Publicado: 14.06.2014 08:16 |Actualizado: 14.06.2014 08:16

El alimento ecológico se viste 'de etiqueta'

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Igual que el traje engalana a las personas y las hace parecer diferentes, el sello ecológico distingue un producto entre varios. "Si el consumidor no recibe una idea clara del producto ecológico, este difícilmente alcanzará todo su potencial en el mercado elegido", advierte el Manual de marketing y alimentos ecológicos editado en 2009 por el Ministerio de Agricultura y Alimentación y Medio Ambiente (MAGRAMA).

La intención institucional, la cual impulsa -bajo una marca verde- el comercio y el crecimiento de los dividendos, acaba por desvirtuar lo ecológico. Esa etiqueta eco- garantiza que un alimento supera los controles sujetos a la normativa europea y, por tanto, no ha tenido contacto con químicos de síntesis. Sin embargo, el artículo así clasificado suele acarrear un impacto ambiental que la ley no contempla y que pervierte los principios de la agricultura ecológica.

"Con el paso del tiempo las motivaciones que han llevado a los agricultores a convertir sus explotaciones de agricultura convencional a ecológica han cambiado", explica Luis Bayón, director técnico del Comité de Certificación Ecológica de la Comunidad de Madrid (CAEM). Al principio, había preocupación por la desfertilización de las tierras y la conservación del medioambiente y, sobre todo, "se importó de Centroeuropa esa necesidad de consumir alimentos que no contuvieran sustancias indeseables, principalmente pesticidas". Aquellos consumidores se asociaron con productores con la misma forma de pensar. "Con el tiempo -continúa Bayón- ha ido evolucionando y la motivación principal, a partir del 2000, es económica; buscarle un valor añadido a un producto que tiene unas dificultades para ponerse en el mercado". A día de hoy, estos agricultores y ganaderos pretenden "diferenciarse y hacer constar esa diferenciación en una etiqueta".

Entre las formas de origen y las de certificación existen diferentes visiones contrapuestas que discuten el sentido de la agricultura ecológica. A las primeras, argumenta Remedios Alarcón, investigadora agraria e integrante de Ecologistas en Acción, "las llamaríamos agroecología: estas engloban la producción a pequeña escala y, aunque, a fin de cuentas, los excedentes se comercializan, están basadas en circuitos de proximidad". Por otro lado, "es importante el reciclado de los residuos que se generan" así como, que la producción siga un curso sostenible de los ecosistemas. En cambio, "el cultivo en ecológico con etiquetado se fija mucho en que las técnicas de producción sean limpias, pero sigue el mismo esquema que la agricultura convencional" donde la lógica de la rentabilidad choca con la de la naturaleza.

Esos parámetros productivistas que tutela el MAGRAMA imponen beneficios inmediatos. Desde esa posición se celebra el fértil crecimiento del subsector y se mide el volumen de mercado. El valor total de producción en 2012 ascendió a 1.065 millones de euros, un 6 % más que el año anterior. En relación a ello, el exministro Arias Cañete, el pasado marzo, tras comparar la tendencia frente a otros sectores, posó para la foto con gesto de orgullo y aseguró: "La producción ecológica española es una pujante realidad productiva, económica y empresarial que todavía tiene un elevado potencial de crecimiento".

Desde 2007 la superficie dedicada en España al cultivo ecológico se ha duplicado, hoy alcanza 1.800.000 hectáreas, la más extensa de la Unión Europea. Más de la mitad de esa tierra se encuentra en Andalucía, la cual va destinada principalmente al olivar, al cereal y la leguminosa. Esta comunidad autónoma cuenta con el número más elevado de explotaciones ganaderas en el Estado y la actividad industrial más notable. "La mayor parte de esa producción se exporta", cuenta Antonio Martín, jefe de servicio de sistemas de producción ecológica de la Consejería andaluza. "En torno a un 70 u 80 % [viaja por carretera] a los países centroeuropeos", señala, y puntualiza que Alemania es uno de los principales importadores. "Holanda, Suiza, Inglaterra y Francia también piden bastantes productos hortofrutícolas de producción temprana".

La buena salud de la balanza comercial de la agricultura ecológica de mercado hace preguntarse a algunos por su otra cara: ¿Qué sucede con la crisis medioambiental? Al cuestionar la deriva de las grandes industrias y la exportación en masa se inclinan a trabajar para recuperar principios esenciales del pensamiento ecológico. Romualdo Benítez y su socia acaban de abrir el Ecosuper en Granada. Con su actividad reducen al máximo la huella ecológica, es decir, "la cantidad de kilómetros que un producto recorre hasta que lo consumimos". De acuerdo a ello, se rigen por "el kilómetro cero de producto ecológico y artesanal de pequeña empresa, cooperativa o familia". A su vez, promueven "a productores que intentan subsistir creando una micro economía en la comarca".

Tal y como defiende su emprendedor, el Ecosuper también es la relación humana, esa que se olvida con la distribución y las grandes superficies de las megalópolis. "Granada tiene esa condición de ser una ciudad muy cercana al campo". Gracias a ello, "nuestro agricultor aparece en la tienda con la verdura fresca y las manos llenas de barro". La estimulación de esos canales cortos impide que muera la relación interpersonal y "que esto quede en un sellito ecológico y punto". A fin de evitar vender una "delicatessen" y que "la clase popular pueda acceder a ello, hay que buscar bajar los precios como sea"; ¿y cuál es la solución?: "Cortar mediadores y vender a granel".

Otra fórmula para abaratar los gastos es prescindir de la externalización de los controles, es decir, de los comités de certificación. Parece posible, según entiende Alarcón, "cuando las personas que consumen están muy implicadas o son directamente conocedoras de los sitios donde se está cultivando". Aunque en su tienda, observa Benítez, la mayoría de sus productos llevan certificado ecológico o registro sanitario se proporciona información y "se organizan salidas a las granjas" para saber qué se consume. Por cercanía y coherencia se crean los mecanismos de confianza conocidos como Sistemas de Participación de Garantías (SPG), una alternativa creciente en grupos o cooperativas de consumo que se funde con la relación directa, el compromiso de largo plazo con el productor y el apoyo mutuo.

La perspectiva mercantil, por su dimensión, justifica la intermediación. Esas evaluaciones que suponen unos costes se equilibran con subvenciones. Conforme indica el especialista para la Junta de Andalucía, Martín, "estas ayudas, llamadas compensación de renta a la producción, lo que intentan es compensar lo que se deja de producir por obtener ecológico". Con una inversión de 150 millones anuales (entre fondos europeos, estatales y de las comunidades autónomas) y la carga burocrática, existe el peligro de que el sello ecológico se convierta en un fin en sí mismo, hasta el punto de que un campesino dedique tanto esfuerzo a la gestión administrativa como a laborear la tierra.

En este sentido, Bayón reconoce una gran debilidad de la normativa. Una ley con tantas disposiciones "es compleja y, por tanto, su aplicación es difícil. Además genera unas cargas administrativas muy importantes de control físico y de control documental", tanto al operador como a los comités de certificación. Los diferentes organismos de las comunidades autónomas se reúnen para ponerse de acuerdo sobre las distintas interpretaciones del reglamento: "Imagínate un agricultor cuando le das un tocho así" -enfatiza gesticulando con las manos-. Ese agricultor "tiene primero que conocer esa normativa y luego tiene que tener medios suficientes para cumplirla".

Al final, explica este biólogo, "lo que evalúas es el sistema de control del propio operador". Si hubiera sospechas de usos de plaguicidas, abonos químicos o aditivos no contemplados en las listas del reglamento se toman muestras para el análisis, pero "lo más importante es ver qué productos se está utilizando y cómo se hacen los cultivos".

A pesar de los exámenes, "el reglamento no entra en condiciones medioambientales, ni de agua ni de aire". Significa esto que podría darse el caso de una huerta o explotación ecológica en zonas de contaminación. "Normalmente no te encuentras eso, pero podría ocurrir".

"Probablemente todos estamos expuestos a esa contaminación general, pero creo que esos no son los problemas de la producción ecológica", aclara Bayón, sino "buscar un equilibrio" entre la restricción de aditivos artificiales y sustancias químicas de síntesis, y favorecer la diversidad de mercancía ecológica. "Desde mi punto de vista -concluye-, la normativa ha ido por el camino de permitir el desarrollo amplio del sector". Es así, como la pequeña etiqueta -de un paisaje con terreno labrado (sello de las comunidades autónomas) o una hoja perfilada de estrellas (garantía europea)- adorna, distingue y persuade de la calidad de un alimento.