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Siete alimentos básicos que tú pagas caro y el agricultor cobra barato

La cadena de precios del sector agroalimentario provoca incrementos de precio de hasta el 800% con un peculiar sistema informal controlado por distribuidores e intermediarios en el que el productor apenas se beneficia de las subidas y el consumidor solo compra barato cuando el súper intenta venderle otro género.

Naranjas
El precio de las naranjas se mantiene estable para el consumidor con independencia de que el agricultor gane o pierda dinero al cultivarlas. AlbabyColley, Pixabay

"Los precios de los productos agrarios tienen mucha elasticidad en origen, en el campo, donde pueden sufrir grandes variaciones de una semana a otra, y son muy rígidos y estables en destino, en la tienda", explica Álvaro Areta, técnico de la organización agraria COAG y uno de los responsables del IPOD, el panel de precios con el que esa entidad monitoriza las diferencias entre lo que se le paga a un agricultor o a un ganadero por lo que produce y lo que le cuesta a un consumidor adquirir ese mismo producto, normalmente un alimento de primera necesidad.

Los efectos de ese sistema de precios, junto con otras situaciones como el disparatado volumen de ayudas que se reparten los labradores de sofá, los procesos de uberización que están sacudiendo el sector agrario o la secular falta de atención de las administraciones a la España vaciada, se encuentra en el origen de las protestas iniciadas hace unos días por los agricultores, que han tenido algunos de sus puntos clave en la concentración de Don Benito (Badajoz) y en la movilización de los olivareros jienenses.

Reclaman, entre otros aspectos, quedarse una parte del pastel que ahora se zampan las empresas de distribución y las cadenas de venta para dejar de verse obligados a menudo a vender por debajo de costes una producción por la que el consumidor llega a pagar hasta ocho veces más. "El precio de venta se fija al final de la cadena, con lo que el agricultor se queda a expensas de ese proceso",  explica Areta, que señala cómo "en todos los escalones de la cadena, salvo en el inicial, en el que a veces no queda nada que repartir, se llevan un margen de interés además de cubrir los gastos y con independencia del valor que aporten al producto".

El panel de precios IPOD señala cómo el consumidor lleva una década sin pagar, como media, menos del triple de lo que los alimentos cuestan en el campo y hasta seis veces más.

Es decir, que "los márgenes se disparan por la caída en origen de unos precios que apenas varían en destino", anota.  "Si baja en el súper, me repercute, pero si sube ya veremos qué pasa", ilustra.

El caso del cordero en las últimas navidades sirve como ejemplo. Entre noviembre  y diciembre su precio medio de venta al público pasó de 11,02 a 11,48 euros el kilo mientras en las granjas subía de 3,21 a 3,37. La proporción se mantuvo en el entorno del 340%, pero con un detalle: el ganadero solo recibía 16 de los 46 céntimos que pagaba de más el consumidor, mientras la cadena de venta se quedaba dos tercios del aumento.

E igual de ilustrativa, o más, resulta la evolución de la berenjena el pasado otoño, cuando el precio en el campo caía a menos de la mitad, de los 53 céntimos por kilo de septiembre a los 23 de octubre, mientras la variación era de solo uno, de 1,91 a 1,90 euros, en la tienda. Los márgenes prácticamente se habían triplicado al crecer del 260% al 726% mientras el horticultor pasaba a vender por debajo de costes.
Esas variaciones de precios, en ocasiones provocadas al verse inundado el mercado por género procedente de otros países, como las manzanas chilenas, el tomate holandés o las hortalizas marroquíes, y en otras por las estrategias de las cadenas de supermercados, que tiran los precios de un producto para utilizarlo como ‘gancho’ para atraer clientes a los que venderles otros, condiciona día a día el gasto en alimentación del consumidor, tal y como ejemplifican estos siete productos básicos:

La patata

Hoy se paga por ellas en un supermercado una media de ocho veces lo que recibe el agricultor que las cultiva, aunque el precio final no suele superar 1,20 euros ni bajar de 1,10. "Si hay sobreproducción, el precio cae en origen pero no varía en destino", explica Areta.

La patata es un cultivo "de rotación" que se utiliza para recuperar la tierra después o antes de sembrar en ella determinados productos, lo que conlleva grandes variaciones de la superficie que se dedica a la misma de un año para otro en toda Europa, aunque eso solo le afecta al productor. El ‘plan b’ ante un año de superproducción nunca es bajar los precios de venta para fomentar su consumo y absorber el sobrante.

El tomate

Suele pagarse entre poco menos de tres y algo más de cuatro veces lo que cuesta en el campo, entre 1,70 y 2,40 euros el kilo frente a una horquilla de 60 a 80 céntimos para las variedades de ensalada, aunque también está expuesto, como la mayoría de las hortalizas, a las ‘invasiones’ del mercado por competidores, en este caso de Holanda y de Marruecos. Los primeros hundieron el precio de venta al público a 1,53 en mayo, lo que arrastró hasta los 29 céntimos, por debajo de la mitad, lo que recibían los productores.

"Bajaron el precio artificialmente para echar al tomate español del mercado", indica Areta, justo cuando comenzaba la campaña de venta del género que se cultiva al aire libre (fuera de invernaderos), y varias cadenas de supermercados entraron al trapo.

El brócoli

Su precio de venta al público se multiplicaba el mes pasado por más de siete, con un margen de beneficios de más del 600% para la cadena de venta, en una relación de 2,90 euros por cada kilo de 41 céntimos. "No es una campaña horrible para el productor, aunque este año resulta llamativo lo caro que se está vendiendo en destino, ya que su precio suele estar entre los 2,10 y los 2,20 euros", apunta el técnico de COAG, que desconoce los motivos de ese encarecimiento. "No tiene lógica", señala.

Castilla-La Mancha y Extremadura se están sumando a las zonas de cultivo tradicional de esta verdura, localizadas en Murcia, la Comunitat Valenciana y el valle del Ebro. En este caso, como en el de la mayoría de las verduras, el agricultor elige el producto en función de la rentabilidad de los últimos años, lo que ocasionalmente provoca saturaciones del mercado.

Naranjas y mandarinas

En diciembre se estaban vendiendo a los consumidores siete veces más caras de lo que las cobraban los fruticultores, mayoritariamente levantinos, que recibían 23 céntimos por cada kilo de un género que el pasado invierno no les reportaba más de doce hasta febrero y que alcanzó los catorce en marzo, algo que año tras año les hace desistir de recogerlas, especialmente en la segunda parte de la campaña, la que se desarrolla este mes y el próximo.

"Depende del comportamiento del mercado. La fruta no se deja en el árbol por voluntad, sino porque no se cubren unos gastos de producción en los que ya has pagado el agua, los fertilizantes, los fitosanitarios y servicios como la poda", explica Areta.

El pollo

La variación de los precios entre origen y destino es menor en las carnes que en los vegetales. Concretamente, las primeras se multiplicaban por poco más de tres en diciembre y las segundas casi por cinco.

Los productores de pollo, cuyos precios ofrecían una relación de 2,82 euros por 82 céntimos el kilo, casi tres veces y media más, se encuentran en ocasiones con el hándicap de que las cadenas de supermercados utilizan este producto como ‘gancho’ o reclamo abaratando su precio para atraer clientes a los que venderles otros géneros, lo que se traduce en una bajada de la cotización en las granjas con la que, a menudo, acaban trabajando a pérdidas, es decir, vendiendo por menos de lo que cuesta producir.

!La distribución puede adoptar esas estrategias porque trabaja con una gran variedad de productos, pero quien cría pollos solo cría pollos!, anota el técnico de COAG, que destaca que “se trata de cadenas que apenas generan valor. Trabajan con precios muy ajustados y eso hace que llegue muy poco al origen". 

El aceite de oliva

El producto más característico de la dieta mediterránea está sufriendo una combinación de factores que han llevado a que en las almazaras se estén percibiendo los precios más bajos de los últimos cuarenta años, muy por debajo de los dos euros el litro, mientras en los supermercados experimenta unos vaivenes que van de superar los cinco euros a caer cerca de los dos cuando la cadena decide utilizarlo como producto de reclamo.

La cotización es similar en Grecia, mientras que en Italia lleva más de tres años sin bajar de los cuatro y llegó a rozar los seis en febrero de 2019. Eso, que se traduce en precios de venta al público más elevados, permite a las distribuidoras dedicar parte del género que compran a bajo precio a una exportación en la que los rendimientos llegan a dispararse.

La judía verde

Este producto ha dejado de salir en los tableros de precios de las diferentes organizaciones agrarias y comerciales que operan en España por una sencilla razón: su cultivo ha pasado a ser anecdótico tras haber logrado las empresas marroquíes deslocalizar su producción hacia sus territorios a base de mano de obra barata y macroexplotaciones, una combinación que acabó haciendo desistir a los productores locales por no poder competir. Se paga a más de cuatro, e incluso a cinco, euros el kilo.