Galicia era una fiesta
De las aldeas a las villas y a las ciudades, de la montaña y del río hasta el mar, las ferias y verbenas populares de Galicia también sirven para explicar la idiosincrasia del país.

Lois Pérez / Luzes
-Actualizado a
Como en una tragedia griega, nuestro país suele tener un héroe trágico con un destino ineludible. ¿Quiénes somos nosotros en esta fiesta? ¿El coro que comenta la acción o el chivo expiatorio, los dioses o el destino? Arde el país y no dejamos de arder nosotros. De las aldeas a las villas y a las ciudades, de la montaña y del río hasta el mar, las fiestas también nos explican. De la sesión vermú a la verbena, nos sumergimos en la idiosincrasia de alguna de ellas. ¡Rá-fa-ga!
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"Fiestas… La cosa ha cambiado mucho. El San Froilán es después. Ya es otra comedia. Pero en el verano, en tiempos, las recorríamos todas: Viveiro, Ribadeo, Foz, Mondoñedo, Burela, Castro… Bretoña, que los de fuera ya se habían marchado… Y el San Ramón en Vilalba, para coronar. Pero siempre me acuerdo de la de O Cádavo. Yo aún no tenía carné de conducir, había que portarse bien para ir desde Meira y que te llevaran los que ya tenían carné. La de O Cádavo era célebre: fiesta, verbena, fuego y ahí, hacia las cuatro de la mañana, en la plaza, los del pueblo traían dos vacas, las ordeñaban en un par de calderos y les echaban un par de botellas de Peppermint por encima en la leche y nada más. Ni vasos de tubo ni hostias, del caldero directamente a la boca. Y al carajo, puro comunismo", me explica un buen amigo mío recordando los primeros 80, al comentarle mi compromiso de escribir un reportaje sobre las fiestas para Luzes. Amigo del que no revelaremos el nombre, porque el Puskas es un chico modesto a quien nunca le gustó trascender. Peppermint. Curioso, pienso. El poeta Ismael Ramos me habló en 2022 de una costumbre idéntica en la zona de Bueu (Pontevedra). Leche y licor de menta para cerrar la fiesta.
Cuanta Malandrómeda en el tema Bótalle caldo: "Chegamos a tempo po vermú / Na cantina non collía unha vara de bambú / Alí estaba a familia toda / Levaban roendo hai máis dunha hora / Saúdos, apertas, bicos ás señoras / Esta ronda está paga, que boten por fóra! / Vai un pasodoble e outra de Shakira / E racho coa festa toda nun vira-vira / Boteille unha peza a cada unha das miñas tías / Unha chea que non me lambía /Con tanto martini vou coller cagarría". ["Llegamos a tiempo para el vermú / En la cantina no cabía una vara de bambú / Allí estaba toda la familia / Llevaban royendo hay más de una hora / Saludos, abrazos, besos a las señoras / Esta ronda está pagada, ¡que echen por fuera! / Va un pasodoble y otra de Shakira / Y rompo con la fiesta todo en un vira-vira / Eché una pieza con cada una de mis tías / Un empacho que no me relamía / Con tanto Martini voy a coger cagalera"].
Arde Galicia
En la Mariña Lucense, en San Cibrao, es viernes 7 de agosto. El país arde por Ourense y me lloran los ojos por el humo. Restos de ceniza sobre los coches, incluso aquí. Pero es víspera del día grande de la Festa da Maruxaina y, volviendo de la Feria del Libro de A Coruña, decidí apostar todas las fichas al trabajo de campo. ¿Qué sé yo de la fiesta?
Al permitir excesos, la fiesta supone una vía de escape para las tensiones colectivas –y las individuales– restableciendo el equilibrio social.
Descendamos a lo concreto para desvelar lo general. Sé que a pesar de que un porcentaje significativo de las fiestas del país tienen algún origen devoto de santos y vírgenes, u obedecen a otras liturgias religiosas, la de la Maruxaina, por ejemplo, tiene un origen pagano –es cierto que se hizo por primera vez con el dinero que había sobrado de las fiestas del Carmen–. En el 85, una cuadrilla en la que estaban el Tomás y la María Luísa, el Tino y la Amparito y algunas otras amigas y amigos, le dieron forma a una fiesta que se basa en la leyenda del mismo nombre. Una sirena homérica que se esconde en el islote de los Farallóns, allá adelante del espigón de la villa mariñana, ya en el mar. Para algunos, una diosa; para otros, una malnacida. Habían pensado en bajarla por el cauce del río Cobo al modo de una sirena, pero aquello presentaba complicaciones logísticas. Cada año desde entonces, los marineros la van a buscar a medianoche en una chalana y la traen a la plaza de la villa, donde es juzgada. Pero cada año, vuelve a ser absuelta del fuego. El veredicto se saluda entonces con queimada.
Sostiene Mijail Batjin en A cultura popular na Idade Media e o Renacemento: O contexto de François Rabelais –libro que me recomendó Antonio Reigosa hace diez años–, que las fiestas no son solo momentos de descontrol, sino rituales que suministran cohesión social (es cierto que esta garantía puede ser oscilatoria en lo que la piezas dentales se refiere). Al permitir excesos (comilonas, borracheras, desinhibición verbal y corporal), la fiesta supone una vía de escape para las tensiones colectivas –y las individuales–, restableciendo el equilibrio social. Bajtín ve en ellas una forma de resistencia cultural frente a la uniformidad impuesta por las élites, preservando la vitalidad de la cultura popular.
Excesos
El amanecer del sábado hizo desaparecer la humareda y la mañana del día grande avanza entre los paseos de los mayores haciéndole sitio a los posibles excesos, y las cuadrillas de jóvenes acarreando brebajes y viandas en carros de supermercado para los excesos seguros, camino de la plaza de Os Campos, uno de los centros neurálgicos de la sesión vermú. Allí ultiman los detalles los integrantes de la Charanga Os Celtas, de Negreira (A Coruña). Trabajan la sección entera de metales con la batería sosteniendo del conjunto: "La charanga comenzó hace 30 años, muchos de nosotros llevamos casi la mitad. Somos todos colegas de la zona, tenemos esto para pasárnoslo bien. Nos movemos más por la costa de A Coruña. Tenemos un repertorio variado: pasodobles, cumbias para gente de más edad y luego para los jóvenes, temas más movidos cómo el de la Potra. Sobre la indumentaria, ese tema lo llevo yo". Y sí: camisa hawaiana con fantasía de azules y flamencos en rosa, bermudas blancas indistintamente entre piernas depiladas o cañotos y alegres deportivas a juego. Gafas de sol para no mostrar todas las cartas. Licor de caña, Ducados, noches largas, poco sueño. El bombo transparente, lleno de billetes de otros tantos éxitos en fiestas que ya no importan. "A lo largo del año hacemos sobre 80 o 90". Le pregunto a Manuel si la formación es estable o pierde efectivos durante la celebración y responde sin dudar: "Si la fiesta es buena, te pierdes".
"El chollo es duro pero yo lo llevo bien. El público es variado. Hay gente muy educada y otra que... Alguno tendría que trabajar aquí un tiempo" (Manuel, trabajador de una pulpería)
La lengua de arena de las playas de O Torno y Cubelas, que separa la zona más nueva del centro de la villa del casco viejo de la pequeña península, está llena de cuadrillas de chicas y chicos adolescentes. Muestran las trenzas y los peinados, se pintan nombres y lemas en el cuerpo. En los dos bares del muelle, rumor de gaitas en la sede antes de confluir de nuevo hacia la plaza dos Campos. De camino, luce imperial el toldo azul del Restaurante O Muíño de Melide. Instalaron una carpa frente a la estatua de la Maruxaina en la playa de O Torno para trabajar en la fiesta. Otro Manuel, un camarero jovencito gobernando el churrasco en la parrilla –el cochino conquista el mar–, dice que el pulpo es el plato estrella. "Nuestro jefe fue el mejor polbeiro de Galicia. Aquí estamos bien. Las condiciones están bien, tenía que haber nacido en casa buena, pero... estoy contento. A mí me gusta especialmente la rapa de Friol, es una de mis favoritas. El chollo es duro pero yo lo llevo bien. Hoy estamos también en Mondoñedo, en Alfoz haciendo la Festa do Castelo. El público es variado. Hay gente muy educada y otra que... Alguno tendría que trabajar un tiempo aquí". Churrasco, niebla fértil, humareda grasienta que abriga la estatua muda de Ánxel Fole en la fiesta del Arde Lucus –perteneciente a la gama de las inciertas fiestas históricas, reflejadas con humor en Tras do ceo, la última novela de Manuel Rivas–. Churrasco, niebla fértil, humareda grasienta que en la Moexmu de Muimenta, en Cospeito (Lugo), abriga en incomparable estampa las figuras de los políticos locales en lo alto del palco a la hora del discurso.
Unos chicos subsaharianos venden chapas con lemas de dudosa corrección política y, en la disposición geográfica de los festeiros, cierta brecha generacional: en la plaza, lleno a reventar, la Louband Street Band y Os Atrevidos tocan los éxitos del momento. La temperatura sube. El baile, aún casual, exploratorio. No es el agarradiño de las parejas en los torreiros para agarrarse sin tanto bailar en las carballeiras. Eso que contaba Lamas Carvajal en O catecismo do labrego; los que buscan más tranquilidad, en la calle de O Torno, paralela a la plaza. Y los apátridas vamos de una a otra buscando lo que... Hay cestas con embutidos e improvisadas selecciones de vinos. Animado por la música más tropical, un senador provincial bate palmas en soledad en el lateral de una barra exterior. Canta Ángel Stanich: "Tu amor no arde, sólo escupe fuego". "En la [sesión] vermú vas por el aire; en la verbena vas por el suelo", me explicará Samuel, un chico de 22 años que lleva un par de ellos viniendo a la fiesta. Alpargatas azules, vaqueros viejos remangados en los bajos, camisa de cuadros, paño en el regazo y gorra de paisano. Reparo en que lleva una botella de cerveza de repuesto en el bolsillo trasero del pantalón.
Vuelvo a la canción del Jevi. Y al caldo. La pregunta es: ¿concentrado o limpio?
La experiencia de la fiesta sintetizada en una jornada, como esta de la Maruxaina, en una villa de A Mariña, tiene una intensidad distinta a la de una ciudad. La experiencia del San Froilán es más demorada, en general. La suspensión de nuestros roles habituales como ciudadanos no es tan abrupta. Pero aquí el pacto de tregua en la interpretación de nuestro ser social es más evidente. Pienso: la fiesta nos iguala. Pienso: es plural. Pienso: ¿Qué es lo que guía el ritual? Pienso: no he sacado dinero. La fiesta es ahora y no se alterna con otros ámbitos a lo largo del día. Cada minuto cuenta. Yergo la vista y veo al fondo de la plaza un modesto enunciado de la fantasía infantil: un inmenso castillo hinchable de Bob Esponja, Patricio y Calamardo. Detrás, en la lejanía, la amenaza adulta: la gigantesca chimenea de Alcoa. El peligro de la mayor piscina de lodos tóxicos de España. ¿La fiesta es pulsión de autodestrucción que nos habita? ¿O es supervivencia?
"Hoy cuando acabe la fiesta, recogemos todo para dejarle sitio a los de las orquestas de la noche. Tenemos 15 atracciones, entre hinchables y puestos. Es un trabajo durísimo y te tiene que gustar, pero es lo que he mamado desde pequeño" ( Jose, feriante)
Jose nació en A Coruña en el seno de una familia gitana, de tradición feriante, sus abuelos ya eran barraquistas. En compañía de su mujer, de su hermano y de su primo ha venido hoy muy temprano a San Cibrao y explica: "Hacemos 15 e fiestas durante el verano. El resto del año trabajo de camionero. Hoy cuando termine, recogeremos todo para dejarles sitio a los de las orquestas de la noche, acabaremos a las cuatro de la mañana, descansaremos lo que se pueda y arrancaremos hacia Ordes (A Coruña), que hay otra mañana. Tenemos 15 atracciones, entre hinchables y puestos. Es un trabajo durísimo y te tiene que gustar, pero es lo que he mamado desde pequeño".
Playa
En las primeras horas de la tarde la fiesta nos escupe a la playa, a los toldos familiares y de las cuadrillas. "Hay que ir despacio, enloquecéis mucho". "No te preocupes, mamá. Me voy a portar cómo si me estuvieras viendo". "Es trabajo empírico". El aprovisionamiento y el alivio del abrigo familiar delante del monumento a una mina de la II Guerra Mundial. Llegó a la playa de San Cibrao con las mareas fuertes de diciembre del 65. En los setenta, el mar trajo también una partida de congeladores. Pienso en los peligros del marco analítico mientras contemplo una escena vomitada de Delacroix: los músicos tocan delante de la bomba con una líder maruxaina con paño en la cabeza. La libertad guiando al pueblo.
¿Hasta donde podemos gobernar la fiesta? ¿Podemos controlarla? Es como un ecosistema, como cualquier sociedad. Porque una bandada de estorninos no son solo muchos pájaros volando. No son solo una suma de individuos. Es una inteligencia colectiva regida por reglas sencillas en un sistema complejo. Mientras el marco analítico es esa manera de pensar que pretende resolver lo complejo de la realidad social y política mediante el análisis de expertos y la aplicación de recetas; en el peor de los casos, vendiendo odio, miedo, mano dura e ignorancia. Pero la realidad es otra: tensiones continuas, peligros y amenazas de resultado incierto que debemos navegar con la participación democrática.
La verdadera fiesta nos interpela. Porque algo complicado es diferente de algo complejo; lo complicado puede tener muchas partes pero su funcionamiento puede llegar a predecirse. Lo complejo –un ecosistema, una sociedad, un país devorado por el fuego– evoluciona y se transforma. Se generan en él comportamientos que brotan de nuestra interacción y no pueden pronosticarse. Al anochecer, la plaza del Museo do Mar es un hervidero. ¿Qué es lo que guía todo esto? ¿Hacia dónde vamos? Los puestos de carne a la parrilla de la calle principal repletos y las sombras de parejas que se escurren por los callejones del casco viejo camino de la promesa de placer de la playa del Penal, mientras se acerca la hora del juicio de la Maruxaina. ¿Que fiesta es más grande? ¿La de la ciudad? ¿La de una villa? ¿O la de una aldea? Entro en el bar Maruxaina y voy a los baños. Hay tres puertas. Una del baño de mujeres. Otra del de hombres. Abro la tercera y entro en esa oscuridad.
Incendios
Recuerdo la conversación con Xan de Vilar, músico, en su casa de Quiroga hace dos años, hablando de las fiestas que hacía en O Vilar y de su vida en el corazón de O Courel desde 1942, emocionado y desolado pero sereno, después del incendio donde lo perdió todo, su día D, cuando perdió entre el fuego casi toda su vida y parte de su memoria: sus trajes hechos a mano, incluidos varios que había heredado de su padre, los gafas alemanas que tanto le gustaban, el reloj precioso, gaitas –una Seivane entre ellas–, saxos, clarinetes y hasta 20 instrumentos, pero sobre todo la posibilidad del paraíso que tenía la forma de una aldea "que llegamos a ser 76 en el año 54", y en la que él pasó varios años solo, y "el souto [castañar], el souto más bonito de O Courel, porque allí no hay dos castaños iguales". "A mí me gustan las fiestas buenas, las pequeñitas, que las grandes nunca me gustaron".
Aquel día me habló de los guardias civiles que no le dejaban hacer su fiesta con músicos y guirnaldas y del viaje en la yegua a Seoane para pedir permiso al alcalde, que se lo dio, "para la fiesta y también para fuegos hasta bien tarde, y dije: ¡que he de ir a cargar un Land Rover lleno de fuegos a Monforte!". Me contó, con los ojos aun encofrados entre el miedo y la tristeza, que O Courel más hermoso que vio nunca es el del mayo de las flores, "cuando el cerezo está en flor y viene el cuco a dar una vuelta". La pareja de la Guardia Civil subió a O Vilar la noche de la fiesta aquella por ver de fastidiar. "Pero le di aviso a míos tíos, los de las dos tabernas, que a esos dos no se les daba de cenar. ¡Iban cenar por el carajo! Se fueron rabiosos a las dos de la mañana. Otras dos horas a pie para volver". Esa sí que debió ser una gran fiesta.
Salgo de esa oscuridad del baño a las fiestas del San Ramón de Vilalba, tres semanas después. La [Terra] Chá. Este año no hay sesión vermú el sábado pero gente, la hay igual. Suena Mentireira, el hit de Grupo Ráfaga, y pienso en GranPurismo, el rapero ourensano emigrado a Suiza que reveló una polaroid de su aldea en su hit impresionista Pardeconde: “Xa verás cando chegan festas do San Pedro / e as orquestas e os gitanos que venden enredos / xuntaranse todos os vellos e os nenos / e os da comisión pasan para pedir po peto / e ten cuidado si a túa moza baila / que aquí roubámosche a cadela coma o cura en Niñodaiga / eiquí celebran festas por todo e por nada / pero tés dereito a telas se traballas, rapaz / O conxuro recitado polo Amado / e todos van a barra coma un raio / que esta festa éche súper-fertil do carallo / se contas nove meses moitos nacemos en maio" ["Ya verás cuando llegan fiestas de San Pedro / y las orquestas y los gitanos que venden enredos / se juntarán todos los viejos y los niños / y los de la comisión pasan para pedir para la caja / y ten cuidado si tu chica baila / que aquí te robamos la perrita como el cura en Niñodaiga / aquí celebran fiestas por todo y por nada / pero tienes derecho a tenerlas sio trabajas, rapaz / El conjuro recitado por el Amado / y todos van la barra como un rayo / que esta fiesta es súper-fertil del carajo / si cuentas nueve meses muchos nacemos en mayo"].
La narrativa de lo viejo se funde en la pretendida modernidad. Pero aun no se ha superado el atractivo de los petardos, pienso, mientras me zumban los oídos por un súper-fallero que ha explotado muy cerca. Entre ellos, la apariencia la domina la camisa blanca, el pantalón color crema y las deportivas con variaciones hacia el traje o versiones más informales. Las mujeres lucen modelo distinto según sea la vermú o la verbena. Las barracas, situadas detrás del campo de fútbol viejo, algo más adelante del mural gigante de Agustín Fernández Paz, dejan un relato entre futurista y distópico: el barco vikingo con jaulas metálicas, la nave de la odisea espacial de Bowie, los coches de choque... Detrás, los edificios de viviendas de tres y cuatro pisos bajo la ligera llovizna que anuncia el fin del verano. La realidad chirría entre las carcajadas infantes que aún no sospechan de la imposibilidad. De madrugada, la verbena. La ilusión de la fuga que late delante del palco. De espaldas, a escasos metros, el busto de Fraga. No es la primera vez que lo arrojan al río. Nunca será la última. La selección musical deriva de un nivel notable de hits gallegos, estatales e internacionales de los 70 y 80, a un murmullo que no soy capaz de descifrar.
Antes de ser devorado por la fiesta, recuerdo otra. La de Celeiro, en Viveiro (Lugo). Hablaba el padre de Suso de dos ciegos que andaban a hostias en una filateira delante del palco. No había quien los parara. Entonces fue el hijo del Pancho y se lo dijo, dócil: "¡Qué haces, ho! ¡Guarda la navaja!". No hizo falta más.







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