Por qué el estrés cambia nuestro cerebro
La ciencia ha demostrado que una exposición prolongada a una situación estresante posee consecuencias en la forma de nuestro cerebro.

Zaragoza-
El estrés es uno de los grandes problemas de la sociedad contemporánea. El estilo de vida frenético, la hiperconectividad de las redes sociales, las altas exigencias laborales o los problemas económicos son las fuentes más comunes de esta afección. Se trata de un desgaste físico y emocional con síntomas como irritabilidad, dolores de cabeza, fatiga física y mental, insomnio, dificultad para concentrarse, cambios en el apetito, problemas digestivos, sudoración y taquicardia.
Además, si se trata de una situación sostenida en el tiempo, el estrés puede ser precursor directo de un trastorno de ansiedad, pudiendo desembocar a largo plazo en problemas coronarios. Por ello, aunque lo hemos normalizado como parte de nuestro día a día, lo cierto es que tiene poco de broma. Y la mejor muestra de ello es comprobar cómo el estrés afecta al cerebro desde un punto de vista fisiológico.
Cómo cambia el estrés al cerebro
Lo primero y más importante es diferenciar entre los diferentes tipos de estrés. Por un lado está el llamado estrés agudo, que consiste en una respuesta inmediata de nuestro organismo ante una amenaza, situación acuciante o desafío puntual. Es decir, la fuente del estrés no es habitual en nuestra vida y posee un carácter temporal. Por su parte, el estrés crónico es un estado de activación permanente que surge de la exposición a un estrés prolongado y repetido en el tiempo. Es éste estrés crónico el que puede producir cambios en la morfología del cerebro.
¿Por qué sucede esto? Principalmente a causa del cortisol y otras hormonas esteroides llamadas genéricamente glucocorticoides. Según detalla el estudio The effects of chronic stress on the human brain: from neurotoxicity, to vulnerability, to opportunity, cuando el estrés es sostenido en el tiempo se produce la liberación continua de cortisol. Esta hormona actúa directamente sobre el cerebro, especialmente en las regiones del hipocampo, la corteza prefrontal y la amígdala. No se trata únicamente de un efecto psicológico, sino que produce cambios biológicos en la estructura del cerebro y también en el funcionamiento neuronal.
¿Cuáles son las consecuencias?
El estrés crónico se asocia con una reducción del volumen y la plasticidad del hipocampo, así como una menor conectividad y capacidad reguladora en la corteza prefrontal. En cambio, en la amígdala se ha registrado una mayor reactividad y crecimiento de sus conexiones. Pero, llevado a la práctica, ¿esto qué significa?
El hipocampo es la parte del cerebro que se encarga de la memoria y del aprendizaje. De esta manera, una reducción del tamaño de esta zona se asocia con una pérdida de estas capacidades. Especialmente una peor consolidación de recuerdos y una menor flexibilidad cognitiva. Por su parte, en la corteza prefrontal el estrés prolongado provoca pérdida de complejidad dendrítica y debilitamiento de conexiones, lo que reduce su capacidad de control ejecutivo y regulación emocional.
Curiosamente, el efecto en la amígdala es el contrario. Aquí las ramificaciones aumentan y se genera una mayor reactividad funcional. Es importante tener en cuenta que se trata de la parte del cerebro encargada de procesar el miedo, por lo que toda esta actividad hace que entremos en un estado de hiperalerta. Algo contraproducente, pues puede activar el sentido de alerta de manera errónea, además de que nos impide cambiar el foco. Dos consecuencias claras pueden ser el insomnio o una mayor irritabilidad.
¿Son estos efectos irreversibles?
La buena noticia es que, según el estudio, estos cambios biológicos no son completamente irreversibles. Esto se debe a que son, fundamentalmente, modificaciones plásticas, por lo que en realidad no se destruyen neuronas de una manera masiva. Por ejemplo, en el hipocampo se ha observado que puede haber una recuperación parcial cuando se reducen los niveles de estrés, mientras que en la corteza frontal las dendritas retraídas pueden volver a expandirse.
Aún así, es importante tener en cuenta que esta recuperación parcial depende de varios factores. Por ejemplo, en los casos de trauma infantil, depresión mayor, abuso de sustancias o privación del sueño prolongado es más difícil que el cerebro recupere su estado previo. Por su parte, aquellas personas que cuentan con un apoyo social sólido, pueden regular el sueño y no estuvieron expuestos a la fuente de estrés durante un periodo largo tienen más posibilidades de ganar facultades de nuevo.
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