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Unas 60.000 personas asisten a la beatificación de fray Leopoldo

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Unas 60.000 personas, según la Subdelegación del Gobierno en Granada, han asistido hoy al acto de beatificación del capuchino Fray Leopoldo de Alpandeire en la base aérea de Armilla, donde se ha desarrollado el acto presidido por el arzobispo Angelo Amato en representación del Vaticano.

La ceremonia dio comienzo con la interpretación del Ave María de Schubert a cargo de la cantante granadina Rosa López, que estuvo acompañada al piano sobre un escenario que ha hecho las veces de altar y desde el que se ha celebrado una eucaristía concelebrada por 150 religiosos.

Previamente a la misa, el prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, el arzobispo Angelo Amato, titular de la diócesis de Sila (al sur de Nápoles), leyó la carta apostólica por la que el Papa Benedicto XVI inscribe como beato al fraile, conocido popularmente como "el limosnero de las tres Ave Marías" y especialmente venerado en la Andalucía Oriental.

Tras la proclamación de su beatificación fue descubierto un tapiz de grandes dimensiones con la imagen del capuchino rodeado de ángeles en el cielo, momento que despertó el fervor de los asistentes, que vitorearon al fraile a los gritos de "guapo".

Durante la homilía, el arzobispo Amato definió a Fray Leopoldo como un hombre que "enseñó el camino de la justicia" a través de su "caridad, humildad y devoción mariana", lo que ejemplificó con el relato de algunos episodios de su vida, que dedicó en gran parte a pedir limosna, incluso en los momentos de "persecución religiosa".

"Con frecuencia recibía insultos y apedreamientos y una vez a punto estuvo de que lo lincharan", relató Amato, para quien "si Granada es conocida en todo el mundo por la Alhambra, para muchos devotos diseminados por el mundo, es la ciudad de Fray Leopoldo".

El acto, al que ha asistido Ileana Martínez, la mujer sobre la que se ha fundamentado el milagro que ha dado pie al proceso de beatificación, continuó con la procesión de una reliquia del monje capuchino, un metatarso del pie derecho.

La ceremonia, que según la organización ha costado 1,5 millones de euros que sufragará la orden, se ha desarrollado sin incidentes, aunque ha obligado a más de una veintena de asistencias sanitarias, en su mayoría por lipotimias y bajadas de tensión debido a las altas temperaturas registradas en la base aérea, un recinto de un millón de metros cuadrados en el que se habían instalado 135.000 sillas.

Aunque las previsiones iniciales apuntaban a la posible asistencia de unas 300.000 personas, finalmente han sido 60.000, en su mayoría procedentes de provincias limítrofes a Granada como Málaga y Jaén, las que han seguido el acto, al que también han asistido autoridades locales y provinciales, además de una amplia representación eclesiástica, entre ellos todos los obispos de Andalucía y los cardenales Antonio Cañizares y Carlos Amigo Vallejo.

Con el acto de hoy culmina un largo proceso de beatificación iniciado hace 49 años y ratificado en diciembre de 2009 con la firma, por parte del Papa Benedicto XVI, del decreto en el que se le reconoce un milagro (la curación del lupus que padecía Ileana Martínez, una portorriqueña que cuenta ahora con 50 años).

Nacido en la localidad malagueña de Alpandeire en 1864, Francisco Tomás Sánchez Márquez tomó el hábito capuchino en el convento de Sevilla en 1899 cambiando su nombre por el de Leopoldo.

El amor a Dios, al trabajo y a la penitencia marcaron la vida de este monje, que en 1904 llegó a Granada, donde se quedó definitivamente y donde se hizo muy popular por su oficio de fraile lismonero, que siguió hasta su muerte en esta ciudad a los 92 años el 9 febrero de 1956.

Su tumba, ubicada en una basílica construida en su memoria en Granada, recibe unas 100.000 visitas mensuales y puede ser visualizada de forma permanente a través de internet gracias a la cámara web instalada en su cripta.

Los actos que en los últimos días han rodeado la beatificación se darán por concluidos mañana con una eucaristía en la Catedral de Granada a cargo del arzobispo, Javier Martínez, en honor al beato, para quien la Iglesia ha instaurado el 9 de febrero como su día.