diputados.

Hicieron falta muchas llamadas de dirigentes políticos, amigos y aliados para convencer a la actual vicepresidenta de dejar su tierra natal. Casi todas las decisiones políticas importantes en su vida han venido precedidas de un proceso de reflexión y dudas que ha llegado a desesperar en más de una ocasión a su entorno más cercano. Los que la conocen la definen como una persona insegura que necesita meditar muy bien los cambios y tratar de minimizar los riesgos antes de optar por un camino u otro.

Acostumbra a decir 'no' de entrada en todas las disyuntivas importantes que se le presentan (trasladarse de Galicia a Madrid; ser ministra o vicepresidenta) pero, al menos de momento, todas las negativas y dudas han terminado en un 'sí' firme y decidido.

Su estrecha relación con Pablo Iglesias (Díaz era una de las personas de su máxima confianza en el grupo parlamentario de Unidos Podemos y, posteriormente, en el de Unidas Podemos) y su trabajo de 'miniaturista' en el Congreso (pocas leyes en materia laboral y pocos textos jurídicos salían del grupo sin su revisión), hizo que estuviera en todas las quinielas para dirigir el Ministerio de Trabajo tras el acuerdo entre Iglesias y Pedro Sánchez.

Tras su marcha de la política institucional, el ex secretario general de Podemos la señaló como candidata de Unidas Podemos en las próximas elecciones generales, y ella apostó por resetear a la izquierda con el objetivo de recuperar viejas alianzas, ampliarlas y reconectar con una ciudadanía alejada y desconectada de la política.

El primer paso (y de momento el único) será un proceso de escucha mediante el que la vicepresidenta segunda recorrerá todo el Estado para identificar demandas, anhelos y problemáticas de la sociedad civil. Como hizo el Partido Comunista de Anguita a través de Convocatoria por Andalucía, el siguiente paso podría ser la construcción de un programa político capaz de unir voluntades y de engrasar la maquinaria orgánica de la izquierda, que necesita encajar si se quiere mantener su tren en movimiento.

Ese proceso se amparará jurídicamente en la asociación 'Sumar', que el entorno de la vicepresidenta ya ha registrado en el Ministerio del Interior. El futuro de los próximos pasos dependerá en buena medida del proceso de escucha. No hay certeza de que este proceso se traduzca en una plataforma política, ni mucho menos de que Díaz vaya a ser la candidata. Este es el momento de dudas y reflexión que puede convertir un 'no' en un 'sí'.

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