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Feminismo Vuelta al instituto con 56 años, unas gafas especiales y una mirada violeta

Tras sufrir un accidente que la dejó casi sin visión, tres años después Inma G. llega al instituto con 56 años, unas gafas especiales y la meta de convertirse en Técnica de Igualdad. El feminismo ha sido su pilar en este tiempo.

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Inma G. vuelve al instituto a los 56 años

Era el 4 de abril de 2015 a las 5.30, de un día nublado y con el asfalto húmedo. El día en el que ella con su hija fueron víctimas de un accidente de tráfico. Otro vehículo impactó de forma brutal contra el suyo tras una curva cerrada. Recuerda el sonido del coche, “como si fuese a explotar”. Recuerda el impacto del airbag en su cara. Y recuerda aquella sensación de no poder abrir los ojos y sentir sus manos llenas de sangre.

Ahora, tres años y medio después, Inma G. reconoce los nervios en su estómago. "Se hace camino al andar", me recuerda. La frase de Machado viene a su memoria cuando apenas le quedan minutos para volver al instituto con 53 años. Regresa ahora, con apenas visión, pero con unas ganas inmensas por aprender. "Me pilla como si fuera la primera vez… Estoy emocionada, asustada, indecisa. Cuando cruce esa puerta será el principio del final de una etapa. Es volver a recuperar mi vida, mi autonomía, tener un grupo, hacer cosas, tener la mente activa. Lo que más me dolió fue justo el parón obligatorio que el propio incidente me impuso".

Recuerdos de la colisión

De aquel accidente menciona la sensación de tener la cara pegada en el airbag y de aquellos cristales de sus gafas rotos, clavados en sus ojos, como cientos de "pastillas efervescentes". Pensó en no poder trabajar más, en su familia, en su pareja, en sus hijos. Y, sin visión, recuerda identificar solo los sonidos: el llanto de su hija, sirenas y las voces de los municipales, la Guardia Civil y el Samur conforme llegaban. De allí la llevaron al hospital de la Fe en Valencia. Aún resuena en su memoria cuando los médicos le dijeron “a ver qué pasa”, pero también los últimos segundos antes de la operación. "Ya en la mesa, la oftalmóloga me preguntó: '¿Qué ves aquí?' Yo identifiqué dos sombras negras sobre un fondo sin color. A partir de ahí, caí sedada".

Luego fueron semanas de vivir en negro, de no poder abrir ni siquiera los ojos por el traumatismo aunque levantase los párpados con sus propios dedos. "De inmediato, se volvían a cerrar. Por entonces, el reto no era ver, era abrir los ojos, sobre todo en esa sensación de cuando te despiertas. Despertarse y no poder abrir los ojos es angustioso".

Ha tenido tres operaciones en total, por el momento. Con cada una han llegado novedades, como poder ver más allá del primer azul metálico o naranja que identificaba, y poder vestirse de forma conjuntada "porque yo no sabía ni qué ropa elegía”, o poder asearse ella sola. Menciona, con afecto, la atención recibida en la Fundación Oftalmológica del Mediterráneo, compuesto en su mayoría por mujeres. “Tras estar en lista de espera, allí me hicieron un transplante de córnea en noviembre pasado. Así he podido distinguir más bultos, más luces… aún llevo los puntos, que me los quitan al año de la operación”, explica Inma.

Su meta: querer estudiar

Y, entre medias, a pesar de la situación, su mente estaba en otro mundo, en el de aprender, el de iniciar una etapa diferente. Convencida, “en abril me presenté a las pruebas de acceso. Los profesores me ayudaron a hacer los exámenes con una letra extra grande y todos me animaron mucho”.

Su hijo empezó a pensar en objetos que la pudiesen ayudar a estudiar. En la óptica les hablaron de unas lupas que podían adaptarse a una montura para, así, crear unas gafas especiales. “No ha sido fácil. Me enseñaron a cómo usar estas lupas porque es muy complicado, ya que si te mueves medio milímetro pierdes el enfoque pero, ¡lo conseguí!”. Son las que muestra ahora, feliz, porque son su puerta al mundo.

Las gafas especiales de Inma G.

"Yo quise estudiar siempre, pero me pilló en una edad idiota, te quedas embarazada y haces el tonto. Y siempre pensaba que cuando me jubilase me apuntaría en la UNED", comenta Inma, mientras recuerda toda una vida dedicada a sacar sola sus hijos hacia delante.

"Nosotras tenemos que ser perfectas, las mejores abogadas o periodistas… pero no podemos ser mediocres, y lo somos, porque somos personas"

Superadas las pruebas ahora, que es pensionista, acude al instituto para conseguir su título como Técnica de Igualdad. “Lo quiero, más que nada, por ser algo, por decir soy técnica. Tener un título y decir que lo he conseguido. Quiero aprender. No es titulitis, es que nosotras tenemos más obstáculos. Cuando una mujer decide estudiar tiene que aparcar más cosas que un hombre y te enfrentas a un miedo que ellos no se enfrentan". ¿Cuál?, le pregunto. Responde, directa. "Nosotras tenemos que ser perfectas, las mejores abogadas o periodistas… pero no podemos ser mediocres, y lo somos, porque somos personas. Pero un fallo es nuestra cruz. Nos enfrentamos a tener que demostrar que tenemos una validez de mil".

La importancia del feminismo

Ir a las clases del instituto es su estímulo y su sueño sería poder trabajar, aunque se conforma solo con aprender. Piensa que el destino se lo ha puesto en bandeja, con un centro educativo cerca de casa y con su conciencia feminista de hace años. Justo porque el feminismo es para ella lo que le impulsa a estudiar, a buscar, a debatir y a levantarse de la cama.

"El feminismo ha significado todo en esta recuperación porque era mi única actividad. Formo parte de Stop Vientres de Alquiler. Yo sabía que eso era una vulneración de los derechos de la mujer, pero ahora sé mucho más y es espeluznante. Cuanto más he buscado y leído, más horrorizada me he quedado. Somos un grupo de mujeres que trabajamos en red, no nos conocemos personalmente pero me han ayudado y animado mucho en este tiempo", comenta, mientras reconoce que tantas horas en el ordenador le provocan fatiga ocular, y que "me pican los ojos". Pero ella se empeña en seguir, porque admite que así se siente válida. ¿Estudiar es una forma de hacer justicia contigo misma? “Sí, porque llegas a los cuarenta y de das cuenta de que no hay vuelta atrás, de que perdiste el tiempo y eso duele reconocerlo. Toca solucionarlo".

Si algo le ha enseñado el feminismo es que aquel abandono de los estudios tan joven no fue solo cosa de ella, sino de las circunstancias que como mujer le tocó vivir. Para Inma, “el feminismo me alivia en parte, me da fuerzas y siento que mi caso es solo una gota de agua en el océano cuando veo otros. Y pienso que si muchas de esas mujeres que han vivido atrocidades han salido hacia delante, ¿por qué no voy a conseguirlo yo? El feminismo te duele porque ves las injusticias pero conoces mujeres maravillosas y fuertes, y que te arrastran hacia arriba y no puedes parar de subir”.

Minutos antes de iniciar esta nueva etapa, recuerda los momentos más duros: aprender a ver, aprender a leer, el tratamiento psicológico o los ansiolíticos para aliviar el dolor. Ha superado aquellos días y no quiere recordar más el pasado.

Da gracias a la sanidad pública y a sus profesionales. A cualquier persona que pueda pasar por lo mismo solo le puede decir que siga hacia delante. “Que la fuerza está dentro, y aunque esté ciega o sorda, eres tú, estás viva y con tu gente”, responde, con una energía explosiva que condensa en cada palabra. Confiesa que solo le queda superar un temor: viajar en coche, pero también que no le tiene miedo a nada más, ni a la enfermedad.

Son las cinco y termina nuestra charla. Después de tres años del accidente, y treinta y seis años sin estudiar, Inma camina hacia su primer día de instituto. Con ella, su pequeña mochila y su libreta, su 33% de visión del ojo derecho y el 0% en el ojo izquierdo, sus gafas de lupa con las que devorar lecturas, y una mirada violeta que le permite comprender mejor el mundo. Con ganas, y sin miedo.

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