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Juan Ignacio Codina "El antitaurinismo es una corriente histórica y cultural, una seña de identidad de España"

El historiador y periodista Juan Ignacio Codina recoge en su libro 'Pan y Toros' los posicionamientos contra la barbarie taurina de pensadores, científicos y artistas como Jovellanos, Goya, Quevedo, Ramón y Cajal o Joaquín Costa, una corriente de pensamiento que arranca en el siglo XIII con Alfonso X el Sabio.

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Juan Ignacio Codina, este jueves en la presentación de su libro 'Pan y toros. Breve historia del pensamiento antitaurino español' en la Librería Antígona de Zaragoza. E.B.

“Son infamados los que lidian con bestias bravas por dineros que les dan”, señala la cuarta ley de los infamados de Las Partidas de Alfonso X El sabio, el que se considera como primer texto antitaurino de la historia de lo que hoy es España, con el que el rey castellano metía a los toreros en el mismo saco que a los proxenetas, los usureros y los estafadores (“el caballero que (…) arrendase heredades ajenas en manera de merca”).

Este pasaje de la norma, promulgada en el siglo XIII y que excluía considerar infame a quien “lidiase (…) con bestia brava por probar su fuerza”, es una de las principales aportaciones que el historiador y periodista Juan Ignacio Codina hace en su libro Pan y toros. Breve historia del pensamiento antitaurino español, editado por Plaza y Valdés, prologado por Silvia Barquero, presidenta del Pacma hasta su reciente relevo por Laura Duarte, y que este jueves presentó él mismo en la librería Antígona, en Zaragoza.

La obra, un recorrido por el extenso pensamiento antitaurino español, tiene su origen en la tesis doctoral de Historia Contemporánea que Codina, que hace unos meses invitó a Felipe VI a asistir a una protesta antitaurina y recordó a Pedro Sánchez la posición radicalmente opuesta a las corridas de toros de los fundadores de su partido, defendió el año pasado en la Universidad de Baleares.

“En 2015 observé cómo desde sectores taurinos comenzaban a insistir, de manera organizada, en que el antitaurinismo era una moda”, explica, lo que le llevó a plantear esa cuestión como punto de partida para su trabajo. Sin embargo, anota, “cuando empecé a investigar vi que no solo no es una moda sino que se trata de una corriente histórica, de una seña de identidad española que ha sido silenciada debajo de una alfombra”. Hasta tal punto, ironiza, que “si pones hoy en Twitter las palabras que dictó Alfonso X te envían a la Policía”.

Ramón y Cajal, los autores religiosos y la crueldad

Codina destaca cómo a lo largo de la historia han permanecido invariables cuatro argumentos antitaurinos que sigue vigentes hoy en día. “Uno es la mala imagen que España proyecta al exterior con la barbarie de los toros”, señala, y otro, “que viene repitiéndose desde el siglo XVI, son las críticas al uso de dinero público para fomentar los espectáculos taurinos”.

La tesis de la crueldad gratuita con los animales que suponen las prácticas taurinas está documentada desde, al menos, el año 1513, cuando el agrónomo y escritor Gabriel Alonso de Herrera dejó escrito que “no alcanzo a saber qué placer se puede haber de matar a lanzadas y cuchilladas a una res de quien ningún mal se espera”, tal y como recoge la Revista de Estudios Taurinos.

Esa oposición a la aplicación festiva de la crueldad con los animales llevó en el renacimiento a que “autores religiosos denunciaran la tauromaquia por el dolor que causa al toro, como ocurrió con Tomás de Villanova o con Fray Hernando de Talavera, confesor de los reyes católicos”, explica Codina, que incluye entre los antitaurinos al científico español Santiago Ramón y Cajal, galardonado con el premio Nobel de Medicina en 1906 por sus trabajos sobre la estructura del sistema nervioso”.

“Ramón y Cajal era un antitaurino convencido que se dio cuenta de que los animales tienen terminaciones nerviosas como los hombres y sufren igual que ellos”, anota el historiador, que recoge en su libro esta cita de las “Charlas de café” del científico oscense: “Para curar a nuestro pueblo de los funestos vicios de la lotería, del flamenquismo y de las crueles corridas de toros, ¿no podría hallarse algún sustitutivo decente?”.

Unamuno, Azorín, Baroja y el ‘mainstream’

El escritor valenciano Vicente Blasco Ibáñez incluyó en sus obras referencias al cuarto de los argumentos antitaurinos seculares, que se centra en “el embrutecimiento social que genera la tauromaquia”, señala Codina. Ese argumento, que llevaba más de un siglo vigente y que sigue siendo utilizado hoy por los antitaurinos, estuvo bastante extendido entre la Generación del 98, de la que formaban parte autores como Miguel de Unamuno (“no creo que trajera trastornos de ninguna clase la supresión de las corridas, y sí muchos beneficios”), Azorín (“asistimos en estos tiempos a un renacimiento de la barbarie taurina”) y Pío Baroja (“veía una cosa mezquina y sucia, de cobardía y de intestinos”).

Esos posicionamientos tendrían continuidad años después con otros como el de Juan Ramón Jiménez, que escribió que “nunca sentí piedad por un torero y hasta pensé, a veces, que era buena su muerte por el pobre toro traicionado”.

Esas posiciones, sin embargo, son, como las que mostraron ilustrados como José de Cadalso o Melchor Gaspar de Jovellanos, cualquier cosa menos mainstream, ya que resultan desconocidas para la gran mayoría de la sociedad. “Se ha producido un fenómeno de apropiación de muchos autores”, indica Codina, que resalta la emergencia de los antitaurinos en “movimientos de apertura y de regeneración como ocurrió con la ilustración, en el 98 e, incluso, en la transición. Cada vez que ha habido en España un movimiento de este tipo los toros han sido señalados”, ya que “la tauromaquia tiene un vínculo con lo reaccionario, con los contrarios a que haya progreso”.

En este sentido, añade, el título del libro “viene del pan y circo romano, con aquella tradición de tener entretenido al pueblo con espectáculos bárbaros, no se le vaya a ocurrir ponerse a pensar”.

Quevedo, Goya y el fracaso comercial de 'La tauromaquia'

Esa difuminación del pensamiento antitaurino ya se daba siglos antes, como indica la escasa difusión de los vínculos que tuvieron con esas tesis dos clásicos como el poeta Francisco de Quevedo y el pintor Francisco de Goya, dos reformistas que rompieron esquemas con sus posiciones en torno a la injusticia de las leyes y su aplicación en los tribunales, el primero, y frente a la violencia machista o la igualdad de género, el segundo.

“Hagan paces las capas con el toro”, escribió el poeta en su Epístola satírica y censoria contra las costumbres presentes de los castellanos, en la que ironizaba sobre la figura del torero con estas palabras: “pretende el alentado joven gloria / por dejar la vacada sin marido”.

“Quevedo fue un reformista que señaló la tauromaquia como una de las lacras que impedían el desarrollo del país”, indica Codina, que añade que Goya, por su parte, “subrayó en sus obras sobre los toros lo más oscuro, grotesco y bárbaro” del espectáculo.

La figura de Goya resulta para el historiador paradigmática de la apropiación de los autores críticos por el mundo del toro. “Ninguna de las cuatro series que dedicó a la tauromaquia se vendió, fueron un fracaso comercial porque los taurinos veían en esas imágenes su propia violencia”, indica.

Sin embargo, el pintor aragonés sigue anclado en el imaginario colectivo como alguien que ensalzó el toreo. “Nadie en su sano juicio puede decir que Goya era taurino. Sería como decir que era belicista porque pintó ‘Los desastres de la guerra”, añade.

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