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El último cordonero resiste en la tienda más pequeña de Madrid

Guillermo Quecedo Fillola pertenece a la cuarta generación que vende en un minúsculo local de dos metros cuadrados cordones, flecos, borlas, alamares, cíngulos y redes goyescas

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Guillermo Fillola se proclama el último eslabón de los cordoneros madrileños. / H.M.

MADRID.- Usted entra decidido en la tienda, pero en realidad sube unas escaleras. Ha visto un rótulo a la antigua que indica el tipo de comercio (Cordonería, sin más) y dos exiguos escaparates (más bien un par de vitrinas congestionadas donde se atropellan redecillas de moras, abrazaderas para cortinas, cíngulos de la Virgen del Carmen, cordones de banda y escarapelas de todos los colores).


El trampantojo salta a la vista en el número uno de la calle de la Sal, una arteria que conduce a la Plaza Mayor de nombre tan breve como el negocio situado seis escalones arriba, oculto en el descansillo. Ahí lleva toda su vida despachando género Guillermo Quecedo Fillola (Madrid, 1964), como antes lo hizo su madre, Pilar, que aprendió de su abuela, Ángela, hija a su vez de Alfonsa Martín Mora, quien tuvo a bien fundar la Cordonería en 1921 tras la licencia de apertura concedida por Alfonso XIII.

“Aquí el único machote soy yo”, aclara Guillermo, que se proclama el eslabón postrero de los cordoneros madrileños. Tampoco cabrían otros: el local mide dos metros cuadrados, por lo que tal vez sea la tienda más pequeña de Madrid, como asegura su dueño. “Yo quería ser abogado, pero me quedé”. También continuó atizando el fuego de la tradición su hermano, Jorge, que no da la cara pero es el verdadero maestro. El taller está cinco plantas arriba, en el mismo piso donde vivieron Alfonsa, y Ángela, y Pilar, y ahora ellos, que se han quedado solos. “Somos la última generación de cordoneros”, sentencia.

¿Pero qué es un cordonero? La persona que hace o vende cordones y flecos, por describirlo de una manera sencilla, pues el léxico de la cordonería es desbordante e impenetrable, que si borlas, alamares, charreteras, cíngulos, redes goyescas… Accesorios en desuso de curas y militares, cofrades y majas, elaborados a mano por virtuosos versados en “artes de puro lujo y ornato”, como recoge el primer tomo de la Encyclopedia metódica. Fábricas, artes y oficios, publicado en 1794. En aquel tiempo, era un oficio apreciado: no había más de cincuenta maestros, los oficiales escaseaban y las contadas mujeres se empleaban en hacer botones y borlas de cofias.

Entonces se estableció en la capital una Compañía titulada de Cordoneros con el objetivo de fomentar este arte (hasta ese momento, circunscrito a un gremio eminentemente masculino) y enseñárselo también a ellas, que comenzaron a trabajar en las escuelas y en sus casas. De aquella apertura desciende Alfonsa, que se estableció al resguardo de uno de los arcos que llevan a la Plaza Mayor, en un establecimiento minúsculo donde antaño vendían cucharas de palo. La técnica fue pasando de madre a hija, hasta completar cuatro generaciones. “A mi hermano le dijeron: Tú aprende estas cosas, que puede ser que comas de ello”, rememora Guillermo.

Jorge ya ha cumplido los 62 y está en las antípodas vitales de aquellos sacrificados aprendices que empezaban a trabajar con nueve años. “Pero de esta regla general podrá exceptuarse aquel talento en quien se reconociere genio singular para las obras del arte y especialmente si fuere hijo o huérfano de maestro“, señalan las Ordenanzas para el gobierno del gremio de cordoneros de esta Corte, aprobadas por Carlos III en 1782. Aprendices que tenían que obedecer a su maestro “como a su padre, no sólo en lo que puramente dependa de la enseñanza del arte sino en todo lo demás que corresponda al arreglo de una conducta regular y cristiana”.

Nada queda de aquellos preceptos y poco de una ciudad que habita en la nostalgia del último Fillola: los encargos de los barrios nobles; las visitas de Justo Robles Salao, que cosía para las grandes folclóricas y acudía en busca de flecos para los trajes de Lola Flores; los militares que llevaban uniforme por la calle… “Madrid no es el mismo de antes. La gente ahora viene a beberse una cerveza y a comerse el bocadillo de calamares”, critica desde el primer descansillo de un edificio que data de 1828, donde ve los pies e intuye los rostros de los traseúntes, como en un plano picado de El tragaluz. Porque este rincón escondido es tan Buero como su Historia de una escalera, aunque aquí los vecinos también comparten los peldaños con muñecas regionales, chulapos y sevillanas, objetos de deseo de los turistas junto a los dedales y las castañuelas. Una oferta que llegó con el declive de la especialidad de la casa: “Los cordones dan mucho trabajo, no son churros. Puedes tardar horas en hacerlos, incluso días, pero ya no se valoran”.

Hoy, en cambio, ha habido suerte. “Vino un señor que quería unas borlas de colores para un gorro militar, pues no las encontraba en ningún sitio, y una cofradía de Girona llamó para encargar un cordón de estandarte”, apunta en el cuaderno gris de su memoria el dueño, que ha dispuesto carteles por aquí y allá que ruegan “no tocar” el producto. “También llevo la contabilidad a mano”, presume Fillola, orgulloso de su mercancía, caóticamente ordenada. “Sé dónde están todas las cosas. Yo creo que es la tienda más pequeña de España, pero no me agobia ni nada. Estoy acostumbrado”, añade el cordonero, que no duda en bajar los seis escalones si el día viene mal dado. “A veces cazo a los clientes en la calle, hago que suban y luego compran. Hay que estar siempre con la sonrisa en la boca para sacar el jornal”. Guillermo no tiene hijos. Jorge, tampoco.

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