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24 horas en... Logroño

Situada en pleno Camino de Santiago, Logroño es una ciudad de clara vocación jacobea, en torno a cuyo trazado sigue girando hoy su casco antiguo. Más allá de monumentos, la capital es una urbe donde disfrutar de los más

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Es la ciudad más grande de La Rioja, pero no tanto como para no ser una ciudad a la medida y como para perder el carácter hospitalario que desde la antigüedad ha forjado en ella el Camino de Santiago. La mejor manera de iniciar un itinerario por Logroño y palpar su pasado es seguir la huella dejada por los peregrinos.

Desde el puente de Piedra -diseñado por los santos ingenieros Domingo de la Calzada y Juan de Ortega y que desde el año 1884 sustituye al famoso y fortificado puente románico de doce arcadas por el que los peregrinos salvaban el río Ebro- la ruta atraviesa la capital a través de la rúa Vieja -su arteria más ilustre-, a la que se asoman algunos de los principales monumentos: Santa María de Palacio -con su maciza aguja piramidal remantando su torre-, la fuente de los peregrinos y, justo en el inicio de la calle Barriocepo, la iglesia de Santiago el Real, que presidida por un descomunal Santiago ‘Matamoros' conmemora la legendaria batalla de Clavijo. En el camino por las largas y estrellas calles del centro histórico se descubre un curioso juego de la oca, que simboliza los hitos principales del itinerario jacobeo.

En la plaza del Mercado uno se topa con la concatedral de Santa María la Redonda y se sorprende con las torres gemelas de estilo barroco que presiden su fachada principal. El templo, del siglo XV, comparte sede episcopal con Calahorra y Santo Domingo de la Calzada. Una vez en este punto merece la pena una visita a la plaza de Abastos y sus inmediaciones, sobre todo a primera hora de la mañana para comprobar in situ la calidad de la huerta riojana.

La iglesia de San Bartolomé y la puerta del Revellín -único resto conservado de la muralla medieval que rodeaba la ciudad y también llamada del Camino o de Carlos V porque por ella salían los peregrinos en su marcha hacia Navarrete- completan el conjunto monumental, al que se suma la plaza del Ayuntamiento, obra de Rafael Moneo y abierta al paseo Dax, donde se alza el edificio colorista de la Escuela de Arte y Diseño.

Imprescindible resulta también callejear por sus calles peatonales, en muchos casos porticadas, y acercarse hasta la céntrica plaza del Espolón, presidida por la estatua ecuestre de Espartero, su vecino más ilustre. Centro neurálgico que separa el ensanche del casco viejo, es además uno de los lugares habituales donde tomar el aperitivo en las terrazas que la rodean.

A la hora de comer hay que acudir a la calle Portales o bien perderse por Laurel, San Juan y San Agustín de pinchos y vinos. La Chatilla de San Agustín, Achuri, La Taberna del Laurel o Zubillaga son algunos de los bares típicos en los que hacer parada.

La tarde puede dedicarse a mirar escaparates, bien por el centro para conocer sus pastelerías más afamadas (La Mariposa de Oro, La Golosina...), sus tiendas delicatessen (Despensa Riojana) o hacer acopio de una bota de vino en la botería de Félix Barbero, en la calle Sagasta. Y si lo que se buscan las nuevas tendencias, en la Gran Vía de Juan Carlos I se reúnen las principales boutiques de moda.

Hay que buscar tiempo también para visitar, en el bello y humanizado paisaje de viñedos que rodea Logroño, una de las bodegas donde reposan y envejecen los prestigiosos vinos de Rioja. Una opción es la de Juan Alcorta, de moderna arquitectura, a la que se suman otras como Olarra o Bodegas Ontañón, con una importante colección de esculturas a lo largo de la visita. Y si el día da más de sí dar un paseo al atardecer por las sombreadas riberas del río Ebro o disfrutar de una obra o un concierto de música clásica en el Teatro Bretón.

A la hora de la cena, hay que seguir disfrutando de los más variados placeres culinarios, bien de tapeo por sus abundantes y surtidos bares, bien a mesa puesta en alguno de sus prestigiosos restaurantes donde nunca faltan los productos de la huerta riojana -puerros, borrajas, cardos, alcachofas...- y platos típicos como las patatas con chorizo, los pimientos rellenos, el bacalao con tomate o las chuletillas de cordero a la brasa. Todo ello regado con los excelentes vinos de Rioja.

Para las copas, multitud de opciones, desde el Café Moderno al Bretón, de La Imprenta a Noche y Día. El colofón lo debe poner un tranquilo paseo nocturno por el casco antiguo, que, ya a otro ritmo, permite incluso evocar el viejo pasado de la judería.




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