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Alto Comisionado para las Migraciones de Portugal Pedro Calado: "Sería una incongruencia tener un partido xenófobo en un país como Portugal"

Portugal cuenta desde 1996 con la figura del Alto Comisionado para las Migraciones, una institución que, gobierne la izquierda o la derecha, aboga por mantener políticas que tratan la migración como una oportunidad y no un problema.

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Pedro Calado, presidente del Alto Comisionado para las Migraciones (ACM).

En Portugal se anticiparon a la crisis migratoria. En 1996 el país vecino sabía que dentro de dos años Lisboa acogería su Expo mundial y ante este y otros retos, como la introducción del euro en el año 1999 por parte de la UE, los portugueses hicieron caso a las estadísticas. En este contexto, crearon hace 23 años una institución interministerial que garantizaría la adecuada gestión de los flujos migratorios en el país: el Alto Comisionado para las Migraciones (ACM).

Actualmente, el ACM es presidido por Pedro Calado y reporta directamente a Presidencia. “El área de integración está junto a la de la presidencia del Consejo de Ministros. Se entiende que es un área que compete a toda la Administración Pública: salud, educación, trabajo… todos los ministerios, incluso Agricultura trabaja con nosotros porque si alguna de esa carteras o servicios no está conectada, la política migratoria no será tan efectiva”, cuenta a Público el Alto Comisario.

Portugal es uno de los pocos países que se mantiene ajeno al auge de los discursos xenófobos en Europa: “No existe ni un sólo partido en la Asamblea Nacional, y ni un solo alcalde que estén en contra de las migraciones”, comenta Calado. El político afirma que este hecho se debe a que su país es un territorio de inmigrantes, “hasta el líder de la ultraderecha portuguesa tiene antepasados en el extranjero”, comenta. Eso es lo que le hace afirmar con rotundidad que “es incongruente el auge de un discurso así en la sociedad portuguesa”.

¿Cuáles son las tres medidas clave de su política de integración?

La primera creo que es la eficacia. Si nuestras políticas no lo fueran, seguramente habría críticas y la gente pediría que se buscaran medidas alternativas. Hay una evidencia clara de la eficacia de la integración en Portugal: según datos recientes del eurobarómetro de Eurostat, cerca del 70% de los portugueses reconocen el buen funcionamiento de las políticas de integración. Esa es la percepción general de la población, que mira a su alrededor y ve a los extranjeros trabajando e integrándose en la sociedad portuguesa.

La siguiente medida creo que tiene que ver con nuestra condición de emigrantes, en la que somos muy similares a los españoles. En la sociedad portuguesa hay una idea permanente de reciprocidad. Es muy difícil que alguien en Portugal tenga un discurso contra los inmigrantes. Porque, si lo hace, seguramente le recordarán que en su familia o en su hogar tiene migrantes. Cuando hasta el mismo líder de la extrema derecha portuguesa tiene raíces de fuera, es muy difícil que se tenga un discurso contra la inmigración.

"No queremos que se pierda la perspectiva de que la inmigración es una gran oportunidad para el país, y no es un problema"

La tercera razón es que para llevar nuestras políticas a cabo, nos basamos en los hechos y no en los mitos. Por eso trabajamos con el Observatorio de las Inmigraciones, integrado en el Alto Comisionado, que produce reportes e informes estadísticos muy claros sobre los impactos de la migración. Tanto los positivos como los que no lo son tanto. Creo que eso es muy importante para que podamos actuar sobre los hechos.

Es muy difícil que los datos calen en la opinión pública, y creo que ese es un trabajo que hacemos todos los años con mucho cuidado: garantizamos que llega la información a las personas de una forma cercana. Hacemos una versión 'de bolsillo' de la información que mandamos para los decisores, intermedios, medios, escuelas, alcaldes… No queremos que se pierda la perspectiva de que la inmigración es una gran oportunidad para el país, y no es un problema. Solo si lo concebimos como problema, acabará siéndolo.

¿Cómo se vencen esas dinámicas mundiales que incitan al racismo y la xenofobia? ¿Cómo se evita ese contagio?

Esa es la pregunta del millón (ríe). Creo que no hay soluciones iguales para todos. Primero hay que pensar local, regional y nacionalmente cómo responder a ese desafío global. Si empezamos, intentado responder globalmente, no vamos a conseguir crear comunidades de acogida; de gente que se conoce, de gente que ve al otro como un igual, y no como un extraño. En Portugal invitamos a los ayuntamientos a juntar a la gente y crear un plan común. Creo en la idea de que muchas cosas pequeñas que tienen lugar al mismo tiempo, tienen un impacto sistémico y tal vez, puedan cambiar la narrativa global. Es esta idea: abajo hacia arriba.

Entonces, ¿qué podemos aprender de su modelo?

Creo que no hay mucho que aprender porque dependemos también del contexto. No somos puerto de llegada, la geografía nos deja un poco lejos de esta realidad, y estamos muy enfocados en garantizar una integración eficaz. La integración no es algo que sucede por arte de magia, requiere método, disciplina, inversión y competencia. Eso es lo que hemos conseguido para el 4% de extranjeros que viven en Portugal.

Aún así, quiero decir que no estoy aquí para dar lecciones a España o a otros países que tienen realidades muy diferentes, pero sabemos que hoy hay una paradoja en todo esto: son los países que menos inmigrantes tienen en Europa los que están más en contra los extranjeros. La intolerancia se alimenta del desconocimiento y el desconocimiento alimenta el odio, es un círculo vicioso que se tiene que combatir con conocimiento: historias, narrativas, memoria, hechos.

¿Cómo se explica en un país que ha sufrido una crisis económica tan fuerte como Portugal, que se va a invertir en el otro, en el extranjero?

Nosotros intentamos responder con la razón, Portugal tiene un reto demográfico. Las previsiones que tenemos dicen que si se mantuviera el ritmo de crecimiento demográfico y el saldo migratorio negativo, podríamos perder un millón de personas de aquí al 2030. Necesitamos unas 75.000 personas al año para garantizar la mano de obra necesaria para que la economía crezca. Seamos pragmáticos porque las personas también entienden esto.

Nosotros intentamos juntar a la dimensión de la razón con la emoción del corazón, mostrando a las personas que quienes llegaron no son diferentes de los portugueses. Tenemos que ponernos en los zapatos de los demás, creo que es algo que estamos haciendo constantemente: en la televisión, en conferencias, escuelas… Creo que necesitamos más empatía para responder a este reto, porque cuando `el otro´ es algo abstracto, cuando hablamos de los portugueses o los españoles o los polacos… es muy fácil decir cualquier cosa y generalizar.

Las encuestas apuntan a que un 25% del Parlamento europeo podría ser contrario a las migraciones después de las elecciones de mayo. ¿Le preocupa que tras los comicios europeos surja en Portugal un partido abiertamente xenófobo y racista?

No somos inmunes a estas mentalidades y lo sabemos muy bien. Por eso estamos muy atentos a nuestro alrededor. Hay que estar muy activo en este momento. Por primera vez en Portugal hay una tentativa de crear un partido con un discurso contra la inmigración y eso es algo que nos preocupa. Sería una enorme incongruencia en un país como Portugal.

Por último, uno de los factores que más ayudan a que el discurso del odio se esparza son las fake-news o los bulos. En Portugal, ¿cómo combaten este tipo de noticias?

Tenemos mucho que combatir y que gestionar en las redes sociales. Somos nosotros quienes aplicamos la ley y recibimos decenas de casos de odio en las redes al día. Hoy, el odio online en Portugal es el segundo motivo de queja. Aún así, estamos trabajando, y eso es una buena noticia, con Facebook Iberia, que nos ha invitado a integrar un grupo internacional para combatir el discurso del odio. También estamos intentando ser muy claros en Portugal con el tema de la libertad de expresión. Muchas veces algunos intentan justificar su odio con ese argumento, pero en Portugal lo tenemos muy claro y somos muy firmes con nuestra postura: en la libertad de expresión no hay espacio para el discurso de odio.

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