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ICONOS DE LA IZQUIERDA

August Gil Matamala, toga catalanista y obrera

“La mayoría de los independentistas nos hemos visto empujados, casi obligados, a serlo”, dice el prestigioso abogado laboralista barcelonés, que repasa para 'Público' su medio siglo de ejercicio en defensa de la clase obrera.

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August Gil Matamala junto a Gabriela Serra, en un acto en Barcelona por la libertad de Otegi.

Pausado, serio, tanto que podría prejuzgársele antipático, embelesa la forma sencilla, a veces tierna, en la que desnuda una vida de demasiadas dificultades, mucha pelea y aun más trabajo. Dice que hoy hace vida de jubilado. Y cuesta imaginarle en las tareas propias de esa condición cuando se han traspasado los 80 con la lucidez que revela la narración del abogado. Ni mus, ni obras, ni chatos. August Gil Matamala (Barcelona, 1934) reparte los días entre sus causas nobles y la tarea titánica de ordenar un archivo profesional de más de medio siglo de ejercicio.

Nació catalanista y rebelde en el seno de una familia víctima de la Guerra Civil. “Yo tenía diez años cuando conocí a mi padre en la clandestinidad. En el 39 tuvo que exiliarse en Francia y volvió en el 44 prácticamente convertido en guerrillero; en el equipo político que estaba preparado para acabar con la dictadura si los maquis armados conseguían el levantamiento popular para echar a Franco”. Aquello terminó con el padre de August en la cárcel y con el niño, de peregrinaje por los pueblos de Catalunya.

“Fue una infancia dura”, confiesa. “De habladurías, porque no podíamos mentar al padre exiliado y aquello daba lugar a que todo el mundo pensara que era hijo de madre soltera. ¿Y de hambre? Según mi madre, no, porque yo era el único que comía en la familia. Pero yo sí recuerdo que pasé hambre. ¡Y frío, mucho frío!”, exclama. Condiciones que hicieron duro al chaval, que aprendió el abecedario gracias a una tía maestra y pudo terminar el bachillerato a golpe de matrículas de honor.

Con 18 años ingresó en la Universidad Central de Barcelona de la que salió abogado, y rojo, tras codearse con una agitación y unos movimientos estudiantiles entonces incipientes. Tanto, que fue August, junto a compañeros de Derecho y de la facultad de Filosofía y Letras, quien fundó la primera organización comunista de la Universidad de Barcelona en el 56. “Era una organización autónoma, surgida espontáneamente, que apenas tenia contactos con el comunismo en la clandestinidad que en Catalunya era el PSUC (Partit Socialista Unificat de Catalunya) en el que nos integramos después”.

Gil Matamala, modesto, atribuye aquello a Manuel Sacristán “que supo convertir un grupo de amigos con preocupaciones culturales, filosóficas, religiosas, en una organización comunista. Él fue quien nos organizó y nos impuso una disciplina teórica y práctica”. Entre ese grupo de amigos se incluyen otros ilustres como Jordi Solé Tura –“éramos inseparables, aunque luego él sufriera transformaciones que crearon una cierta distancia”, reconoce- Joaquim Jordà, Octavi Pellissa, los hermanos Goytisolo o Salvador Giner, “catedrático emérito, una eminencia en el campo de la sociología en España, que luego fue cuñado mío”.

Inteligente, pero sobre todo experimentado hijo de la represión, supo burlar la mano dura del franquismo. “Vinieron a buscarme un par de veces, pero yo conocía la cárcel y conocía a la policía, y eso me hacía ser especialmente cuidadoso a diferencia de otros compañeros, de procedencia más burguesa, que se lo tomaban más alegremente. No me encontraron nunca. Y en aquella época si conseguías eludir una caída colectiva tenías muchas posibilidades de que se olvidaran de ti”. Olvidarse a medias, porque Gil Matamala estuvo luego en una lista de desterrados a Fuerteventura y sin pasaporte hasta la muerte del dictador.

El teniente alcalde de Barcelona, Jaume Asens, y Gil Matamala.

El Tomás Biedma de Vázquez Montalbán

Con la llegada de los años 60, tras cumplir con el servicio militar, Gil Matamala llevó sus ideas al tajo, a la defensa de causas políticas y sindicales, en especial las de unas comisiones obreras en ebullición, de tal forma que el Tribunal de Orden Público se convirtió en su segunda casa. Dice que no era el único, “ni mucho menos”, pero el trabajo duro convirtió a Gil Matamala en uno de los abogados laboralistas más prestigiosos de Barcelona; el que inspiró a uno de los personajes de la novela La soledad del manager de Manuel Vázquez Montalbán. Él vuelve a restarle importancia con el argumento de que también defendió al padre de Pepe Carvalho cuando fue encarcelado en Lleida por su apoyo a las huelgas mineras del 62.

Y aún tenía energía y tiempo para la política el jurista, que sin embargo no tardó en decepcionarse con el PSUC. “Me nombraron responsable de sector de intelectuales y profesionales. Era un militante muy disciplinado; seguidor fiel, durante un tiempo, de las directrices que llegaban de la dirección en Francia. Pero, a medida que fui acercándome al punto en el que se debatía la política del partido, me fui encontrado más incómodo con ciertas actitudes y maneras de proceder”.

Las discrepancias se hicieron insalvables durante la crisis Semprún-Claudín con la dirección del partido. Y, sobre todo, con la deriva reformista de Santiago Carrillo en los años previos a la Transición. “Es una etapa que enlaza con el Mayo del 68 francés que nos llevó a mucha gente a posiciones mucho más a la izquierda; no sólo desde el punto de vista ideológico sino práctico. Al llegar el cambio político y la Transición nos sentimos completamente fuera de sitio, descolgados de lo que estaba pasando”.

Gil Matamala abandonó el PSUC en 1968 pero la ausencia de un paraguas de siglas no encogieron al activista. Se ríe cuando explica que tuvo el honor de formar parte de un comité catalán contra la Constitución española. “Ya entonces hice todo lo que pude, que fue muy poco, para mantener que no se podía aceptar la monarquía, ni la economía de mercado como principio constitucional, ni se podía aceptar que la unidad de España tuviera como garante al Ejército. En ese sentido, perdimos los que nos mantuvimos en las posiciones originales de compromiso. En minoría y en soledad total”.

Independentista por obligación

En esa ruptura incluye también el abogado su devenir independentista. “La autodeterminación de las naciones, en concreto la de Catalunya, fue durante mucho tiempo un principio que no discutía nadie en la izquierda. ¡Ni siquiera el PSOE hasta hace poco tiempo! Creíamos que la revolución socialista a la que se aspiraba pondría las cosas en su sitio y que el principio de autodeterminación se resolvería con un referéndum que decidiría si independencia, si confederación, si dentro o si fuera. Era poco debatido como aceptado”.

Explica que el Llibertat, amnistía y estatut d´ autonomía de 1976 era sólo un slogan. Que la idea de recuperar el estatuto republicano tenía como objetivo dotarse de una base institucional de autonomía para ejercer el derecho de autodeterminación. “Un principio que quedó completamente colapsado con la Constitución, como se ha demostrado últimamente. A partir de aquí yo me voy acercando a las posiciones independentistas, porque te empujan. La mayoría de los independentistas nos hemos visto empujados, casi obligados, a serlo”.

Gil Matamala, junto su hija Ariadna.

Y endurece el tono Gil Matamala cuando recuerda entre las esencias de tal afirmación la sentencia del Tribunal Constitucional de 2006. “Un estatuto que se aprueba en el Parlamento, que se aprueba en las Cortes españolas, que obtiene la mayoría en un referéndum, que es refrendado por el Rey… aparece un tribunal constituido por personajes que estaban dimitidos, un tribunal descalificado y deslegitimado, y se permite tumbarlo. Es un punto clave para entender lo que ha pasado en Catalunya en los últimos años”.

En el empeño de la autodeterminación sigue el emérito que, en las autonómicas de 2012 y las municipales de 2015, cerró las listas por Barcelona de las CUP. En ese… y en la defensa de los derechos humanos, otra de las pasiones que han construido la vida del jurista, fundador de la Asociación de Abogados Demócratas Europeos y padre de familia bohemia. No le duele que sus hijos –la actriz Ariadna Gil y los músicos Ricky y Albert- no sean palos de la astilla: “Nunca se lo insinué pero, viendo la decadencia de la profesión, tampoco la recomendaría. Además, saben lo que es no verme. ‘¿Este señor quién es?’ preguntaban a su madre cuando llegaba a casa”, concluye con una sonrisa ese señor, August Gil Matamala.

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