La lucha inquilina tiene rostro de mujer: "Son ellas las que acuden a las asambleas a contar sus historias cuando enfrentan un desahucio"
Según Provivienda, un tercio de los hogares que tienen como sustentadora principal a una mujer quedan bajo el umbral de la pobreza tras pagar los gastos del alquiler, frente al 25% de los encabezados por hombres.

Madrid--Actualizado a
Ruth Galán, inquilina en lucha y miembro del Sindicato de Inquilinas de Madrid, tuvo que mudarse desde Fuenlabrada al pueblo madrileño de Casarrubuelos en enero de 2014 cuando vio que le era imposible asumir los precios de su vivienda. En aquel momento pagaba 600 euros por un piso de dos habitaciones muy antiguo. El cambio de residencia parecía que le posibilitaría, a ella y a su pequeño de ocho años, llevar una vida algo más desahogada. Sin embargo, tras entrar en un piso de alquiler que acabó adquiriendo la Sareb, no ha hecho más que enfrentar toda suerte de sinsabores. “Cuando el banco malo se hizo con la propiedad del edificio en enero de 2022, en vez de mandarme un borrador del nuevo contrato de alquiler, solicitó un desahucio al año siguiente para poder tomar posesión de mi vivienda”, recuerda con terror. Lleva años esperando, junto con muchas de sus vecinas, un contrato “que siempre prometen pero nunca llega”.
Ruth Galán: En vez de mandarme un borrador del nuevo contrato de alquiler, la Sareb solicitó un desahucio al año siguiente
Las que sí han conseguido firmarlo se han encontrado innumerables clausulas abusivas e ilegales que se asemejan más a las impuestas por los fondos buitre que por una empresa de vivienda social. Tras varios años de infierno, describe, “ningún abogado quería representarme al conocer quién era mi casero, así que la única manera que tenía de salir adelante era a través de la organización colectiva”. En febrero del año pasado dio con el Sindicato de Inquilinas: “En una reunión de otra asociación apareció un compañero que militaba en el Sindicato y llevaba la camiseta naranja de la organización”, recuerda.
Desde entonces, acude religiosamente a todas las asambleas que se celebran en el nodo sur del sindicato. Lo hace tanto para luchar contra la especulación como para ayudar a otras compañeras en situaciones como la suya. “Al final si eres mujer, con lo que todo eso acarrea en la sociedad machista en la que vivimos, si encima eres una mamá separada o no tienes una cobertura familiar que te eche una mano, la situación de precariedad habitacional se te hace insostenible”, señala.
Galán: Si no tienes una cobertura familiar que te eche una mano, la situación de precariedad habitacional se te hace insostenible
La presencia abrumadora de mujeres (en su vasta mayoría madres solas, migrantes, con precariedad laboral) como Ruth en las asambleas de vivienda evidencia que la crisis de la vivienda tiene rostro de mujer. En ellas impacta de manera mucho más severa la emergencia habitacional, tal y como reflejan las estadísticas de Provivienda. Según esta ONG, un tercio de los hogares que tienen como sustentadora principal a una mujer se quedan bajo el umbral de la pobreza tras pagar los gastos de la vivienda, frente al 25% de los encabezados por hombres. Es decir, seis puntos por encima de los sustentados por hombres. Asimismo, como revela su Observatorio de Vivienda Asequible, las mujeres solas con hijos a cargo son las más afectadas por el elevado gasto en vivienda.
Los trabajos más precarios y con salarios inferiores están desempeñados mayoritariamente por mujeres, sobre todo en el sector de los cuidados y la limpieza. De igual modo, son ellas quienes sufren mayores tasas de paro y cobran pensiones más bajas. Todo esto hace que, en caso de sobrevenirse una emergencia habitacional, ellas dispongan de menos recursos para afrontar cualquier subida desproporcionada del alquiler. Edwin Velasco forma parte del grupo de trabajo antirracista del Sindicato de Inquilinas de Madrid. Desde hace varios años, esta organización lleva poniendo en práctica distintas estrategias de lucha desde una mirada interseccional.
“Vimos en las asambleas que muchas personas nos comentaban problemáticas que tenían como el subarriendo, precisamente porque a muchas personas, mujeres migrantes en su mayoría, no les alquilaban siquiera por no tener una documentación o no tener un contrato de trabajo legal. También detectamos una gran cantidad de estafas que afectan sobre todo a las mujeres solas”, cuenta el sindicalista a este medio.
Edwin Velasco: No les alquilaban siquiera por no tener una documentación o no tener un contrato de trabajo legal
Velasco hace referencia a un término poco conocido pero muy extendido actualmente como es el machismo inmobiliario, es decir, discriminaciones por género a la hora de alquilar una vivienda. “A muchas mujeres solas con hijos a cargo no las alquilan porque piensan que no van a pagarles el alquiler o que seguramente se van a quedar sin trabajo y esto se complejiza muchísimo más cuando eres una mujer migrante”, asegura. Además, explica, las condiciones del alquiler son significativamente peores en los hogares monomarentales: “Nos hemos encontrado muchas infraviviendas o casos de mujeres migrantes que están a lo mejor con sus dos hijas en una habitación súper pequeña o en un estado insalubre”, esgrime.
Las mujeres mayores que han quedado viudas, que trabajaron de forma no remunerada como amas de casa o que cobraron salarios precarios cuentan con pensiones tan bajas que apenas alcanzan para asumir alquileres medios. Menos todavía las subidas desproporcionadas de la renta que ahora exigen muchos fondos de inversión. El libro de la antropóloga social Irene Sabaté Un lugar donde volver. Mujeres en lucha por una habitación propia (Bellaterra, 2024) visibiliza esta realidad: la obra describe la feminización de la crisis habitacional al interseccionar “la opresión patriarcal y la injusticia habitacional” a través de las historias de muchas mujeres.
Poner el cuerpo contra los desahucios y tejer redes sororas
Como exhibe la obra de Sabaté, esta circunstancia ha hecho que sean las mujeres migrantes las que actualmente estén llevando la batuta de la luchas en los sindicatos y organizaciones de vivienda. De hecho, el nacimiento de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) está íntimamente ligado a la organización de las mujeres ecuatorianas. Muchas en contextos de precariedad han encontrado en estas asambleas de vivienda espacios seguros de escucha, cuidados colectivos y empoderamiento feminista.
Sus conflictos han dejado de ser individuales para formar parte de una lucha común y compartida a través de redes de solidaridad. En muchas familias, son ellas las que acuden a las asambleas a contar sus historias, ya que sus maridos sienten vergüenza y sensación de fracaso ante este tipo de crisis. También son las que ponen el cuerpo cuando salen a las calles a manifestarse contra la especulación inmobiliaria. “El tema de la vivienda es algo que para las mujeres separadas y con niños a cargo se hace muy difícil, por no decirte imposible. Entonces, es muy empoderante sentir el arrope y ver que somos una familia, que tenemos fuerza, y poder compartir los triunfos con las compañeras todas las semanas”, destaca Galán con orgullo.
Galán: Es muy empoderante sentir el arrope y ver que somos una familia, que tenemos fuerza, y poder compartir los triunfos
La periodista y cineasta Georgina Cisquella entró en contacto con la lucha de las mujeres por la vivienda cuando desarrolló su documental ¿Dónde vamos a vivir? Mujeres contra el desahucio, que une feminismo y vivienda. Para elaborarlo acudió durante tres años a distintas asambleas de vivienda en la Eko de Carabanchel, un espacio autogestionado donde confluyen numerosas asociaciones feministas, ecologistas y de vivienda del barrio. En el proceso de elaboración pudo conocer de primera mano los vínculos de sororidad que se gestan en los movimientos protagonizados por mujeres.
“Se crea todo un tejido que de alguna manera también supone un apoyo emocional para superar lo que están viviendo. A lo mejor son años en los que están pendientes de un desahucio, siempre viviendo con incertidumbre. Por el camino se fraguan amistades y se crean relaciones de apoyo mutuo”, cuenta la periodista. Incluso teniendo pareja, las mujeres se encargan de encarar los problemas que suceden dentro del hogar, trasladan su situación en los encuentros de inquilinas, buscan solidaridad y finalmente pierden el miedo a sus caseros.
En las asambleas es habitual ver a madres solas con sus criaturas puesto que muchas no disponen de ayuda en la crianza. Por eso, espacios como la Eko han habilitado una zona con juguetes para que los pequeños puedan entretenerse mientras sus madres están reunidas. En otras organizaciones se reparten los cuidados de los niños entre varios militantes para que ellas puedan intervenir tranquilamente en los debates.
De temer a los caseros a liderar movimientos sociales
Gracias a la participación activa, muchas han logrado convertir su soledad en rabia transformadora y ahora lideran masivamente estos movimientos. La mayoría no disponían de formación política previa ni tenían experiencia militante. “Las mujeres que contaban con muy pocos estudios tenían miedo a exponerse inicialmente, por ejemplo llevando una pancarta en la cabecera o sosteniendo un megáfono, sobre todo las que están en situación administrativa irregular. Ahora se están constituyendo grupos de afectados por fondos buitres y grandes inmobiliarias, porque viven en pisos de la Sareb, de La Caixa, los de Blackstone y ahí se juntan para hacer un frente de lucha”, relata Cisquella.
Cuando rememora los días del rodaje, dice admirar profundamente a quienes llevan acudiendo casi diez años “a escuchar lo que cuentan otras e intentar orientarlas”. Le sorprendió conocer que algunas, después de tantos años de militancia, saben más sobre procedimientos legales que muchos abogados de oficio, “porque ya han pasado por muchos casos similares”. Velasco, por su parte, celebra la diversidad que inunda hoy los movimientos provivienda: “En el nodo de Latina (Madrid) ves mujeres mayores feministas con otras jóvenes, hay una intergeneracional increíble, una diversidad de nacionalidades y perfiles, y eso es muy relevante porque sabemos que solamente organizadas y juntas podemos avanzar”, destaca el activista.
Comparte su visión Olga Molina, miembro del Sindicato de Vivienda de Tetuán (Madrid). “Gracias a la experiencia de escuchar a mis compañeras sé que si en algún momento tengo que enfrentarme a una propiedad porque me quieran echar de mi casa, voy a tener una red para hacerle frente”, alega. A su juicio, la inclusión y la pluralidad de voces que resuenan en los entornos antirrentistas son clave para que cada vez más gente se sume a estos movimientos sociales. “He visto casos de mujeres que llegaban con un miedo brutal porque estaban al borde del desalojo y todo el mundo con sus comentarios la fueron arropando hasta que consiguieron calmarla”, relata.

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